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“Cuando jugamos a fútbol, me olvido de que estoy en un campo de refugiados”

b_800_600_0_0___images_stories_2018_03_5a967a832CAMPO DE REFUGIADOS DE LUSENDA (República Democrática de Congo), 1 de marzo de 2018 (ACNUR/UNHCR).- Emerance, de 16 años, refugiada burundesa, es capitana de un equipo de fútbol. Sus compañeras de equipo la llaman Neymar, en honor a la estrella brasileña de fútbol.
Hoy es un día especial. Su equipo, las Morning Stars, va a jugar un partido amistoso en el campo de refugiados de Lusenda. Emerance está segura de ganar. “Creo en nuestro equipo. Somos el mejor del campamento”.

Pero, antes de que las Morning Stars puedan jugar, Emerance tiene que lidiar con otro día agotador en el campamento. Se levanta temprano, prepara a su hermano pequeño para el colegio y hace el desayuno. Después, camina hasta la escuela, situada en el pueblo de al lado.

Le gusta aprender inglés y francés, dice, a pesar de que la escuela –que ha recibido ayuda de ACNUR para acoger refugiados –está saturada. De vuelta a casa, cocina de nuevo para sus hermanos, lleva agua del depósito a casa de sus padres y ayuda con otras tareas.

A medida que se acerca la hora del partido, a última hora de la tarde, las chicas se dirigen al campo de fútbol, un simple pedazo irregular de tierra. El equipo de Emerance va de rojo, y el contrario de verde. Emerance y la mayoría de las jugadoras juegan descalzas.

ACNUR ayuda a los refugiados en Lusenda y otros lugares proporcionando equipamiento deportivos básicos, asegurándose de que haya campos de fútbol en los campamentos y organizando partidos. Pero los fondos disponibles para apoyar estas actividades son escasos, a pesar de lo importante que es para los jóvenes.

ACNUR se ha asociado con la cadena de radio francesa Radio France Internationale para proporcionar equipamiento adicional a los jugadores de Lusenda y contar el amor por el fútbol que profesan estos refugiados.

Los equipos juegan con fuerza, bajo una lluvia continua que hace que el terreno esté resbaladizo y hace difícil jugar. Emerance y su equipo pasan más tiempo en posesión del balón, pero el marcador final es de cero a cero.
“Jugamos bien juntas”, dice Spéciose, de 15 años, delantera. “Todo el mundo sabe lo que tiene que hacer. Y, además, somos amigas. Nos ayudamos unas a otras en la escuela”.

Jugar a fútbol ayuda a Emerance a convivir junto a los recuerdos difíciles. Tenía 14 años cuando salió de Burundi. “Era de noche. Escuché un montón de disparos fuera de nuestra casa. Temí que una bala perdida me alcanzase y me matase. Empezamos a correr, toda la familia. El único que no estaba en casa era nuestro padre, estaba muy preocupada por él, pero se reunió con nosotros más tarde”.

Todavía no sabe qué pasó con su hermana mayor, que tenía su propia casa y familia y de la que aún no han tenido noticias. Quizás huyese también. “No es fácil, no es bueno ser un refugiado”, dice. “Pero ha ocurrido y vivimos con ello. Cuando juego, pienso en el futuro”.

¿Qué es lo más importante para el futuro? Emerance reflexiona unos segundos. “Lo primero ir al colegio; lo segundo, vivir en una casa decente; lo tercero tener acceso a tratamiento médico cuando lo necesite; cuarto, comer bien: y quinto, llegar a ser una gran jugadora de fútbol y jugar en Estados Unidos algún día”.

Y un par de zapatillas para jugar a fútbol también ayudaría.

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