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Morir en la sierra

José Carlos MorenillaJosé Carlos Morenilla
Analista literario

 

La sierra es una madre dura. Por encima de los 1000 y hasta los 1500 metros los montes de Andalucía se cubren de un manto de pinos. Árboles alejados tanto los unos de los otros que las aves rapaces pueden volar entre ellos a la caza del escurridizo conejo de estos lugares. Las rapaces…, y los bandoleros. Gentes duras también, que se recluyeron en tan recónditos e intrincados parajes por el rechazo social, la persecución y la falta de esperanza. José María el “tempranillo”, Paco el “pernales”…, y tantos otros, encontraron allí el último refugio fuera de una sociedad en la que no tenían sitio. Y murieron en la sierra derramando su sangre sobre las peñas, antes que vivir un calvario de esclavitud y vergüenza. A sus vidas les faltó fortuna y les sobró orgullo y amargura, pero hubo en su muerte un aura de rebeldía y libertad que nunca los ha abandonado.

…murieron en la sierra derramando su sangre sobre las peñas, antes que vivir un calvario de esclavitud y vergüenza.

CAM00594Hace poco pasé unos días en la sierra. Recorrí caminos y sendas. Al amanecer las nubes bajas la cubren de niebla, has de esperar a que se disipe para seguir los senderos milenarios. El canto de un jilguero, tal vez, el murmullo de un arroyo o un escalofrío de soledad, puede que te acompañen. Y así kilómetros y kilómetros. Si te pierdes puedes quedar prisionero para siempre en sus laberínticos desfiladeros y peñas.

Antes de llegar había oído la noticia, buscaban a un niño perdido. Un joven-niño con el síndrome de Down. La tarde de mi llegada, lo encontraron…, muerto. No pensé más en ello y me tiré al monte. Seguí el sendero, vigilé las marcas, sentí la Naturaleza dominante, y tras larga caminata en solitario llegué a la fuente del oso. Allí, mientras compartía la bota de vino con otro esforzado caminante, escuché de sus labios la leyenda. Lo que cuentan las gentes del lugar. Esa otra leyenda más de morir en la Sierra. El vino me supo amargo y me quedé largo rato mirando el agua de la fuente correr monte abajo hasta despeñarse sobre el Guadalquivir.

Si te pierdes puedes quedar prisionero para siempre en sus laberínticos desfiladeros y peñas.

Diré que se llamaba Luis, porque en el pasquín en blanco y negro que me enseñaron, no había nombre. DESAPARECIDO, rezaba. Quien sepa algo de él, llame a la Guardia Civil. Hace siglos que los pasquines dicen lo mismo en la Sierra. Pero esta vez la Guardia Civil se esforzó como nunca en encontrarlo. Hace tiempo que ya no matan, salvan. Doscientos hombres buenos, pero con el mismo resultado de antes: bajaron un cadáver de la Sierra.

Luis era un joven que de haber tenido un desarrollo emocional e intelectual acorde a su edad, habría abandonado ya la adolescencia para adentrarse en una juventud de comportamiento más independiente y mejor preparado para enfrentarse a situaciones extremas.

Acudía a clase en un colegio de enseñanza general, integrado en un módulo al que ahora llamamos de educación adaptada. Cualquier enseñanza la adquieren estos chicos con un esfuerzo especial. Sus profesores, sus padres, sus compañeros de sección, su sociedad entera es una sociedad adaptada. Las posibilidades de cada uno son diferentes y los progresos también.

Doscientos hombres buenos, pero con el mismo resultado de antes: bajaron un cadáver de la Sierra.

Luis había madurado con éxito, era capaz de leer, escribir y fue el protagonista de la función de teatro que su clase representó ante todo el colegio. Hacía de Don Quijote. Todo salió bien y la emoción de sus padres fue incontenible. Unos padres que se convierten en unos héroes demasiado solos entre una sociedad que está debatiendo si estos niños tienen derecho a nacer.

El lugar donde pasaban estas vacaciones es un sitio excepcional. Un establecimiento con casitas de madera en medio del bosque junto al cauce de un recién nacido Guadalquivir. Un lugar seguro, rodeado de una valla y con otras familias con niños. Luis lo conocía como la palma de su  mano. No muy lejos, pero fuera del recinto hay un lugar donde unos monitores simpáticos y acostumbrados a tratar con niños habían montado una tirolina. Es ese cable que atado firmemente a un lado y otro de una pequeña hondonada permite que los niños y jóvenes, perfectamente asegurados por un arnés, “vuelen” en un salto emocionante.

No sé, no he querido preguntarlo, recuerden que esto es una leyenda, cuántas veces Luis había disfrutado de ese “vuelo”. No sé, tampoco si ese día estaba en la lista de los que habían de saltar, no sé si sus padres sabían que había acudido con los otros niños al lugar, tampoco importa el motivo, pero a Luis no lo dejaron participar en la atracción. Probablemente insistió, le gustaba mucho. Parecía un chico mayor. Se comportaba siempre como un chico mayor…, pero no lo era. Le negaron tajantemente el salto. Luis sintió que el rechazo se debía a su condición. Se sintió de repente deprimido, triste, rechazado, marginado como tantas veces.

Luis sintió que el rechazo se debía a su condición. Se sintió de repente deprimido, triste, rechazado, marginado como tantas veces.

CAM00278No sé, tampoco importa, si los monitores se dieron cuenta del cambio en su estado de ánimo, si eran pocos, si estaban ocupados. No sé si al principio quería irse lejos de todos, estar sólo, ser el ser único que era…, se perdió. De repente estaba solo. Su seguridad había desaparecido, volvía a ser el niño pequeñito, dependiente, incapaz de encontrar el camino de vuelta a casa.

Estaba asustado, lleno de remordimientos porque sabía que no se había comportado bien. Un niño que se hacía preguntas de hombre, ¿por qué estoy aquí? Un niño en un conflicto emocional importante, que necesitaba imperiosamente la seguridad de sus padres. Una víctima del rechazo, la exclusión, la marginación, como aquellos otros apartados de todos, pero absolutamente inocente esta vez, e incapaz de valerse por sí mismo o de hacer daño a nadie. Perdido, solo, en una naturaleza hostil donde cada vez se hacía más de noche. Sin saber a dónde ir. No tenía miedo del lobo o de sufrir una agresión. Sólo tenía frío, estaba oscuro y llamaba sus padres. Bajito, porque Luis nunca gritaba.

En la oscuridad, absoluta o tal vez no, perdió sus gafas, fue el indicio que hizo buscar peñas abajo. Ahora ya no veía nada. Y cayó. Escribo esto lleno de tristeza y de indignación, porque Luis no se perdió por no saber seguir al grupo, como nos han hecho creer. No se perdió porque era diferente. No era tonto. Tenía el orgullo y el ansia de justicia de los que durante siglos se refugiaron en la sierra.

No se perdió porque era diferente. No era tonto. Tenía el orgullo y el ansia de justicia de los que durante siglos se refugiaron en la sierra.

No nos ha dicho, cómo y por qué murió, sólo de qué murió. No dicen si escuchó el susurro del viento en los pinos, el murmullo del agua del río…, yo sé que nunca perdió la esperanza porque estos niños nunca la pierden. Sólo nos han dicho, ya saben: traumatismo cráneo-encefálico…

He buscado las cabañas, he visto el río, he visto su cara en el pasquín. No he visto el lugar donde murió pero sé cómo es porque conozco la sierra. Un lugar donde de noche los árboles, apenas dejan ver las estrellas. Esas estrellas que Luis veía cada vez más cerca hasta que las rebasó para llegar al cielo.

Este es mi llamamiento. Este es mi propósito. No más marginados, no más fugas a ese reducto de exclusión para los diferentes. Los niños con síndrome de Down no son sólo hijos de sus padres, son hijos de todos nosotros. Nunca debemos dejarlos solos. Debemos tratarlos con todo el respeto que merecen, debemos aceptarlos entre nosotros como adultos cuando lo sean, pero nunca debemos olvidar que aún son capaces de convertirse en niños, una capacidad que hace tiempo nosotros perdimos.

…nunca debemos olvidar que aún son capaces de convertirse en niños, una capacidad que hace tiempo nosotros perdimos.

¡Ojalá! Esta historia que cuentan las gentes del lugar, esta otra leyenda de la sierra, esta historia de mi Luis, sirva para ayudarnos a conseguirlo.

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