Viva el vino y el muftí de Arabia Saudí

miguel-angel-almodovarMiguel Ángel Almodóvar
Sociólogo, investigador y divulgador

Viendo a Rajoy participar con júbilo en un mitin islamista en Ankara, todo parece indicar que la Alianza de Civilizaciones, otrora denostada y ninguneada por el ceñudo registrador de la propiedad, empieza a transitar por buen camino. El hecho de que cuando Erdogan intentara entrar de lleno en el asunto el compostelano respondiera con una evasiva farfullando algo sobre la tartracina de las chuches, no debe interpretarse más que como una estrategia para seguir ordeñando sin excesivos contratiempos la ubre de la herencia zapateril, porque lo sustancial de su progresivo acercamiento a la alianza afectiva con el infiel hay que buscarlo en la pirámide de alimentación saludable de la Fundación de la Dieta Mediterránea, realizada en el primer año de su hégira, 2011, y en la que se proclama que: “El agua es la bebida por excelencia en el Mediterráneo”. Y no dicen los sesudos nutricionistas, avalados por los irresponsable políticos, que la bebida por excelencia de la tan alabada dieta es el té moruno con azúcar pilón ante el temor de que los niños les tiren piedras por las calles. Porque si sacarse de la manga el agua y ningunear olímpicamente al vino no es un guiño y arrumaco al Islam, que venga Alá y lo vea. Que lo cierto es que por fin la tal pirámide ha sido aceptada por los países musulmanes, y en el fondo era de lo que se trataba.

la Alianza de Civilizaciones, otrora denostada y ninguneada por el ceñudo registrador de la propiedad, empieza a transitar por buen camino

Bien es verdad que a fuerza de no ocultar del todo la evidencia se apunta que: “El vino debe tomarse con moderación y durante las comidas”, pero eso dicho como al desgaire y con poca gana.

La pregunta es cómo se puede tener la cara pétrea de decir que en la cultura de los pueblos bañados por el Mare Nostrum el agua ha sido la protagonista, cuando en el yantar mediterráneo el agua siempre ha sido un peligro del que había que huir como alma que lleva el diablo, mientras que el vino siempre fue una de las patas en las que se asentó su dieta y su cultura; una evidencia que atestiguan desde las Sagradas Escritoras hasta los relatos de Galdós, pasando por la novela picaresca o la canción de corro dedicada a la tristeza de Alfonso tras la muerte de Mercedes que ayer tarde no la vio.

Del episodio de las bodas de Caná, poco hay que decir por de sobra conocido y en cuanto a la novela picaresca, baste recordar los consejos que se le dan a Cortadillo para que beba vino y ni se le ocurra beber agua en aglomerados urbanos como Madrid o Salamanca. De las novelas de Galdós queda en la memoria la peripecia de Benina, la criada misérrima y samaritana que socorre al moro ciego Almudena llevándole algún condumio al vertedero donde habita en forma de sopas de vino, que no son otra cosa que las tradicionales de ajo pero hechas con vino, que por malo que fuera no hacía mal, en lugar de con agua que podía llevarle a la muerte. Y conste que no era tal solo el caso de los desheredados de la fortuna, porque alguien tan pimpante como María de las Mercedes de Orleans, esposa del rey Alfonso XII e hija del todopoderoso Duque de Monpensier, murió de fiebres tifoideas sobrevenidas por el consumo regular de las aguas del pozo del elegante Palacio sevillano de San Telmo, contaminadas, como era habitual y por vía freática, con las fecales de algún pozo negro de las proximidades.

En la cultura y la dieta mediterráneas el agua siempre ha sido muerte y el vino vida

En la cultura y la dieta mediterráneas el agua siempre ha sido muerte y el vino vida, de manera que lo de que “El agua es la bebida por excelencia en el Mediterráneo”, se lo vayan a contar al muftí de Arabia Saudí, que además de que rima siempre puede caer una concesión de AVE, pero que si quieren recomendar agua que la recomienden del vino, que es su sustancia en un 85% y además previene accidentes cardiovasculares. Y que tal y como están las cosas de sombrías y desesperanzdas, recuerden lo que dijo Alexander Fleming: “Puede que lo que cure sea la penicilina, pero lo que de verdad hace felices a los hombres es el vino”.

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