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Las grandes alamedas por donde pase el hombre libre

Jesus-Peris-LlorcaJesús Peris Llorca

Profesor de Literatura

 

Yo soy discípulo de una profesora argentina que llegó a Valencia cuando los militares volvieron invivible su país. Se llamaba Sonia Mattalía. Y la Universidad de Valencia es un lugar mejor porque ella trabajó allí durante toda su vida académica. Una de las innumerables consecuencias que este hecho tuvo es que yo -un valenciano de Paterna para quien la Argentina era básicamente el país de Mario Alberto Kempes– empezara a sentir América Latina como algo propio. Años después, cuando redactaba mi tesis sobre novela argentina tomando mate en interminables noches de trabajo, Argentina seguía siendo la patria de Kempes, pero también mucho más: era la patria de Sonia Mattalía, la maestra que me enseñó a saber leer literatura, que me mostró la perspectiva perfecta para que este trabajo al que sigo dedicado tuviera sentido. Ser discípulo de Sonia es, como me dijo hace mucho tiempo el profesor Nicolás Rosa, ser argentino intelectual. Nada menos. Pocas cosas me han dicho en esta vida de las que esté tan orgulloso.

Recuerdo muchas momentos de aquellos años: por ejemplo tertulias interminables en casa de Sonia, con amigos latinoamericanos que iban pasando, entrando en nuestras vidas, y abriendo la mirada al mundo de aquel xiquet de Paterna: Álvaro, Sandra, Eleonora, Maria Julia. Y no sólo: Mario Benedetti, Ricardo Piglia, Luisa Valenzuela, Beatriz Sarlo, Roberto Fernández Retamar y muchos otros visitaron por aquellos años la universidad. Fue por entonces también cuando estuve en un congreso de literatura argentina en Rio Cuarto, Córdoba. Y en los debates a los que asistí -hay tan pocos debates y tan rutinarios en los congresos españoles- reconocí la misma sensación que en las tertulias de Sonia: la de que la cultura -la literatura- era algo importante: que estábamos hablando de la vida, de la sociedad y de la historia, y que eso nos interpelaba, nos apasionaba y nos importaba mucho.

Recuerdo eso hoy porque es 11 de septiembre, y porque este verano he estado en Chile -en el invierno austral-, y allí, en América Latina, he recuperado viejas sensaciones. Pisando por fin las calles de Santiago recordé por qué escogí estudiar América Latina, y reviví la insólita sensación de haber llegado a algo que era oscuramente también mi casa. En la apasionante vida cultural chilena, y sobre todo en las tertulias de este verano / invierno con amigos de allá, con Roberto, con Paola, con Daniela, con Giulio, con Loreto, reencontré, intacta, aquella sensación antigua de las tertulias en casa de Sonia: la de que hablar de literatura no es postureo, ni ejercicio de exquisitez, sino algo verdaderamente importante.

Pero también tenía ganas de escribir esto por otro motivo: porque en estos tiempos de miseria moral, de racaneo con los derechos de los refugiados que huyen de la guerra, de ignorancia autosatisfecha y criminal, de zancadillas literales y figuradas, hay que recordar que los exiliados -los refugiados-, que siempre lo son contra su voluntad -no lo olvidemos-, enriquecen sin embargo las sociedades que los reciben. El verdadero problema es para ellos y para el país que los pierde, no para el que los gana. Son muy irritantes por ello las declaraciones plañideras y xenófobas de nuestro ministro del interior. Y es irritante también el paternalismo condescendiente.

Por todas esas cosas quiero recordar orgullosamente hoy que uno de los caminos del exilio argentino de los setenta llegó hasta Valencia y -como a muchos otros compañeros y compañeras- me cambió la vida.

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