Los artistas falleros y la doble ceguera (Entre la caspa y los hipsters)

Jesus-Peris-LlorcaJesús Peris Llorca

Profesor de Literatura

Estas han sido unas fallas en que por fin se ha visibilizado no sólo que otras fallas son posibles, sino que en parte ya están aquí. Pocas veces como este año hemos podido asistir a acercamientos diferentes desde medios de comunicación diferentes: informaciones no rutinarias. Parece que ese muro invisible que divide a la sociedad valenciana en falleros y antifalleros, uno de los diversos muros que configuran nuestra identidad escindida, está comenzando a ceder. Podemos soñar con unas fallas plurales y diversas, tanto estética como ideológicamente, porque, entre otras cosa, ya lo están empezando a ser.

Podemos soñar con unas fallas plurales y diversas, tanto estética como ideológicamente, porque, entre otras cosa, ya lo están empezando a ser.

Sin embargo, aunque tenemos razones para felicitarnos y para mirar al futuro con esperanza, también podemos encontrar sin mucha dificultad algunos viejos problemas todavía existentes, y también algún problema nuevo, que a lo mejor resulta ser algún problema viejo transformado.

Para empezar, Junta Central Fallera, el problema sempiterno, la corte de la Caspa Fallera, que diría mi buen amigo Gil Manuel Hernández. Esta magna institución, como dictaminó Antonio Machado de gentes similares, desprecia cuanto ignora. Y por ello, además de seguir convencida de que las fallas es una fiesta de las élites con muchos figurantes que se ven pequeñitos desde el balcón del ayuntamiento, continúa utilizando el viejo sistema de premios en el concurso de fallas para condenar al ostracismo a la diversidad estética.

Pero además, en realidad no es solamente esto. Es que, como en tantas cosas que tienen que ver con JCF, los premios de fallas son un concurso de relaciones sociales. “A ver quién viene este año de jurado, a ver si conocemos alguien”, es una de las frases más repetidas por presidentes y falleras mayores al pie de los monumentos falleros la mañana del 16 de marzo. Y, en efecto, los entendidos en la materia áulica pueden vaticinar si va a haber premio o no sólo con ver la composición del jurado. En cualquier caso, el resultado es el esperado: las fallas con estética más ortodoxa y abigarrada ganan sin lugar a dudas; las divergencias estéticas -y determinados artistas- reciben castigo año tras año. El arrinconamiento este año fue mayor al eliminar los accésits del concurso de fallas experimentales. Sólo tres premios para más de una veintena de fallas convertían en remotas las posibilidades de obtener premio. Mucho más remotas, estadísticamente hablando, que de conseguir premio de sección, algo que habitualmente está vedado de oficio a las fallas más innovadoras u originales.

…los entendidos en la materia áulica pueden vaticinar si va a haber premio o no sólo con ver la composición del jurado.

Es cierto que, exceptuando la sección especial, que tiene sus propios condicionantes, estos premios tienen un valor meramente simbólico, y por tanto dependen del asentimiento del colectivo. Es decir, depende del valor que le quieran dar los falleros. Este año, ya ha habido alguna comisión muy innovadora que no ha participado en el concurso de fallas experimentales. Y también otras, ninguneadas hostilmente por el jurado, que han fabricado su propio estandarte para hacer en torno a él un festivo pasacalle la mañana del 17.

Tal vez esa sea la respuesta correcta y efectiva, como en otros ámbitos de la sociedad. Mientras no se acredite la competencia estética de los jurados, y los criterios de valoración utilizados, mientras fallos clamorosos continúen deslegitimándolos, probablemente lo mejor sea no concederles legitimidad por la vía de la abstención. Lo ideal serían unas fallas sin premios, en que la expresión y la estética del monumento, y la fiesta en torno suyo fueran fines en sí mismos. Pero en cualquier caso, si hay premios, que sean premios en serio. No este amateurismo que premia a menudo a la coentor y al amigo. Sería interesante que en esto como en otras cosas las fallas -la sociedad civil- fueran conscientes del poder que tienen. Si se niegan a jugar partidas trucadas, le quitan efectividad a la trampa. Y por ello, habrá que empezar a jugar con reglas claras y a hacerlo limpiamente.

El otro problema que me ha parecido detectar viene del otro lado, de la nueva mirada hipster hacia la fiesta de las fallas. Desde luego es muy saludable que sectores de la cultura valenciana, del diseño, del arte, que se habían mantenido ajenos a la fiesta heredando rutinariamente la barrera invisible y los estereotipos, de repente se den cuenta del potencial estético y social de la fiesta de las fallas. Son expresión artística, ocupación y uso festivos del espacio público, capital social. Este encuentro largamente postergado y sin embargo no inédito en nuestra historia -pensemos en Josep Renau o Arturo Ballester por poner dos ejemplos muy conocidos- es una excelente noticia. Debía ser de hecho algo natural.

…es muy saludable que sectores de la cultura valenciana, del diseño, del arte, que se habían mantenido ajenos a la fiesta (…) de repente se den cuenta del potencial estético y social de la fiesta de las fallas.

Sin embargo, y como ya ha señalado en alguna ocasión mi amigo Malalt de Falles, en determinados tratamientos de la relación entre estos sectores y la fiesta de las fallas se aprecian rasgos de adanismo, de providencialismo, o, incluso, de paternalismo. Es decir: el hecho de que nuevas voces y nuevas estéticas se estén incorporando a la fiesta no quiere decir que sean lo nunca visto o que no se haya hecho nada antes.

Es decir, lo deseable es que esas nuevas firmas se inserten en el campo cultural, dialoguen con él, y no lo ignoren. Porque ya ha habido propuestas interesantes y muy diversas surgidas en su interior, desde Alfredo Ruiz y Victor Valero a Dani Jiménez Zafrilla y Giovanni Nardin. Del mismo modo, que estudios de diseño comiencen a diseñar impecablemente llibrets no puede hacernos olvidar los llibrets de Na Jordana, de La Malva o de Sagrada Familia – Corea desde hace muchos años.

En resumen, que con una falla experimental plantada en el barrio de Campanar este año, por muy espectacular, revulsiva y hermosa que haya sido -que lo ha sido y mucho- no comienza la renovación de las fallas, como prácticamente sugería un medio digital hace algunas semanas.

A las fallas lo que les hace falta es gente que sume diversidad estética e ideológica que (…) las convierta en tan plurales como la sociedad valenciana.

A las fallas lo que les hace falta es gente que sume diversidad estética e ideológica que, como repito a menudo, las convierta en tan plurales como la sociedad valenciana. Pero desde dentro, trazando su genealogía interior al campo, que la tiene, y muy valiosa, desde Regino Mas a Ricardo Rubert. Lo que desde luego no hace falta -e incluso puede resultar contraproducente, y hacer el juego a la caspa fallera antes señalada- es paternalismo y arrogancia. Tendría gracia que los artistas más comprometidos estéticamente fueran objeto de una doble ceguera: ignorados por los jurados de Junta Central Fallera, pero también por nuevas miradas que vean la fiesta como potencialidad pura, como un desierto inexplorado por colonizar.

Porque en las fallas ya había vida inteligente antes de que la mirada hipster reparara en ella.

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One Response to "Los artistas falleros y la doble ceguera (Entre la caspa y los hipsters)"

  1. So. Andrés Castellano Martí.  1 de abril de 2015 at 10:46

    El articulo es acertado si lo contemplamos en su relación con el arte, cosa dinámica que camina tras la belleza y su logro máximo.

    Pero al querer que las fallas sigan la misma pauta, se olvida que dicho arte solo es una parte del total de muchas partes, pues el fuego falla no nace como arte -nace como magia; y dicho en plata – es la Creencia Valenciana en el Fuego. Y el fuego en ningún caso es arte.

    El que en ultimo hayamos abolido la parte mágica y la sustituyamos por arte, esto es correcto en parte, siempre que no anule el origen.

    Pues lo que se pretende con las fallas, es idéntico a lo que le ocurre a todo edificio religioso, al que los creyentes van con fe y los agnósticos a admirar su arte. Y mientras las dos tendencias convivan – es correcto. Cuando la parte artística anula a la creyente y convierte los edificios religiosos en museos, esto no es correcto.

    Y esto es lo que se ha estado haciendo durante todo el siglo XX valenciano, pues con pretextos de modernismo hemos anulado todo lo que fue sagrado para los valencianos, y hoy estamos orgullosos de tener muchas cosas originales de inmenso valor sin que ninguna cumpla su cometido.

    Y de que así sea, tiene la culpa en gran medida la Universidad Valenciana, que domina todo menos lo propiamente natural y valenciano. En los ritos del fuego tenemos un botón, y en las fallas su máximo exponente.

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