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La dimensión del puñetazo

José-Antonio-Palao.-Profesor-del-Departamento-de-Ciencias-de-la-Comunicación-de-la-Universitat-Jaume-I-de-Castelló.2-1José Antonio Palao.

Profesor del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la Universitat Jaume I de Castelló.

Ayer, cuando vi el puñetazo que le dieron Rajoy, sentí como si me lo hubieran dado a mí personalmente. Vaya por delante mi absoluto rechazo moral y político a cualquier uso de la violencia. Pero no estoy hablando de eso, precisamente. Estoy hablando de la dimensión más banalmente semiótica y psicológica del hecho. Yo, que me las doy de listo y experimentado en el análisis (y por lo tanto en la capacidad de distanciarme) del discurso, me sentí automáticamente identificado con una víctima audiovisual, que tiene ganado mi absoluto desprecio y odio político por cómo ha usado él esa misma violencia política, policial, económica, bancaria y administrativa contra la sociedad que gobierna y a la que pertenezco. Imaginen lo que habrá sentido quien no tenga esos instrumentos de distanciamiento crítico.

Ayer estuve viendo unos segundos un programa de TVE en el que se estaba hablando del entierro de los policías asesinados en Afganistán. Los bestiales tertulianos de RTVE, que está más cavernaria ahora incluso que lo ha estado en la legislatura entera, estaban poniendo verde a Pablo Iglesias por asistir, cuando no ha ratificado el “pacto antiyihadista”. Sólo busca chupar cámara en campaña electoral, decían. Ocultan (porque, si son periodistas, no deberían ignorar) que una de las principales críticas que ha recibido Pablo Iglesias desde la izquierda, dentro y fuera de Podemos, es por sus muestras de simpatía hacia la policía y el ejército. Luego, que estuviera allí, es muy congruente con sus actos y declaraciones desde hace año y medio.

Si son capaces de manipular esa actitud de PIT de una forma tan abyecta, ¿qué no serán capaces de hacer con el puñetazo a Rajoy? El que dio ese puñetazo es un sujeto despreciable política y moralmente, pero estratégicamente es un genio, vamos. Y también los que están haciendo chanzas (Je suis Rajoy, he visto por ahí) e insinuando, dentro de la tradición más conspicua y clásica de la teoría de la conspiración, que ha sido el propio PP el que ha promovido el hecho. Es la vieja creencia burguesa de que uno es autor de aquello que le beneficia, esto es, que el sujeto es causa y no efecto del discurso. Y no es así. El PP va a rentabilizar el hecho y, estructuralmente, todos los partidos y medios de comunicación van a tener que seguirle el juego. No hay otra opción, son las normas del tablero y de su centralidad. Con lo cual ese ataque a Rajoy ha sido un ataque a la libertad de expresión. Y no precisamente a la suya y a la del PP, que son los que más rédito expresivo le van a sacar, sino  a todos los que legítimamente rechazamos -¿por qué no, odiamos?- las políticas del Partido Popular incoadas por su jefe, que tanta violencia han ejercido sobre nosotros. Ahora, cada vez que intentemos esa denuncia de la violencia neoliberal se nos puede imputar que lo que estamos es incitando a la violencia y al odio personal.

El puñetazo a Rajoy sucedió en Pontevedra. Pero también sucedió en la pantalla de televisión, como el hallazgo del cadáver del niño Aylan o la patada de la cámara húngara al refugiado sirio. Yo ayer me sentí identificado con un anciano al que un hooligan atacó a traición y le rompió las gafas delante de todo el mundo. Yo ayer me sentí identificado, durante unos segundos, con la imagen desvalida de un pobre hombre golpeado arteramente, olvidando por un momento la de desahuciados, familias empobrecidas hasta la miseria, jóvenes expatriados, estudiantes expulsados del sistema educativo, emigrantes enjaulados y torturados, enfermos que han muerto sin atención por culpa de sus políticas. No le puedo perdonar al agresor pontevedrés ese puñetazo. Ha hecho un mal inmenso. El odio y el resentimiento pueden ser legítimos. La violencia jamás, excepto si es puramente defensiva. Y atacar a un señor por la espalda, o dinamitar una joya obra del arte arquitectónico, por ejemplo, o quemar una iglesia no son jamás interpretables como violencia legítima. Parar un desahucio o defenderse de la brutalidad policial, sí, claro está. Pero atacar a Rajoy ayer nada tuvo que ver con eso, sino con buscar un segundo de gloria ante las cámaras. El precio, un moratón y nuestra libertad de defendernos de la brutalidad neoliberal. Poca cosa parece ser. Un monstruo el tío.

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One Response to "La dimensión del puñetazo"

  1. Jean Sorel  19 de diciembre de 2015 at 00:52

    Me resulta cada vez más evidente que el encuadre es el centro de nuestra existencia, pues pasamos una gran parte del día ante él, es más, me da la impresión de que las cosas o pasan dentro de una superficie rectangular (llámale televisión, pc, tablet, portátil, móvil, prensa escrita..) o no pasan. Y ayer pasó una y buena, en plena campaña, presidente del gobierno, lugar público, calle abarrotada, seguridad desaparecida antes del combate, chico suelta el brazo, gafas del lider del PP por los aires, algarabía, y como decía Warhol, los quince minutos de fama o David Bowie, héroes por un día, el descerebrado éste que se convierte en notícia del día y posiblemente de la campaña, pues cuando pase el tiempo una de la imàgenes a recordar de los comcios generales del 2015, sin duda serà la agresión al señor registrador de la propiedad por parte de un sobrino de su mujer.

    Todos los periódicos de tirada estatal, sacaban en su edición de ayer al Sr. Rajoy en portada, la myoría en primer plano, eso sí, destacaban los tres tenores de la caverna: el ABC que mostraba un primerísimo plano que denotaba paliza más que puñetazo, lel mundo que “afirmaba” que el puñetazo lo había dado la extrema izquierda y La razóm que decía que el Sr. Presidente había recibido no un puñetazo sino un atentado.

    Para finalizar, querria comentar tu frase a tenor de Pablo iglesias: ” una de las principales críticas que ha recibido Pablo Iglesias desde la izquierda, dentro y fuera de Podemos, es por sus muestras de simpatía hacia la policía y el ejército” ¿en serio? ¿cómo se puede criticar que un candidato a presidente del gobierno muestre simpatía por los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado? querramos o no, las fuerzas del orden, por desgracia, son un intrumento necesario para la buena convivencia social, e iré más lejos, el ejército, y yo creo en el pacifismo y en las reivindicaciones incruentas,también es necesario, necesidad que parece tornarse más palpable últimamente con el convulso sontexto internacional sacudido por las guerras de Siria, Irak, Afganistán y el aguge del movimiento Yihadista.

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