Sergio García gana el Masters

golf21-kEjD--1361x900@abcAyer Severiano Ballesteros habría cumplido 60 años y seguro que no había mejor regalo para él que una nueva chaqueta verde para el golf español. Nadie dijo que la tarea fuera a ser sencilla; de hecho, desde hacía 18 años nadie había podido realizarla. Pero ayer, con su ayuda desde el cielo, Sergio García le dio la alegría a su maestro. Después de hacer un torneo de libro, en el que mostró toda la experiencia de sus años en la élite sin las carencias de sus malos momentos, el castellonense logró su ansiado torneo del «Grand Slam».

El inicio de torneo del castellonense no pudo ser mejor. Con su juego de tiralíneas realizó dos «birdies» en los tres primeros hoyos, lo que unido a la mala puesta en escena de Justin Rose («bogey» en el 5) se convirtió en una ventaja de tres golpes a las primeras de cambio. En esos momentos García parecía caminar entre las nubes, aclamado por un público que le animaba y respaldado por un juego sin mácula que hacía que la bola se moviera hacia su sitio.

El castellonense estaba en «modo Dubái», es decir, en el estado de gracia que le llevó a ganar en el emirato a principios de año sin despeinarse. Sin embargo, el cuento de hadas no duraría mucho más. El campeón olímpico puso todas las piezas de su maquinaria en orden y empezó a jugar al golf como los ángeles. Con una estrategia perfecta, unos tiros milimétricos y una correcta lectura de los tapetes, encadenó tres «birdies» consecutivos que helaron la sonrisa del español al paso por el hoyo 9. La seguridad que había mostrado en los cristales de Augusta en las jornadas previas se difuminó de repente. Las bolas empezaban a burlar las cazoletas por la derecha y por la izquierda y las caídas cuesta abajo se convirtieron en auténticos dolores de cabeza para él.

Pares 5 para recordar
Sin embargo, cuando comenzó su auténtica pasión fue al afrontar la segunda vuelta. De una manera inesperada el español comenzó a dar malos golpes, algo que no es nada habitual en su repertorio. Solucionado el asunto de su enfoque mental, que tan buenos resultados le ha dado esta campaña, aparecía ahora un factor nuevo en la ecuación con el que nadie contaba: el error técnico. Por dos veces consecutivas se fue a la pinaza que bordea las calles del 10 y del 11, lo que le puso en problemas al meter los árboles en juego. Y, pese a resolver los tiros con maestría, al final pagó peaje con dos «bogeys» que dejaron al inglés dos arriba a las puertas del Amen Corner.

Afortunadamente, en esos momentos salió a relucir su nuevo carácter competititvo. Lejos de venirse abajo y de recordar los fantasmas del pasado, Sergio hizo de tripas corazón y trató de pasar página lo antes posible. No era posible controlar el juego de su rival, pero sí que estaba a tiempo de recuperar plenamente el suyo. El primer paso era frenar la hemorragia negativa, lo que consiguió con un buen par en el 12, y, el segundo, buscar un golpe de efecto que afectara la moral del británico. Y ese momento se produjo en el hoyo 13.

El arroyo Rye estuvo a punto de dictar sentencia cuando la salida del levantino bordeó el obstáculo de agua. La bola terminó injugable en un arbusto de la izquierda y se vio obligado a dropar con penalidad mientras Rose esperaba cómodamente en la calle. Y de nuevo la genialidad de Sergio dio la vuelta a la tortilla. Se sacó un golpe mágico de la chistera que le acercó la pelota a su objetivo hasta el punto de permitirle salvar el par, mientras que Justin fallaba un último toque corto que le permitía igualar el hoyo pero salir de allí con sensación de derrota.

Ese momento se prolongó en los dos siguientes agujeros, los más brillantes del español en toda la tarde. Primero con un «birdie» de libro en el 14 que le sacó de una racha de diez hoyos sin premio y, después, con un «eagle» estratosférico en el 15 que fue el mayor subidón de adrenalina para el golf nacional de las dos últimas décadas. Todo lo hizo perfecto: un salidón larguísimo, un golpe de aproximación milimétrico que estuvo a punto de golpear la bandera y un «putt» de tres metros cuesta arriba que entró a cámara lenta para emular el tres que firmó Chema Olazábal cuando ganó su primer Masters en 1994.

Como Justin hizo sus deberes y firmó el «birdie», los dos contendientes llegaron a los tres últimos hoyos con empate en el casillero (-9). La situación era claramente de «match-play», pues el resto de rivales se había ido quedando por el camino. Y los dos, amigos y compañeros de múltiples batallas en la Ryder Cup, salieron a por todas en ese mano a mano postrero.

El hoyo 16, par 3, cayó del lado de Rose gracias a su acierto con el palo corto, pero en el siguiente falló en la salida y a la postre firmó un «bogey» que volvió a dejar la situación en tablas de cara al definitivo hoyo 18. Después de todo el día, con alternativas y ventajas para los dos lados, toda la tensión se quedaba reducida al tramo final. Y con las dos bolas en la última calle, ambos midieron sus fuerzas antes de dar sus golpes clave para la gloria. Primero pegó Justin su hierro 8, que fue a reposar a dos metros de su objetivo. Ante lo que Sergio respondió con un dardo más cercano todavía. Nuevamente serían las alfombras más rápidas del planeta las que decidiríanel primer grande del año. Y como ninguno fue capaz de ver la caída correcta, se vieron abocados al desempate. Allí relució la sangre fría de Sergio, que logró un «birdie» que le hizo llorar.

Mención aparte merece la actuación de Jon Rahm. El vizcaíno se comportó durante todo el torneo con un aplomo impropio de un debutante y, de hecho, hasta los últimos tres de ayer se mantuvo en números rojos en el torneo. Sin embargo, la tensión acumulada durante toda la semana le jugó una mala pasada en en esos instantes finales. Sumó cuatro golpes de más (+3) y acabó más retrasado en la tabla de lo que sus méritos demostraron.

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