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La Caspa fallera

gil-manuel-hernandez-mariGil-Manuel Hernàndez i Martí
Sociólogo e historiador.
Profesor Titular del Departament de Sociologia i Antropologia Social,
Universitat de València

Lo que vamos a denominar como Caspa fallera sería el equivalente de lo que ahora se conoce popularmente como la “Casta”, pero en versión cutre, folklórica y localista. Es decir, una suerte de pseudooligarquía de medio pelo – que en realidad funciona como el servicial guardián del cortijo del señorito –  que con el tiempo ha ido echando frondosas raíces en lo más profundo de la fiesta de las Fallas, hasta convertirse en un rancio tejido social que acumula poder y legitimidad, posee gran capacidad de influencia y ha conducido la fiesta por donde ha querido, eso sí, con la inestimable aquiescencia, estímulo y protección del poder político que ha gobernado Valencia en los últimos veinticinco años. Dicho de otro modo, la Caspa fallera ha podido medrar como tal haciendo cumplir las órdenes de la oligarquía de verdad, de los amos del corral, que para eso son los que mandan y aún hay clases.

…sería el equivalente de lo que ahora se conoce popularmente como la “Casta”, pero en versión cutre, folklórica y localista.

Pero para describir mejor qué es y cómo funciona la Caspa fallera (de ahora en adelante la Caspa) hay que remontarse al franquismo, sí, ese del cual no quiere ni oír hablar la Caspa, cosa lógica si tenemos en cuenta que sus egregios mentores provienen directamente de él. Y es que nada más caer la Valencia roja y republicana, los vencedores de la “Cruzada” crearon la Junta Central Fallera (JCF), ese engendro fascista diseñado para que una especie de elite delegada, compuesta por adeptos entusiastas del régimen y otros colaboracionistas de menor enjundia, se hiciera con las riendas de la fiesta y así, a golpe de congresos falleros, reglamentos, censura y mediante la acción de comisarios políticos con fajín rojo, se esculpiera un pétreo aparato destinado a no dejar que nada escapara del control del poder. Solo así fue posible que el franquismo indígena atenazara, depurara e instrumentalizara las Fallas en su propio y totalitario beneficio. Todo atado y bien atado.

El invento, planteado desde un regionalpopulismo costumbrista que exaltaba “lo valenciano” como parte de un proyecto lingüísticamente castellanizador y basado en el autoodio, funcionó como una máquina perfectamente engrasada durante cuarenta largos años. Todo ello para regocijo de los concejales que asumían la dirección inmediata de la sociedad fallera, vía presidencia orgánica de la JCF, y se paseaban por ella como pequeños caudillos luciendo bigotillo del régimen y cargados de insignias mientras eran objeto de toda suerte de vergonzantes adulaciones por una disciplinada legión de falleros “de orden”. El resto, la masa festiva que iba engrosando los censos año a año, fue cayendo en un estado letárgico que se podría describir como una mezcla de obligada resignación, pragmatismo conservador y escapismo festero. El excedente de falleros renuentes a comulgar con ruedas de molino, que también los hubo aunque fueran invisibles, no tuvo más opción que la impotencia y el exilio interior. Así, con concienzuda penetración, se fue instalando en el inconsciente fallero esa patología social, tan extendida por otra parte entre la ciudadanía española, llamada franquismo psíquico, que presenta como síntomas más elocuentes el miedo reverencial al poder, la decidida opción de “no significarse” por temor al castigo (quedarse sin premios) y el convencimiento de que las Fallas son y deben seguir siendo “apolíticas”.

…la masa festiva que iba engrosando los censos año a año, fue cayendo en un estado letárgico que se podría describir como una mezcla de obligada resignación, pragmatismo conservador y escapismo festero.

Durante los inicios de la transición a la democracia lo que después sería abiertamente la Caspa formó parte activa del búnker-barraqueta, un enjambre reaccionario de grupos,  provenientes del staff franquista local, radicalmente opuestos tanto a la normalización democrática del país como a un autonomismo progresista y socialmente transformador. Entre dichos grupos se encontraba la peculiar y eficiente guardia de corps que el viejo régimen tenía en la JCF, cuyos eficientes tentáculos llegaban a todas las comisiones y a las nacientes agrupaciones falleras. En Valencia la constitución del consistorio socialista supuso el pistoletazo para una brutal ofensiva del búnker, progresivamente plasmada en un furioso movimiento ultraderechista y anticatalanista, ansioso por tocar poder, que durante los años ochenta se dedicó a agitar agresivamente la asamblea de presidentes y a controlar los congresos falleros para atacar y desarmar las moderadas reformas falleras de los socialistas. También hay que añadir que el vergonzante abandono de la causa fallera por parte de la izquierda valenciana, que con inaudita miopía determinó que las Fallas no iban con ella, no hizo más que allanar el camino al búnker de los fajines. La culminación del mencionado acoso y derribo fue cuando la ya Caspa encontró en Unió Valenciana su principal forma de expresión política. De la mano de este partido populista consiguió recuperar el poder municipal (la concejalía de Fiestas), pero cuando UV fue destruida por el abrazo del oso del Partido Popular, la mayor parte de la Caspa se pasó con armas y bagajes al nuevo señor de la fiesta, bajo cuya égida se ha encontrado tan cómoda durante todos estos años de mayorías absolutas, grandes eventos y estafa inmobiliaria.

Sin embargo, con el paso del tiempo la Caspa fue mutando, redibujando sus perfiles y matizando sus tonos, de manera que a partir de 1999 ya no se identificaba con una horda catalanófoba, ebria de azul y “sano regionalismo”, sino que había moderado sus excesos patrióticos, a la vez que ampliaba sus confines para abarcar una extensa y plácida amalgama de gentes que, sabedoras de que la fiesta era suya y solo suya, podían dedicarse a afianzar sus redes sociales, solazarse en el creciente aquelarre de actos fallermayoristas, buscar oportunidades de negocio y dejar claro que la única forma “natural” y “razonable” de existencia fallera era la que aquellas preconizaban.  Vaya, el triunfo del “sentido común” fallero.

Hay que reconocerlo, la Caspa ha vivido sus más esplendorosos años en perfecta simbiosis con el poder municipal del PP más triunfal. Con Rita Barberá como santa patrona, la Caspa ha proliferado aquí y allá, con plena presencia en los medios de comunicación sobre la fiesta, incluso en los que se definen en como “progresistas”, monopolizando los tiempos y los discursos, determinando qué era noticiable y qué no, dictaminando cual era la “auténtica” esencia de las Fallas. Lo ha copado casi todo en prensa, radio, televisión y la mayor parte de webs, blogs y medios digitales, inspirando a un sinfín de periodistas, informadores, tertulianos y aficionados varios que han cantado sus glorias, babeado sus tópicos y forjado su reputación dentro del mundo fallero. Por si fuera poco ha hecho y deshecho a su antojo, mafiosamente a veces, en su feudo de siempre, la JCF, pero también en las agrupaciones y federaciones, en el congreso fallero de 2001, en los debates y semanas culturales de las comisiones, en los concursos literarios, de teatros y presentaciones, en los jurados de fallas y falleras mayores, en los llibrets, en el mundo de la indumentaria y el estilismo, en las fiestecillas sociales con que la Caspa, cual aristocracia sucedánea, intenta imitar torpemente a los ricos, así como en las controladísimas y aburridísimas asambleas presidenciales. Sin apenas contestación, haciendo valer su privilegiada posición y estigmatizando como “antifalleros” o “antivalencianos” a quienes se atrevían a desautorizarla mostrando sus miserias y carencias.

Hay que reconocerlo, la Caspa ha vivido sus más esplendorosos años en perfecta simbiosis con el poder municipal del PP más triunfal.

Lo más sorprendente, sin embargo, es que cuando comprobamos quien es quien en esa Caspa, lo que hace y cómo lo hace, nos encontramos con una desvergonzada tropa en la que predomina la mediocridad más espantosa y servil, que además va de la mano de la impostura profesional, un bochornoso nivel cultural, un victimismo de lo más hilarante, una prepotencia no exenta de ridícula vanidad y una propensión a la felación político-ideológica de inquietantes proporciones. En resumen: el triunfo de los peores. Esa es la realidad sociológica de la Caspa, que precisamente por haber cultivado durante décadas un terreno apto solo para el crecimiento de las malas hierbas ha sido capaz de mostrarse tan exuberante como para ahogar cualquier veleidad duradera de creatividad, talento y progreso en la fiesta de las Fallas, que para algo es concebida  por la Caspa como “su fiesta”. Todo un símbolo de la burbuja de incompetencia y coentor que durante dos décadas ha sumido Valencia en un lodazal de difícil salida. Porque no nos engañemos, aunque haya cambio político y lleguen nuevos aires y nuevas ideas, que buena falta hacen, la Caspa continuará existiendo y habrá hacer un gran esfuerzo para ir reduciendo su apabullante poder y  recuperar las Fallas para todos aquellos que, desde la honestidad y el compromiso democrático con las ideas progresistas y los valores primigenios de la fiesta, creen firmemente que otras Fallas son posibles.

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2 Responses to "La Caspa fallera"

  1. Aina  12 de marzo de 2015 at 00:11

    Ben dit! per fi algú ho diu, ja era hora! I que visca la Intifalla 😀

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  2. Andres Romeu  1 de julio de 2015 at 23:53

    Señor Gil-Manuel, lo ha descrito usted con bastante precisión. Sólo añadiré que esa Caspa no es sólo del Cap i Casal. El virus se contagió en mayor o menor medida a casi todas las “Fiestas Populares” de nuestro país, de Vinaròs a Oriola, que dejaron de serlo desde el momento en que esos círculos endogámicos empezaron a ocupar posiciones en Concejalías de Fiestas varias. La Caspa medró allí con iguales armas, su servilismo infinito, y en versiones aún más mediocres hasta lograr agotar casi por completo la energía de cambio del país, absorbiendo todas las voluntades y diluyéndolas en una orgía uniformada de confetti y ejércitos de bailarinas púberes cortejando al Capità Moro de turno.

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