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Erzsébet Bathory a condesa húngara que asesinó a más de 600 mujeres para lograr la belleza eterna con su sangre

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Sus crímenes inspiraron 32 libros, 40 películas, 20 temas musicales y 20 videojuegos: un récord casi imbatible

El 7 de agosto de 1560, en el castillo de Cachtice, Nyírbátor, reino de Hungría, nace la condesa Erzsébet (Isabel) Báthory. (Nota: Cachtice, actual Trencín, Eslovaquia).

Advertencia: en adelante, esta nota crecerá en espanto, horror.
Si se tratara de un film, exigiría el clásico texto: “No apto para personas impresionables”.

Pero las letras, las palabras, acaso hagan más tolerable la aventura…

Cuna de oro: una de las familias más antiguas y poderosas de la región de Transilvania (hoy, parte de Rumania).

Escudo de armas: un jabalí con tres dientes de plata.

Infancia: en el castillo de Csejte. Con episodios alarmantes: antes de los 6 años empieza a sufrir extraños ataques que la familia atribuye a causas sobrenaturales, demoníacas, augurios de una maldición…
(Hoy tienen nombre y tratamiento: epilepsia).

Según la costumbre, a los 11 años es declarada futura esposa de su primo, el barón y luego conde Ferenc Násdasdy.

A los 12 la mandan a vivir al castillo de los Násdasdy.

Brusco cambio y primer conflicto: ríspida relación con Úrsula, su suegra. Pero con una ventaja que equilibra la balanza. Contra la corriente de la época, recibe una educación excepcional. Llega a hablar húngaro, latín y alemán, a diferencia de la mayoría de los nobles, casi analfabetos…

La boda: a sus 15 años, el 8 de mayo de 1575, se casa con Ferenc, de 20. Fiesta acromegálica: ¡cuatro mil quinientos invitados!

Pero el matrimonio, aunque consumado, tiene escasa vida en común. Ferenc, llamado “el caballero negro” por su crueldad, pasa meses –años, también– combatiendo en las muchas y frecuentes guerras territoriales.
Recién pasada una década, en 1585, Erzsébet pare a su primera hija, Anna. Y en los siguientes nueve años llegan Úrsula, Catalina y Pablo, único varón de la estirpe.

Advertencia II: se acercan los hechos más atroces. Inimaginables…

El 4 de enero de 1604, Ferenc, luego de una batalla, muere súbitamente de una enfermedad desconocida. La condesa, entonces de 44 años, queda viuda, y se operó en ella un cambio aterrador… “como si dentro de ella viviera un demonio”, según los testigos que la rodean.

Echa del castillo a su repudiada suegra y a todos sus parientes. Ordena que las sirvientas, a quienes antes había respetado y protegido, fueran confinadas en los sótanos y castigadas brutalmente, sin motivo.
No mucho después circulan rumores cada vez más insistentes. “Algo siniestro sucede en el castillo. La condesa practica una forma de brujería, la magia roja, con sangre de muchachas jóvenes”, se atreve a denunciar un pastor protestante.

 La condesa practica una forma de brujería, la magia roja, con sangre de muchachas jóvenes

La acusación llega al rey Matías II de Hungría, y éste le ordena a un primo de la condesa, el conde palatino Jorge Thurzó –enemigo de ella– que allane el castillo e investigue.

El conde, al frente de diez soldados, entra sin encontrar resistencia: ella carece de fuerza militar.

Primera parte de su informe: “Encontramos numerosas muchachas torturadas, en distintos estados de desangrado, y un montón de cadáveres en los sótanos. El hedor era espantoso”.

A principios de 1612 se abre el juicio. La condesa sangrienta (alguien acuña ese apodo) no comparece, se niega a declararse culpable o inocente, y hace valer sus derechos nobiliarios: fuero que impide condenarla.

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Pero los jueces van más allá. Obligan a los sirvientes, por la fuerza, a testimoniar.

Juan Ujváry, el mayordomo, jura que “en mi presencia fueron asesinadas como mínimo treinta y siete mujeres solteras de entre once y veintiséis años. A seis de ellas las recluté yo mismo para trabajar en el castillo”

La sentencia excluye a la condesa: aun pesa su linaje y su poder. Pero todos sus siervos –menos las brujas: para ellas hay otro destino– son decapitados, y quemados sus cadáveres. También el del mayordomo.

A las brujas Dorotea, Helena y Piroska les arrancan los dedos con tenazas al rojo vivo… “por haberlos empapado en sangre de cristianos”, y luego las queman vivas.

¿Cómo y por qué la condesa se convirtió en un monstruo?

Según la reconstrucción del disperso rompecabezas, estaba obsesionada por la belleza y aterrada ante la inexorable vejez. Tenía 44 años: en esa época, una cercanía a la ancianidad.

Hacia 1604, poco después de la muerte de su marido, una de sus sirvientas –muy joven, adolescente– le dio un tirón de pelo mientras la peinaba, y Erzsébet le pegó una cachetada. De la nariz de la doncella brotó sangre, y unas gotas cayeron sobre la piel de su ama…, que creyó ver que en esa parte desparecían las arrugas y recuperaba la tersura de la juventud.

Fascinada, como quien contempla un milagro, consultó a sus brujas y sus alquimistas. ¿Era posible? Por supuesto, no se atrevieron a negarlo, y les ordenó a la bruja Dorotea y al mayordomo que la desnudaran, la degollaran, y volcaran la sangre en un balde… Luego, en un rapto demencial, vació el balde sobre su cuerpo, ahuecó sus manos, y también bebió sangre, desorbitada.

 De la nariz de la doncella brotó sangre y unas gotas cayeron sobre la piel de su ama, que creyó ver que en esa parte desparecían las arrugas y recuperaba la tersura de la juventud

En adelante, el ritual se multiplicó. En los siguientes seis años –1604 a 1610–, sus servidores debieron atrapar niñas de entre 9 y 16 años para ser sacrificadas y desangradas. Y agregó a esa bestial práctica la costumbre de quemar los genitales de algunas sirvientas con hierros al rojo, y también de beber sangre de cuerpos vivos, mordiendo mejillas y pechos…

En 1609, por falta de sirvientas –tantas desaparecidas crearon sospechas–y por influencia de su poder, tomó niñas y adolescentes de buenas familias con la excusa de educarlas y adiestrarlas en el oficio de damas de compañía, y con ellas renovó su provisión de sangre.

Pero, ¿dónde enterrar tantos cuerpos? Porque, ante ese alud de muertes jóvenes, el pastor (que más tarde la denunciaría) se negó a sepultarlos en tierra sagrada. Desde entonces, cualquier lugar fue apto: el campo de los alrededores del castillo, depósitos de granos, o simplemente el río cercano para que el agua hiciera su trabajo…

Pero ese mismo año, en otoño, una sirvienta consiguió escapar y delató ese infierno.

Así: “Una joven de doce años llamada Pola se escapó del castillo y buscó ayuda, pero dos de las brujas la encontraron y la llevaron por la fuerza ante la condesa, que la recibió vestida con una larga túnica blanca. Ayudada por tres brujas, le arrancó la ropa y la metió en una jaula forrada de cuchillas del tamaño de un dedo pulgar. Luego levantaron bruscamente la jaula con una polea y la hicieron balancear, de modo que las cuchillas la destrozaron lentamente”.

Esa jaula era una variante de la Virgen de Hierro, tormento que la condesa conoció en Alemania. Una especie de ataúd con forma de mujer y miles de afiladas púas en su interior, que al cerrarlo se clavaban en el cuerpo de la víctima.

Pero el espanto tenía más tentáculos…

El conde Jorge Thurzó, primo de la condesa y a cargo de la investigación de los secretos del castillo de Cachtice, completó así su testimonio: “A medida en que recorríamos el lugar, y en una mazmorra, encontramos una docena de chicas que todavía respiraban, pero con sus cuerpos cortados y perforados. En los sótanos rescatamos los cadáveres de cincuenta jóvenes. La condesa, en su diario, había contado a sus víctimas día por día. Hasta ese momento: seiscientas doce torturadas y asesinadas en seis años, más de cien por año. En todas partes había toneladas de ceniza y de aserrín para secar la sangre derramada, y se percibía olor a podrido”.

 La condesa, en su diario, había contado a sus víctimas día por día. Hasta ese momento: seiscientas doce torturadas y asesinadas en seis años

Otros testigos confesaron que, a sus orgías de sangre, la condesa sumaba bacanales de sexo con sus sirvientes, a veces como protagonista y otras vestida de blanco, pintada su cara, y quieta frente a un gran espejo, como una siniestra deidad.

Terminados la investigación y el juicio, el rey Matías II ordenó que la decapitaran por sus crímenes contra las jóvenes aristócratas: las sirvientas no importaban.

Pero el conde Thurzó lo convenció de que cambiara su decisión por condena de por vida en confinamiento solitario, además de la confiscación total de sus bienes: una de las mayores fortunas de Europa.

Fue encerrada en uno de sus aposentos, con las puertas y las ventanas selladas, y apenas una pequeña abertura para pasar la comida.

El 21 de agosto de 1614, un carcelero la vio por esa abertura, en el suelo y boca abajo. Estaba muerta. Tenía 54 años.

El pueblo impidió que fuera sepultada en la iglesia local, y también en tierra sagrada.

Su cuerpo terminó en la cripta de los Báthory, en Ecsed, noroeste de Hungría: el lugar de origen de la dinastía.

Su nombre fue prohibido.

Sus documentos, sellados hasta cumplido un siglo de su muerte.

Sus diarios nunca se encontraron.

Sus secuaces murieron en la hoguera.
(Post scriptum. Era inevitable que La Condesa Sangrienta fuera vinculada con dos personajes: uno de ficción, otro de la vida real…, pero el mismo. El de carne, hueso y crueldad infinita fue Vlad Tepes (Vlad II el Empalador, 1431–1476), que condenaba a muerte por empalamiento: un agudo palo que atravesaba a la víctima desde el ano hasta la cabeza, o desde la boca hacia abajo. El otro, Bram Stoker, irlandés (1847–1912), se inspiró en Vlad para crear, desde su célebre novela Drácula, el vampiro nocturnal que bebía sangre humana con sus potentes colmillos, y sólo podía ser muerto por una estaca de madera clavada en su corazón. Desde luego, su reino era un castillo en la Transilvania húngara, y luego rumana. Poco importan el viejo y el nuevo mapa. Transilvania, Drácula y el vampirismo son un tema eterno. Y Erzsébet (Isabel) Báthory, la sádica torturadora y asesina que creyó encontrar en la sangre humana el elixir de la belleza eterna, su aterradora síntesis)

Por Alfredo Serra

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