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El trágico destino de las ruinas de Palmira

fernando-baezFernando Báez.

Escritor e investigador. Autor de ‘Maravillas Perdidas’, 3 tomos en 16000 pgs. (Editado por Oceáno en México). También es autor de ‘La destrucción cultural de Iraq’ (Octaedro-Flor del viento, 2004).

Lo que sabemos, y lo que decepciona justo ahora, indica que la guerra civil de Siria ha provocado una destrucción cultural que trae a la memoria el desastre cultural ocurrido en Iraq durante 2003. Según Naciones Unidas, la observación satelital confirma que hay 24 monumentos culturales totalmente devastados, algunos con 7 milenios en su promedio de antigüedad. El daño varía desde un 75% hasta un 100% de acuerdo al caso, y los informes mas rigurosos han determinado que al menos otros 150 monumentos corren total riesgo de desaparición en momentos en los que el conflicto de Siria ha pasado de ser internacional y unos 35.000 yihadistas internacionales, grupos rebeldes de distintas nacionales árabes y occidentales, combaten contra el régimen de Bashar Assad mientras Rusia, EEUU, Irán, Turquía, Francia y Reino Unido asedian los puntos centrales en busca de una solución a una guerra que ha aniquilado a 470.000 personas, provocado 50% de daño económico, 2 millones de heridos y 5 millones de refugiados que huyen por el mundo entero.

La destrucción es alarmante. Las ruinas de Palmira, un símbolo venerado por todos los amantes del arte, fue minado y convertido en un campo de batalla que acabó con décadas de restauración y provocó la explosión de varios templos. Lugares como la ciudadelas de Alepo, el Crac de los Caballeros, han sufrido disparos lanzados desde aviones del Ejército de Siria, el Casco Histórico de Damasco fue asolado por carros bomba, los edificios medievales de Alepo quedaron en ruinas, al igual que el zoco de la ciudad y la Gran Mezquita. El saqueo ha sido total al igual que el vandalismo en Apamea, las mezquitas de Idlib, al-Tekkiyeh Ariha, al Umary, al Herak y Al-Qusaayr. Plácidos lugares como los Monasterios de San Elián y San Jaime fueron víctima de explosiones numerosas. Templos asirios completos como el de Tell Sheikh Hamad sufrieron graves destrozos, ciudades como Homs quedaron desmanteladas y en cenizas.

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Ruinas romanas en Palmira. (Foto- Cedida por el autor).

Desde 2013, la UNESCO tuvo que llamar la atención a la comunidad internacional sobre lo que sucedía y colocó en su lista roja de Patrimonios Culturales en peligro la antigua ciudad de Bosra, Alepo, el Casco Histórico de Damasco y los 700 asentamientos que forman parte de las llamadas Ciudades Muertas de Siria, un conjunto de villas que conoció la prosperidad gracias al comercio en la era bizantina.

Hay activistas independientes de nacionalidad asiria y kurda, con quienes mantengo contacto permanente, que aseguran que en 2014 ya había síntomas de lo que pasaría cuando fue demolida la tumba del Profeta Jonás. En 2015, miles de yihadistas del autoproclamado Califato Islámico han repetido acciones de destrucción de santuarios como sucedió con los milicianos en Malí que atacaron bibliotecas y monumentos culturales, o el Frente rebelde que atacó la aldea aramea de Malula y la fortaleza de Alepo, una extraordinaria ciudad convertida en la interpretación siria de Dresde en la Segunda Guerra Mundial.

En febrero, los yihadistas arrasaron 4.000 libros raros en la Biblioteca de Mosul, y esto no los contuvo. Al día de hoy han causado saqueos, tráfico ilícito de bienes culturales para financiar actividades de células y destrucción en sitios emblemáticos como Hatra, lo cual ya ocurrió antes; hay vandalismo en los vestigios de Dur Sharrukin (hoy parte de Jorsabad); lo mismo ha sucedido en Nimrud, una zona muy sensible para Occidente por su dependencia con el lugar donde aparecieron las tablillas del Poema de Gilgamesh y el Enuma Elish, la tierra donde rigió Asurbanipal, el primer coleccionista de libros del mundo. Nimrud, conviene destacarlo, es una antología de historias que culminan en el asentamiento cercano de Nínive, hoy en riesgo.

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Detonación en la prisión de Palmira. (Foto- Cedida por el autor).

Nimrud llegó  a ocupar 41 kilómetros cuadrados, con un santuario a Ninurta, un espectacular zigurat, una gran ciudadela con muros y el Palacio Real, así como tumbas de reyes y reinas con tesoros fabulosos que sobrevivieron milagrosamente en los sótanos del Banco Central de Iraq en la época de los bombardeos a Bagdad en 2003. El ataque a estatuas de yeso o reales que hemos observado en vídeos divulgados por miembros del Estado Islámico es una visión sesgada y anacrónica de la azora 21 de El Corán contra la idolatría.

El yihadismo sunní de Da´esh, nombre de quienes proceden del cisma de Al Qaeda, es un problema más complicado de lo que parece por su descentralización y el espacio geográfico donde se mueve entre Raqqa y una franja inestable que se extiende debido al pacto con Boko Haram, principal organización terrorista en África. La base del nuevo extremismo está en La gestión de la barbarie (Idarat al-Tawahhush), obra de Abu Bakr Naji que circuló en 2004: el deber de infligir la humillación total a un enemigo que los yihadistas consideran que lesionan al pueblo árabe y el Islam. El lema del Estado Islámico es “Permanecer y expandirse” y para cumplir este fin destruyen todo lo que consideren que suponga un obstáculo material, cultural, religioso o económico en su avance. Esto implica extorsión, secuestro, violación de los derechos humanos, memoricidio y negación de raíces pre-islámicas. Esta fiereza se ve como una etapa de transición que combate las absurdas bases que permitieron el Acuerdo Sykes-Picot, firmado el 16 de mayo de 1916, y la presencia de EEUU en el control de los recursos energéticos.

El público de hoy, moderado en su mayoría por la evangelización paradójica de la violencia audiovisual como entretenimiento, aún se escandaliza porque queman gente, incineran libros, arrasan museos y santuarios, persiguen cristianos, atacan símbolos como el semanario Charlie Hebdo en París y planifican atacar España (un objetivo por lo que representa Al Andalus); sin embargo, no veo una exigencia suficiente para contribuir a resolver de forma integral el problema. Más allá del estremecimiento legítimo y la preocupación, hay una idea equivocada de que todo se resolverá mágicamente y la sensación de que quienes originaron los problemas en 2003 van a solucionarlos.

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¿Qué encontré en Palmira durante mi viaje en 2011, el segundo que realizaba? Nada de esas masas turísticas que hoy no aparecen ni por casualidad al temer el secuestro o el terrorismo. El pueblo estaba desolado y seguí directo a las ruinas precedidas por una unidad militar exhausta que nos dejó seguir porque no hay poder alguno que valga en Medio Oriente contra la identidad profunda entre familiares y lo que forma un sistema complejo de complicidades me permitió avanzar con una tranquilidad inesperada. El chófer era primo de un soldado que le confesó que quería estar en casa con su mujer, y la guerra que ignoramos se reduce en muchas oportunidades a situaciones de alejamiento doméstico que provocan el desánimo más que cualquier fervor nacional.

“Dese prisa”, advirtió el chófer y remató: “Nos miran y cuando vean que Ud. es extranjero vendrán con todo”.

No sabía a quién se refería, aunque conocía casos de grandes periodistas retenidos en Siria, pero entendí que debía darme prisa o el viaje podría complicarse. Incluso recuerdo ahora que en un viaje a Brasil en 2013 a Recife a debatir sobre el fin de la privacidad en Internet tras las denuncias del extraordinario disidente Edward Snowden, conocí a un periodista que planteó cómo fue secuestrado y torturado por milicias que le imputaron el único delito de preparar un reportaje sobre lo que veía. La verdad no les gusta ni a los gobiernos ni a quienes los enfrentan.

Fui recibido por unos beduinos escépticos y sus hijos que no mostraron ningún interés, afortunadamente, por mi presencia, no fui invitado a un viaje encima de los pobres camellos desnutridos que vi y ni siquiera estuvieron pendientes de orientarme cuando pasé por el Arco del Triunfo, erigido por Septimio Severo en el siglo 3, rumbo a la gigantesca galería de columnas que tiene 1300 metros de largo. Los niños tenían la mirada triste, estaban flacos y no mostraban signos de humor, habían crecido entre ruinas y su futuro parecía no ser diferente. Siria ya estaba en vía hacia la guerra civil que ha acabado con la vida de más de miles de personas.

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Imagen de la destrucciòn de Palmira por ISIS. (Foto- Cedida por el autor).

Hay al menos 200 columnas en la Gran Vía que sigue una dirección noreste a sureste en lo que fue y sigue siendo una ciudad aislada y sin una muralla defensiva. Cuando mantuve la marcha, teniendo siempre presentes los pasajes de Volney, miré el Tetrápilo donde alguna vez se alojó la estatua que fue dedicada a la reina Zenobia y hoy su ausencia absoluta es quien gobierna el conjunto declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1980.

Lo primero que hice al leer un letrero que decía en árabe e inglés “Templo de Nabu” fue detenerme porque el tema me tocaba muy de cerca en mi memoria. El edificio, más claro o más oscuro de acuerdo a la hora o el sol, estuvo miles de años enterrado bajo las arenas y olvidado hasta que en la década de los sesenta del siglo XX un equipo de arqueólogos lo recuperó para mostrar la devoción sorprendente que hubo hacia un Dios babilonio impresionante.

El Templo a Nabu en Palmira era modesto, aunque me mantuve casi medio hora dándole vueltas alrededor de las losas y las cientos de piedras dispersas y examinando su arquitectura concentrada en 20 por 3 metros. ¿Acaso imaginaron los devotos del sacerdote del Templo el futuro tan oscuro cuando inauguraban el sitio en el siglo primero a.C? ¿Cuál sería la última profecía de este sitio mágico convertido en un ícono del colapso, la desolación y la ruina hacia el año 272? Ya no quedan imágenes de Nabu, ni objetos de reconocimiento, salvo grietas, agujeros y decoraciones en boceto

Otro templo misterioso que está es el de Bel, que da la impresión de ser víctima de un terremoto reciente, aunque es sólo la fugaz imagen del terrible daño del tiempo sobre un edificio que fue construido desde fases tempranas como un témenos sagrado que fue reconstruido en los siglos 2 y 1 a.C.   Con una muralla gigante, tres puertas asombrosas, su patio resulta desproporcionado con sus 210 por 205 metros lleno de escombros y columnas de estilo corintio. Por mera ironía, el templo servía inicialmente para sacrificar niños y acabó por ser una pacífica iglesia Bizantina donde se oraba por la salud de los infantes hasta que llegó la decadencia. Un poco como Alemania, que causó 100 millones de muertos en dos guerras mundiales en el siglo XX, hoy es considerada la nación más generosa del mundo. Todo cambia, como pronosticó Heráclito de Éfeso.

Hay mucho que me pierdo y el tiempo pasa tan rápido que no queda tiempo para admirar los edificios que ví a lo largo de la Gran Vía, entre cuyos nombres no se me va el que fue las Termas de Diocleciano, pensando que una leyenda señala que durante la conquista islámica soldados poco afectos a la literatura de Homero o la filosofía de Zenón de Citio usaron los manuscritos de la bibliotecas de Alejandría para mantener calientes los baños de la ciudad; la coincidencia no es gratuita porque las columnas de granito son originarias de Egipto.

Más adelante, me interesó el Teatro que encontré, una delicada obra romana del siglo 2 que fue diseñada para más de 5000 espectadores optimistas y quedó inconclusa, pero para el profano da la sensación de incompletitud por tiempo y no por falta de materiales. Pasear por las gradas de la plaza semicircular permite revisar el escenario, en ese momento solitario, el cual reafirma una tristeza que creía no tener dentro de mí. Lo mismo me pasa en teatros modernos solitarios o cines en Ámsterdam o Paris o cuando pierdo un vuelo y paseo por los pasillos de un aeropuerto con todo cerrado como si nunca jamás hubiera la posibilidad de retomar vuelo alguno y se van las horas dando vueltas admirado ante las escaleras automáticas que nunca se apagan.

La tarde estaba encima, pero no pensé en comer sino en que dentro de unas horas nada sería seguro y el calor arreciaba minuto tras minuto junto con una humedad insospechada, provocando sed, sudor y ardor en cualquiera de las partes del cuerpo que el sol podía tener a la intemperie. El chófer se aproximó a toda carrera para advertirme cuando miraba el campo de Diocleciano, un fuerte que depredó un palacio de la reina Zenobia en favor de un fuerte para uso del gobernador Sosiano Hierocles.

“Deberíamos irnos”, dijo el chófer visiblemente fastidiado, “Aquí no existe la noche”, remató.

No presté ninguna atención a sus palabras y fui al estrecho donde sobresalen un conjunto de monumentos conocido como el Valle de las Tumbas, no sin la dificultad de una hora a pie que culmina en las orillas del arroyo seco de uadi el Qubur. Pero vale la pena sólo por ver el hipogeo de Elahbel, en buen estado de conservación, pese a que fue una obra con cuatro niveles rematados en una cornisa peculiar del año 103 que tenía como propósito albergar más de 300 sarcófagos en un interior lujoso recubierto de mármol. También sorprende la Tumba de Los Tres Hermanos, subterránea, con nichos insertados entre las dos naves del centro funerario y una decoración que alguna vez debió impactar por sus vívidos colores que representaban escenas sincréticas propias del helenismo.

Ante la evidente desesperación del chófer, que no se marchó sólo porque no había cobrado, insistí en finalizar mi visita en un lento recorrido hacia la montaña donde está Qalaat Ibn Maan, un enorme fuerte árabe del siglo XVI que pudo ser similar al de la secta de los Asesinos en Irán.

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En mayo de 2015, el autoproclamado Califato Islamico conquistó el territorio donde se encuentran las ruinas de Palmira y asesinó a varios pobladores y a Khaled al-Asaad, un funcionario que se negó a decirles cuáles eran los tesoros más valiosos del Museo. Desde entonces, hubo combates incesantes hasta la toma rusa del asentamiento y el retorno de los pobladores de la villa cercana, diezmados y empobrecidos, probablemente con traumas psicológicos debidos a los abusos que sufrieron.

Al igual que hizo en Osetia tras la conquista del territorio, Putin hizo en mayo de 2016, cuando había sido desminada la zona de dispositivos IED, que una orquesta rusa interpretara, bajo la dirección de Valeri Guérguiev  obras de Bach en el auditorio de Palmira que había sido utilizada para ajusticiamientos. Entre los asistentes estuvieron, el ministro de Cultura, Vladímir Medinski, el director del Ermitage, Mijaíl Piotrovski, especialista en islam— y el violonchelista Serguéi Rolduguin. Un mensaje directo a los enemigos del Kremlin que intentaron reducir la importancia de la recaptura de las ruinas históricas.

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Batalla de ISIS en Palmira. (Foto- Cedida por el autor).

Sin embargo, en diciembre de 2016, las milicias del Califato Islámico volvieron a retomar Palmira, saquearon piezas arqueológicas, robaron S125 para derribar aviones comerciales, vandalizaron Tadmur, la aldea próxima y el horror se sumó a la impotencia del desastre de Alepo.

Siria, a mi juicio, es un símbolo del daño que provoca la negligencia en los pueblos y el certificado de la escasez de reformas radicales en la ONU, donde se asfixian los reclamos democráticos de las nuevas sociedades globales. Detrás de la violencia cultural actual del terrorismo del yihadismo, hay miles de refugiados de la guerra civil que causó la dictadura de Siria, hay miles de jóvenes decepcionados de la xenofobia europea que han sido manipulados hacia el rencor; además hay todo un movimiento de descontento generacional en Medio Oriente que la Primavera Árabe apenas mostró superficialmente. Cuanto menos se invierta en educación, cuanto menos se invierta en investigación rigurosa, mayor será la magnitud del odio y la confusión de la juventud.

Nunca es tarde cuando ya no queda tiempo, solía decir mi padre, y el mundo vive justo ese instante limitado, caótico y triste ante la gran ola de conflictividad que viene en camino en países como Yemen, Libia, Argel, Kenia, Somalia, Nigeria, Malí, Baréin y, por desgracia, la región de Iraq y Siria, que debería al menos esta vez ser una oportunidad para que termine la hipocresía ante el cataclismo interminable de las cunas de la civilización occidental y rutas del conocimiento europeo medieval.

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