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Año nuevo, oposición vieja

Por Pedro Gómez

Pedro Gómez
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Asistimos al mismo escenario mediático todos los inicios de año, hasta el punto de que uno no se diferencia del otro casi en ningún detalle. Los protagonistas son siempre los mismos, con uno u otro gobierno, con uno u otro Consell y, en nuestro caso y desde hace ya algunos lustros, siempre con la misma alcaldesa… Me refiero a sus ‘Majestades’ los aumentos de precio, que siempre llegan antes que los Magos de Oriente, y nos dejan ‘suculentos’ apretones de cinturón en forma de billetes de autobús, kilowatios/hora y otras prebendas de semejante calibre. Paradójicamente, celebro no haber defenestrado a la entrañable’ bombona de butano, ya que parece que es la única que no ha ‘engordado’ de precio.

Y siempre, desde el mismo momento en que las uvas dan paso a los ‘besitos’ y al Año Nuevo, buscamos con la mirada al culpable, sin más rigor documental que el chascarrillo de barra de bar. El año pasado la culpa era de Zapatero. Muerto el perro, lejos de acabarse la rabia -nos queda mucha espuma que echar por la boca, y perdónenme el posible tinte ‘póvera’ del paralelismo- encontramos rápido el sustituto en el cadalso de la opinión pública criticadora: la culpa es del Pepé. Y es que en este país de cainitas siempre hemos tirado al monte y, cuando nos encontramos en las maduras, acudimos sin remedio a las dos Españas que un gallego bajito impuso en un país que, hasta su llegada, sabía a veces hasta crecer en progreso, en cultura y hasta en sentimiento demócrata. ¿Dónde está ese pueblo español que fue capaz de crear la primera constitución realmente democrática de la Historia moderna? ¿Dónde quedó aquél espíritu de consenso nacional?

Y un valenciano que lo es, se pregunta: “Sólo me conformaría con tirar adelante en la ciudad en la que vivo, ya no hablo ni de país ni de Comunidad Autónoma -que ésa es otra-“. Pero seguimos haciendo lo fácil: criticar -antes a Zapatero, ahora a Rita y a Rajoy, que aún no ha colgado ni la chaqueta en el respaldo de su sillón de Moncloa- para sentirnos tranquilos porque, por lo menos, nos queda el pataleo. Recuerdo con cariño de Tierno Galván, y me pregunto si ese fenómeno sería posible aquí. Quizás los políticos que calientan los bancos del pleno municipal no merezcan ni una pizca de lo que consiguió el alcalde madrileño de ‘la Movida’ -de hecho, estoy casi convencido al cien por cien- pero tampoco nadie da un salto adelante DE VERDAD… ¿Tanto miedo da la patata caliente? Necesitamos una oposición que ejerza.

Veo críticas a los recortes que el consistorio dirigido por Rita Barberá opera en diversas partidas. Entiendo las críticas y algunas hasta las comparto. Lo que no entiendo es que sigamos llenando hasta la bandera fastos como Expojove, Circos que acampan en la ciudad por estas fechas, Fiestas de la Cerveza en la que una pinta te cuesta medio sueldo, espectáculos de lo más intelectual pero más caro que un iPod, bares y salas de fiestas de rigurosa etiqueta, y un largo etcétera de eventos lúdico-festivos que, no me jodan -con perdón-, no son precisamente gratuitos.

Por el contrario, bibliotecas, museos, lugares de encuentro y otras actividades de gestión -y financiación- municipal las veo vacías o, en el menor de los casos, para el goce y disfrute de cuatro o cinco ciudadanos que, para empezar, se han molestado en buscarlas, informarse bien y por fin, disfrutarlas sanamente, en vez de protestar porque ‘no existen’ (en mi barrio, aún puedo leer una pancarta de ‘Rita no nos pone jardines’ en un balcón situado justo enfrente de un parque equipado con juegos infantiles, aparatos de gimnasia para la tercera edad, inmensas jardineras con todo tipo de árboles, flores y bancos soleados y en sombra).

Pero es más fácil simplemente sentarse en la butaca y protestar. “Protesta, que algo queda”. Y mientras tanto, a buen seguro hay boquetes, solares putrefactos, problemas serios en nuestros barrios, que quedan sin resolución ni protesta porque nadie se molesta en trabajarse DE VERDAD la labor de vigilancia -necesaria, por otra parte- de la gestión de los que nos gobiernan. Y no se olviden: la mentira o incluso la media verdad, nunca, ni retorciéndola ni adornándola, llegará a ser verdad.

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