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Los íberos: ¡qué desgraciados!

José Aparicio Pérez. Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Historia por la Universidad de Valencia.
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José Aparicio Pérez
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Licenciado en Filosofía y Letras

y Doctor en Historia por la Universidad de Valencia.

 

Iberi o iberos es el nombre que recogen las Fuentes Clásicas como el propio de los habitantes de las costas mediterráneas desde el Ródano hasta el Segura, restringido el límite septentrional al Herault a partir del siglo IV antes de Cristo. Tierra adentro sus límites son más imprecisos pero terminan donde empiezan las tierras de galos, aquitanos, vascones, celtíberos, oretanos y bastetanos, entre otros.

Es, pues, nombre compartido por los habitantes de las tierras provenzales, aquitanas, catalanas, aragonesas, valencianas, albaceteñas y murcianas.

Pero ha sido un pueblo eminentemente desgraciado y actualmente sigue siéndolo.

Se empezó a conocer su existencia a partir del descubrimiento de la Dama de Elche, lo que intensificó su investigación a partir de ese momento, a pesar de que hoy sabemos que se creó en su seno pero no exactamente por los iberos y para su cultura, pero eso es asunto para otra ocasión.

Lo primero que preocupó fue su procedencia, su origen en bloque y, como era propio del momento, se pensó en una invasión generalizada sustituyendo y eliminando a la población autóctona. África fue el lugar elegido, sobre lo que ya había precedentes para otra etapa de nuestro pasado muy anterior. Se abandonó al no encontrar nada parecido en el norte africano. Europa lo sustituyó, con igual resultado, lo ario tampoco dio juego.

Tras las investigaciones del Dr. Fletcher Valls, nuestro maestro, quedó firmemente establecido que no procedían de parte alguna, la Cultura Ibérica había sido desarrollada por los pueblos asentados en los territorios señalados como consecuencia del contacto exclusivamente comercial con griegos y fenicios que comenzaron a arribar a nuestras costas a partir del año mil antes de Cristo. A cambio de productos locales (oro posiblemente entre otros, recordemos el Tesoro de Villena) proporcionaron nuevas tecnologías, nuevos productos, nuevos materiales, nuevas ideas, una nueva visión del mundo.

La revolución en todos los órdenes de la vida fue total. Pero aquí no se limitaron a copiarlo, sino que le dieron sello propio, proyectaron en todo su propia personalidad y lo que surgió fue la cerámica ibérica, el armamento ibérico, la moneda ibérica, las ciudades ibéricas, el arte ibérico, etc. etc. Y entre todo ello la Lengua Ibérica. Griegos y fenicios aportaron el signario (digamos alfabeto para entendernos) que no la lengua, lo que aquí se aplicó a la lengua autóctona, preindoeuropea, originada antes del Neolítico y evolucionada durante toda la prehistoria posterior hasta la II Edad del Hierro cuando se aplicó el signario para poder escribirla. No se importó la lengua sino el sistema de escritura, de ahí las dificultades para su traducción, que se resiste, pero sobre lo que trabajamos desde la RACV organizando anualmente los Seminarios de Lenguas y Epigrafía Antiguas, este año el XVI I. Algún académico debiera poner atención y alguna catedrática parece ignorarlo.

Griegos y fenicios aportaron formas lingüísticas pero la dominación nueva fue más decisiva, el latín se impuso y, aunque todavía se utilizaba en los primeros siglos de la Era, fue suplantada extensamente, sin llegar a perderse como ha demostrado el Dr. Xaverio Ballester en una memorable obra publicada precisamente por el Institut d’Estudis Catalans. Topónimos, antropónimos, raices léxicas, etc. empiezan a encontrarse en lo profundo de la lengua actual. Las recopilaciones léxicas del habla de nuestro pueblo, las casi extinguidas, son una necesidad; muchos pueblos ya lo han hecho, otros deben hacerlo. Piensen nuestros lectores que la mayor parte de las herramientas agrícolas que utilizaron nuestros padres y abuelos, sin ir más lejos, ya existían en época ibérica; también las forestales y las de zapatería; guarnicionería, talabartería; ganadería, y un etc. extenso. Que tenían un nombre, así como las actividades que se desarrollaban con ellas. Pensar que no han dejado huellas es un simple maximalismo y, en todo caso, nuestra obligación es investigarlo, sea cual sea el resultado.

Otra de las desgracias señaladas es la negación de lo expuesto por ignorancia o por no convenir a determinados intereses políticos, que lo consideran perjudicial para ellos. Piensan que lo mejor es hacer tabla rasa a partir del siglo XIII y que de ahí todo “ex novo”, gente, costumbres, lengua, religión y, lo actual, creerlo procedente de otro pueblo y otras gentes.

Sin negar su aportación, como tampoco se puede negar la latina, germánica o islámica, muchas aportaciones anteriores son evidentes, probadas documentalmente, citaremos algunas, la tauromaquia, la música (véanse los vasos ibéricos de Edeta, la actual Liria), o las representaciones de palmas en cerámicas ibéricas de Elike-Ilici-Elig,la Elche actual), la probable dansá en los vasos de Edeta; el culto en cuevas trasladado ahora al interior de las iglesias sin dejar el anterior (Altura, entre otros). Y un etc. Las cosas, los montes, los ríos, las herramientas e instrumentos diversos, tuvieron, seguro, un nombre en época ibérica, su persistencia, en muchos casos, es muy probable.

El mismo nombre iberi o iberos se intenta cambiar, aunque el de la escuela de Fletcher sigue el propuesto por el maestro, que también siguen otros muchos.

Si la polémica absurda que han protagonizado los que mal interpretando una frase , porque creían que su sueño político podría ser realidad en base a la unidad de la lengua, y han intuido que su castillo de naipes se desmoronaba con la iniciativa del Partido Popular, que por fin reemprendía la senda que nunca debió abandonar y que se le reclamaba insistentemente, ayudada la demolición por la intempestiva e irreflexiva irrupción en el proceso de la “loca academia de no sé qué lengua”, no puede servir para que la lengua valenciana recupere el nombre que le corresponde histórica y lingüísticamente, por lo menos habrá servido para que los valencianos sepan que durante quinientos años los iberi, nuestros antepasados, desarrollaron una singular cultura, comparable con otras mediterráneas contemporáneas, y superior a muchas otras europeas, y que pudieron escribir ya textos en lengua ibérica que, la investigación que no cesa a pesar de las dificultades, nos permitirá conocer lo que decían y sentían.

La ruptura total es impensable para nosotros, empezando por la Neandertal-Cromañón e intentando demostrar la evolución. Nunca aceptamos la Leptolítica-Mesolítica, que se empieza a aceptar; tampoco la Mesolítica-Neolítica; desterrada la ibérica; también la islámica ha sido obviada. Móviles políticos impulsaron la del siglo XIII, que aceptan quizás con buena fe muchos, otros no sin duda; por supuesto nosotros no la aceptamos y menos por imposición y bajo impulsos políticos. Exigimos una investigación en profundidad. ¿Se hará? No la vorem.

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