Las diez grandes escenas de sexo en la literatura

cinco-mujeres-cuentan-por-que-les-gusta-el-sexo-duro-y-que-es-lo-que-quierenPudoroso o escandaloso, pornográfico, poético, inconcluso, trágico, aburrido o ilegal. El encuentro íntimo tiene múltiples formas de abordaje. Un decálogo con algunos de los más originales y controversiales

La actividad sexual, con su inmediatez e intensidad, es en alguna medida lo opuesto a la literatura. Pero todas las actividades humanas están atravesadas por la conciencia y las palabras, incluso el sexo: se hace y se piensa y se cuenta y se hace y se piensa. El sexo se relaciona con el placer, con la reproducción, con la ley, con la moral y también con el dinero: en la cama (o donde sea) está todo. Palabras, palabras, palabras: el sexo ha sido contado de mil maneras a lo largo de la historia. Hay sexo pudoroso, escandaloso, pornográfico, poético, divertido, inconcluso, trágico, canónico, aburrido, ilegal. Siempre el sexo sobrevoló las manifestaciones culturales, pero a veces se pudo decir y otras veces hubo que aludirlo, y muchos textos (el Ulysses de Joyce, Madame Bovary de Flaubert, El amante de Lady Chatterley de D. H . Lawrence) fueron objeto de persecución judicial por hablar de sexo de manera controvertida. La literatura siempre se ocupó de lo oscuro, lo que no se puede decir. En tiempos de revisión de las prácticas y los discursos de género, es difícil decir que escenas con contenido moralmente inapto son “las mejores”, pero se trata al fin y al cabo de documentos acerca de qué imaginaron los hombres y las mujeres en torno a los intercambios de fluidos, más allá de si está bien o está mal:
Madame Bovary, de Gustave Flaubert (1856-57)

Emma Bovary y su amante León Dupuis hacen el amor en el fiacre. Emma, burguesa aburrida de provincias, tiene una larga sesión de sexo con uno de sus amantes mientras el carruaje da vueltas por la ciudad de Rouen. La escena, narrada sobre todo desde el punto de vista del cochero, es una obra maestra de la alusión. Sólo en un instante se ve una parte del cuerpo de los amantes: cuando la mano desenguantada de Emma aparece detrás de las cortinas.

Gustave Flaubert, predicador de la palabra exacta, lleva al extremo en esta escena la habilidad para decir sin decir: le queda al lector deducir que cuando describe el ánimo del cochero y el cuerpo de los caballos está hablando de los amantes: “Entonces fustigaba con más fuerza a sus dos rocines bañados en sudor, pero sin fijarse en los baches, tropezando acá y allá, sin preocuparse de nada, desmoralizado y casi llorando de sed, de cansancio y de tristeza”. Para mayor escándalo, León y Emma se suben al carro después de encontrarse en una iglesia.

O debute de Pelezinho, de Angeles Salvador (2014)

La escritora argentina tomó la chicana, cierto que homofóbica, de Diego Maradona (“Pelé debutó con un pibe”) e imaginó una iniciación sexual orgiástica y oscura para el rey brasilero del fútbol: hay chicas y chicos adolescentes y hay un voyeur. Con su prosa sonriente y sórdida, Salvador desarma los tópicos de la imaginación argentina sobre el tropicalismo sensual brasilero y cultiva literatura dura en los malentendidos de nuestra gran rivalidad futbolística y en las turbiedades de un negocio por nacer (todo transcurre en los años cincuenta en un barrio pobre de Săo Paulo). Podría ser un hit. El cuento salió en la antología Cómo ganarle el mundial a Brasil (2014).

La dama del perrito, de Anton Chéjov (1899)

Sexo en un hotel entre los amantes Dimitri Gurov y Anna Serguevna. Chéjov, cuentista ruso de fines del siglo XIX, inspiró con sus historias realistas de gente común a los grandes narradores estadounidenses del XX. La dama del perrito es su cuento más famoso. La escena de sexo entre estos dos amantes (casados con otras personas) es otra obra maestra de la alusión. Para reflejar la intensidad del sexo, Chéjov recurre al corte de un trozo de sandía. En lugar de descripciones, hay engomadas reflexiones previas del hombre y culposos diálogos poscoito de la mujer.

El amante, de Marguerite Duras (1984)

La historia atraviesa los límites de lo legal y lo inconveniente: ella tiene quince años y él veintiséis, ella es pobre y él rico, ella es francesa y él chino. Duras se hizo famosa a los setenta años con esta historia autobiográfica que transcurre en Indochina y que se convirtió en una película muy exitosa. La escena de la primera relación sexual, narrada en fragmentos y con cambios de tercera a primera persona, tiene de todo: llanto (“llorando, él lo hace”), insultos, lavado de pies. Nada muy edificante, todo muy tocante. Las historias que incluyen a menores de edad abundan en la literatura, y la más célebre de todas ellas es sin duda Lolita de Nabokov, la historia de un profesor obsesionado con una chica de doce.

La filosofía en el tocador, del Marqués de Sade (1795)

Es difícil decir si los textos de este hombre que dio su nombre al hecho de gozar con el dolor de los otros corresponden a la literatura erótica o a la policial. Sade fue encerrado en su época debido a sus conductas escandalosas, y se dice que Napoleón lanzó indignado al fuego su obra Justine o los infortunios de la virtud. En La filosofía en el tocador, que es la historia de la “educación sexual” de una quinceañera, hay escenas escatológicas y otras de lisa y llana tortura sexual narradas con delectación gozosa. Sade llega más lejos que nadie en la literatura de la perturbación.

Diarios, de Anaïs Nin (1931-2017)

Del otro lado del mostrador, las más de 15.000 páginas de los diarios de esta franco-estadounidense hija de cubanos llegan más lejos que Sade en términos de sexo y prohibición. Nin escribió y publicó sus diarios de pérdida, exceso y sufrimiento a lo largo de seis décadas, y después de su muerte empezaron a reeditarse sin censura. Esta profusión de intimidad y desborde, muy anterior a la explosión expositiva favorecida por las redes sociales, está torsionada por la sombra de su padre, que abusó sexualmente de Nin a sus nueve y con quien volvió a tener relaciones cuando ella tenía treinta. Las escenas que cuentan su fascinación con June Miller, esposa de su amante Henry, son deliciosas, románticas y pródigas.

Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel (2001)

Un homosexual hecho y derecho y un heterosexual de izquierda, miembro de la organización guerrillera Frente Patriótico Manuel Rodríguez que prepara un atentado contra Pinochet, se relacionan en la Santiago de Chile de los años ochenta. La imaginación atrevida de Lemebel mezcla sensualidad fuera de los marcos establecidos con irreverencia política, y mezcla también el posible romance entre estos dos hombres con la relación entre Pinochet y su esposa Lucía Hiriart. Entre la farsa telenovelesca y el deseo subversivo, Lemebel cuenta una historia tierna y amorosa. El paseo final en taxi no es tan hot pero remite a la escena en el carruaje de Madame Bovary: podría hacerse una lista de escenas de sexo en autos.

El primer hombre malo, de Miranda July (2015)

Cheryl atraviesa una crisis a sus cuarentipico y está enamorada del septuagenario Philip, pero él se enamora de Kirsten, una chica de dieciséis. Philip y Kirsten deciden convertir a Cheryl en su jueza sexual. Le hacen preguntas del tipo: “La estoy frotando por arriba del pantalón, ¿puedo meterle la mano adentro?”. Cheryl a su vez tiene de huésped en su casa a la hija de sus jefes, Clee, de diecinueve. La relación es hostil y empiezan a jugar juegos físicos violentos copiados de unos videos de defensa para mujeres. Cheryl empieza a fantasear que le hace a Clee todo lo que Philip le hace a Kirsten, se masturba pensando en todo eso y se enamora de Clee. Otra historia calenturienta en el límite de lo decible, escrita por una artista muiltifacética y delicada.

La uruguaya, de Pedro Mairal (2016)

El escritor Lucas Pereyra viaja a Montevideo a buscar un dinero y encontrarse con una amante. Se acuerda del primer encuentro entre ellos, después de un festival literario en un pueblo junto al mar: intentaron tener sexo entre los médanos, pero los interrumpió una familia de turistas y tuvieron que separarse. Él se dio cuenta muchas horas después, arriba de un ómnibus de larga distancia, de que todavía tenía el preservativo puesto. Mairal es un maestro del sexo que hace reír. Hay varios argentinos que trabajan esa misma veta: por ejemplo, Jorge Asís en Flores robadas en los jardines de Quilmes (el protagonista les propone un trío a dos comunistas diciéndoles: “Compañeras, aquí entre mis manos tengo la tierra, vengan y hagan la reforma agraria”), Fogwill y la lluvia dorada en Help a él, Gabriela Bejerman en Esa troncha trenza de cana (historia de sexo casual entre una piba chorra y una policía) y Ramón Paz en sus pornosonetos.

Ulises, de James Joyce (1922)

El monólogo de Molly Bloom. Después de cientos de páginas de complicada neurosis masculina, Joyce hace un intento por meterse en la cabeza de una mujer. Cierro esta lista con esta escena porque no se trata de un coito sino de un poscoito. Molly acaba de tener sexo con su amante, llega su marido y empieza a menstruar. A Molly se le cruzan pensamientos de todo tipo (es el famoso monólogo interior en su apogeo) y Joyce los registra sin puntuación. Aunque por momentos es difícil seguirlo, el canto interno de Molly es afirmativo y gozoso, una manera inmejorable de terminar el gran monumento narrativo del siglo XX. Joyce, por cierto, era sexualmente intenso: sus cartas obscenas a su mujer y la masturbación a cielo abierto de Leopold Bloom en el Ulises también podrían integrar esta lista.

Gracias a los muchos que en Twitter y Facebook aportaron sus ideas para esta nota, en especial a Virginia Cosin, Luciana Cancer, Nicolás Barroso, Eva Alvarez, Esteban Bitesnik y Gianina Covezzi.

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