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Jugando con negras: “Adversus Iconoclastas o cómo las fallas se han convertido en una fiesta bárbara”

jose-antonio-palaoJosé Antonio Palao Errando
Profesor del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la  Universitat Jaume I de Castelló

Nací en la ciudad de Valencia hace casi 52 años y nunca he tenido domicilio en otro lugar. Me emociona este cielo bárbaramente azul y ante un Sorolla siento que el misterio de esa luz es el misterio de la verdad. Sé valorar el trueno sinfónico de una buena mascletà y sé que ésta no ha sido buena si entre alguna sístole y su sucesiva diástole uno no se ha asomado al abismo de un desgarro irreparable de las entretelas de su corazón. La pólvora bien disparada me huele a hogar y la ira me posee cuando veo que a un engrudo con guisantes y fósiles mal incorruptos y peor triturados de chitosán, flotando en una pasta oleaginosa, cometen el sacrilegio de llamarlo paella en Madrid, en Barcelona y en otras metrópolis de este planeta. Si bien mi lengua madre es el castellano, venero la lengua de mi pueblo y, si me emociona Garcilaso, también lo hacen Joanot o Ausiàs March.

Dados estos precedentes supongo que a nadie debe extrañar que sienta una profunda animadversión por las fallas. Hay quien me habla de otras fallas, sin cancerberos mal encarados a la puerta de los casales que miran a los transeúntes con cara de “no te atrevas a entrar, que no has pagado las cuotas”, de vecindarios solidarios e integrados alrededor del monumento al pueblo vengándose de los pudientes con su sátira, de falleras puño en alto, de calles para todos sin uniformados ocasionales que las tomen por asalto para sus desfiles opulentos, o para sus bacanales de mediocridad entre dos lenguas, con su orgullo de baja intensidad y su auto-odio prepotente. Hay gente que me habla de unas hipotéticas fallas populares, pero para mí son una entelequia (hija de un pasado evanescente o de un futuro utópico) que yo no he visto jamás. El mismo franquismo que prohibió los carnavales por peligrosos y subversivos fundó rápidamente una junta central fallera sabiendo que sería el gran vivero que es de exultación regional inofensiva y de ideología conservadora.

Hay gente que me habla de unas hipotéticas fallas populares, pero para mí son una entelequia (hija de un pasado evanescente o de un futuro utópico) que yo no he visto jamás.

Valencia (nada me autoriza a hablar de cómo se celebran las fallas en otros municipios del País Valenciano), que es una urbe de casi un millón de habitantes con un área metropolitana que suma como mínimo medio millón más, sin embargo, se empeña en imprimir a sus fiestas un marchamo cutremente rural y folclórico en el más rancio y reaccionario sentido de la expresión, en la que una serie turbamultas copan con su ruido desarticulado y su mal gusto bien enaltecido cada rincón de la ciudad sin permitir la más mínima opción a la moderna libertad de elegir momentos, placeres, estados de ánimo. Tal vez sea en el único caso en mi vida en que se me vea clamar por la racionalidad. Y es que en Valencia en Fallas no se trata de una anarquía festiva y carnavalesca, sino de algo así como un antipático caos pequeño-burgués. Un egoísmo gregario, masivo y sin ley. Se pretende que seamos felices con la masa, que admiremos sus desfiles uniformados, su vacuo folclorismo de derechas, que traiciona su lengua y su historia, como un líder totalitario exige una humillada sonrisa a su plebe antes sus despliegues de potente opulencia. Plantar 800 fallas, no dejar ni un rincón sin invadir, cortar las calles durante casi un mes, en muchos casos, es un vandalismo atroz perpetrado por gentes que el resto del año se quejan de que no puede trabajar porque alguna tarde unos miles de ciudadanos se manifiestan por los derechos de todos.

Y es que en Valencia en Fallas no se trata de una anarquía festiva y carnavalesca, sino de algo así como un antipático caos pequeño-burgués. Un egoísmo gregario, masivo y sin ley.

Lo peor de las fallas es, insisto, que no te dan opción. Con lo que se topa un ciudadano al salir a la calle es con la violencia y la agresión institucionalizadas y con la falta de mínimo respeto a su sensibilidad, a su privacidad y a su calma. Y en el noventa por cien del territorio urbano, se topa también con la más absoluta fealdad, pues la mayoría de las comisiones utiliza los monumentos como vulgar excusa para cortar las calles con sus carpas verbeneras, y para ello las llenan de adefesios en serie que han encargado a unos profesionales (éstos sí, quiero subrayarlo, mucho más respetables que las intenciones de sus clientes) sin mayor interés por su tema, su arte o su mensaje, mostrando una manifiesta falta de respeto por los vecinos que, al menos, deberían tener derecho a aspirar, en medio de tanta molestia, a traer a sus amigos al barrio para presumir un poco. Pero ni eso. Lo único que puede hacer un vecino de Valencia, porque en su casa, invadida por estruendos explosivos o chirriantes las veinticuatro horas del día, no puede estar, es huir a los pocos enclaves que tienen un monumento digno y vivir la masificación, el acoso y el frío grasiento del fin del invierno como un turista beodo más, que es para quien se levantan esos portentos como un vacío parque temático. Vamos, en lo que se ha convertido esta ciudad todo el año, sólo que con más crueldad las tres primeras semanas de marzo.

Lo peor de las fallas es, insisto, que no te dan opción. Con lo que se topa un ciudadano al salir a la calle es con la violencia y la agresión institucionalizadas 

En fin, el caso es que el inveterado egoísmo fallero coloca a muchos valencianos en una posición de minoría étnica (no es cuestión de estadísticas, sino de posiciones estructurales) añorando tener, como otras, al menos un gueto en el que acogerse a asilo frente a las cuadrillas desafiantes y sus disparatados explosivos. Sabemos que el salvajismo en Europa es bárbaro y que de aquí partieron siempre los homínidos más crueles a la conquista del planeta. Yo, cuando veo a un fallero enseñando a su hijo a tirar petardos no puedo dejar de evocar la imagen de un cromañón enseñando a los vástagos de su horda a incendiar las aldeas vecinas. Y si el vecino se queja, esto son fallas y vete a Cuba, si te gusta el mambo, comunista; o a Andalucía a vivir de los EREs… rojo; o a Catalunya a bailar sardanas, catalanista.

Y si el vecino se queja, esto son fallas y vete a Cuba, si te gusta el mambo, comunista; o a Andalucía a vivir de los EREs… rojo; o a Catalunya a bailar sardanas, catalanista.

Algunos me cuentan que hubo y habrá otras fallas. Me parece una estupenda leyenda mitológica. Yo lo único que sé es que hubo una generación hace entre 30 y 40 años que lo intentamos. Fuimos cruelmente derrotados. No he querido disimular la amargura del vencido en mis palabras. Supongo que aún puedo estropearlo más dedicando mi última línea a Joan Fuster, que definió las fallas como “un cagalló del franquisme” Y apenas le dio tiempo a ver a Rita botando en el balcón…

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14 Responses to "Jugando con negras: “Adversus Iconoclastas o cómo las fallas se han convertido en una fiesta bárbara”"

  1. Pilar Pedraza  15 de marzo de 2014 at 13:49

    Me sumo a todo lo dicho y tú, querido José Antonio Palao, ten cuidado con lo que dices, no vaya a ser que te rompan las piernas los del casal. Hace muchísimos años, cuando yo asomaba el morrito en la política -no volveré a hacerlo ni muerta-, un periódico nacional me pidió mi opinión sobre estos festejos en forma de artículo. Muy contenta por poder decir lo que honestamente pensaba, lo dije. Sonaba como lo tuyo pero con algun adjetivo menos. Pues no quieras saber como se puso el resto de los medios. Me llamaron de todo menos bonita y sacaron a relucir que soy toledana. Coño, ¿no puede un valenciano haber nacido en Toledo, joder?
    Pues eso, que les den y que esto pase pronto porque Valencia en fallas es una Valencia enferma.
    Pilar.

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  2. El Diluvi  15 de marzo de 2014 at 20:39

    ¡Vivan las toledanas!. Poco más puedo añadir, excepto que somos mayoría los que no estamos de ninguna manera por estas fallas, los escépticos de que esto pueda cambiar ni con otro ayuntamiento de distinto color (quizá porque el rojo ya lo monopoliza Rita en “vestidos” y Ferraris…) e indicar que va siendo hora de hacer algo. Algo tan simple como un debate abierto sobre qué fallas queremos (o no queremos). No sé, yo que sí nací en Valencia (ruzafeño, ¡casi ná!) propongo traer nazarenos y encapuchados toledanos y llevarse peinetas muy lejos…

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  3. Mar  16 de marzo de 2014 at 13:51

    Bon dia!
    Lamente no compartir en absolut el seu article! Ja porte llegint alguns articles (no tots seus, per supost) criticant les falles, i crec que ja està bé!
    En primer lloc les falles populars no són hipotètiques. Existeixen! I lamente que desprecie el que amb tanta ilusió s’organitza en diferents barris de València. El Carme, el Cabanya i Benimaclet acollixen aquests dies activitats per a tots els públics, en les que tenen present la cultura i tradició valenciana i aglutinen a moltíssima gent, encantada de compartir aquesta festivitat amb amics i familiars… sense necessitat de quotes, ni vestits… simplement amb ganes de gaudir.
    D’altra banda, el tó elitista del seu menyspreu cap a les falles de barri és repulsiu. Hi ha comissions que conten en més persones associades i poden permetre’s “monuments” més espectaculars. Però no per aixó la falla del seu barri és menys “digna” que qualsevol altra.
    I quin problema hi ha en que la gent monte carpes i s’ho passe bé? Alteren el seu recorregut habitual? Estic segura que podrà desplaçar-se per qualsevol altre camí i arribarà al mateix lloc. Les festen es fan al carrer, i intente apropar-se a alguns dels casals que comenta, estic segura que en més de tres podrà entrar sense cap inconvenient.
    I aquesta part de la crítica em fascina perquè només ocorre amb les Falles. En les festes de Castelló, en les d’Ontinyent, en les de Vinaròs… es montes carpes (moltes d’elles privades per als socis i socies) i ningú es tira les mans al cap. Hi ha diferents maneres de viure la festa, sota la carpa o al carrer… i nosaltres som qui prenem eixa elecció. El que no podem pretendre és negar la festa.
    Que hi ha coses que caldrien millorar? Per supost. De partida, eliminar qualsevol reminiscència franquista encara present en aquestes festes… (com l’ofrena) i el malbaratament dels diners en uns monuments que acabaran convertint-se en cendra.
    Però com ja li he dit, hi ha altra manera de viure les falles… com hi ha altres maneres de viure els Carnestoltes o la Magdalena… I compre’s una caixa de cohets! Deixe de costat eixa racionalitat de la que alardeja i vorà com si li apega la felicitat amb la que disfruten els i les més menudes!! Són falles!!!!

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    • Una fallera de poble  24 de marzo de 2014 at 18:15

      Espectacular resposta Mar! Per supost que existeixen altre tipus de falles, als pobles i barris de València! El pressupost de la meua falla són 10.000€ i no podem aspirar, amb això, a tindre un monument com els que es poden contemplar a València, però és el nostre monument, i els nostres artistes lluiten per fer el seu treball el millor possible, amb menys pressupost, amb menys ninots, però orgullosos de la seua tasca, tal com ho estem els nostres fallers de veure eixe monument que representa el resultat de tot un any de treball.
      El que més llàstima em dóna és que si aquestes festes es visqueren fora de la nostra Ciutat, serien admirades per tots els valencians. De vegades, és cert allò que: per triomfar i ser reconegut, has d’anar-te’n lluny del teu poble… Una llàstima.

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    • La falla que ve  24 de marzo de 2014 at 22:34

      Gran resposta, Mar!
      Només faltaria afegir dues coses, la primera: que si tant “su vacuo folclorismo de derechas, que traiciona su lengua y su historia” amb 52 anyets al cos, tems ha hagut d’aprendre valencià, de parlar-lo i d’escriure-lo. És més, la Universitat Jaume I fica especial interés en que els seus alumnes practiquen el valencià, per què no ho han de fer els professors?
      I la segon, què mal ha fet alló rural? S’ha de ser esnob, de capital i cosmopolita sota les circumstàncies que siga?

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  4. Esther  16 de marzo de 2014 at 16:16

    Mar como fallera tira para lo suyo, pero vamos….
    Claro que me importa que corten 3 calles de donde vivo para montar una carpa, y no es que menosprecie el gurruño de falla que ponen, es que se nota que se gastan el dinero en todo menos la falla, la falla es la excusa para que ellos OKUPEN 3 calles durante dos semanas, cualquier mierdecirlla que pongan les sirve para tener esas calles cortadas y quitando plazas de aparcamiento.
    No sólo se conforman con invadir esas calles…. Es que cogen más espacio de las calles no cortadas y si pasas en coche buscando sitio para aparcar, hay gente que necesitamos el coche para ir a trabajar, cerca de ellos, te miran peor que a un gusano en plan, como me atropelles la llevas clara,,,,,,,
    Sí que alteran mi recorrido, tengo que dar una súper vuelta y tardo más tiempo en ir a trabajar y gasto más gasolina, para que estos señores se lo pasen pirata, antiguamente las cosas se hacían en el casal y se cortaba sólo la calle donde estaba la falla, si es pequeño el casal que se busquen otro, pero los demás no tenemos por qué aguantarlo.
    Me acuerdo cuando mi iaia me decía ,que las fallas las hacían con ayuda de los vecinos que aportaban cosas viejas y les daban forma, para criticar lo malo del vecindario que había acontecido el año anterior,todo el barrio participaba en todo y las fallas eran alegría no motivo para fastidiar al prójimo

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  5. José Antonio Palao  16 de marzo de 2014 at 16:40

    Benvolguda Mar, si tots els fallers fóreu i pensàreu com Jesús i tu, òbviament, no haguer calgut que jo escriguera aquesta columna. Però sou una ínfima minoria, malhauradament.

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  6. Mar  16 de marzo de 2014 at 21:07

    Vos equivoqueu. No sóc fallera. Sóc valenciana i em dona ràbia que per culta de la politització que s’ha dut a terme de la festa, reneguem d’ella. Crec que hi ha moltes maneres de viure-la i de conciliar els diferents interessos de tots i totes.
    De tota manera, el problema de base, i el que he pogut extraure del que he anat i escoltant per ahi és la limitació de la movilitat.
    No molesta la carpa pel que és, moltesta perquè no pots passar amb el cotxe… Si no fórem tant dependents del transport privat estic segura que totes estimariem molt més la festa, ja que estic segura, Esther, que eixa gent no ho fa “para fastidiar al prójimo” … una llàstima!

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  7. Teresa  16 de marzo de 2014 at 21:33

    Como todos los años, en arrancapins, la falla de mi barrio, sé que otras fallas se hacen y desde muchos años. Es un buen refugio, y no puede ser mayoritario por razones ancestrales. Soy de Valencia y aunque he podido vivir en otro lugar, por elección personal, me he quedado siempre aquí. Mis abuelos no sabían hablar castellano, mi padre tampoco, y el franquismo poco calo en este tema. Fui fallera de la falla que más daño hizo en la ciudad, Triador, y puedo deciros que, ni eso, pudo cambiar nada de la cultura en la que crecí.

    Para proteger algo tan atacado como lo que vehiculiza esta cultura, use siempre el “mediodecir” típico de mi pueblo durante siglos, su talante cerrado, antipático y poco dado a compartir. Y en esta línea, sobre este post y sus comentarios, me gustaría trasmitiros un poco de curiosidad, sobre lo que emerge, y con qué fuerza emerge, tras la imposición de la fiesta de la clavariesa, un “goce” muy opuesto a lo que las “carpas”, los “desfiles”, las “comisiones” y demás vulgaridades velan y mientras tachan esconden.

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  8. El Diluvi  17 de marzo de 2014 at 02:00

    Mar, te copio: “No molesta la carpa pel que és, moltesta perquè no pots passar amb el cotxe…” Pasado viernes, sin fallas plantadas ni cosa que se le parezca, fiesta en la carpa a 100 metros de casa hasta las 4 de la mañana. ¿Música fallera o al menos música valenciana…?. No, Bisbal, Michael Jackson y semejantes. ¿Tiene eso algo que ver con las fallas…?. Como ves, no todo es por el transporte privado… Petarderos tirando cohetes en las aceras, contenedores rebosantes con bolsas por el suelo, gente que te golpea porque han de ir corriendo a la depertá, mascletá, ofrenda o vaya vd. a saber… Mire, tan respetable es celebrar unas fiestas “populares” como mi descanso y tranquilidad. Y no soy anti-fallas, ni catalán, ni gallego… Soy de Russafa. Las fallas se han sobredimensionado, descontrolado, vulgarizado, gamberrizado y ultra-derechizado… Aún veo fallas con críticas a la liberación de la mujer, a los gays, a las suegras, a “todos los políticos son iguales”… Reaccionarismo a mansalva… Y con perdón: no hay más ciego que el que no quiere ver. ¡Y mañana, peor: la ofrenda!!!

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    • Una fallera de poble  24 de marzo de 2014 at 18:22

      Festes de “San Fermín”, volgudes per gran part dels espanyols… Digue-me: no hi ha alcohol en aquestes festes? Ni música? Ni gent pel carrer a altes hores de la matinada cel·lebrant les seues festes? Són sols set dies al llarg de tot un any (en València que teniu sort, perquè hi ha pobles que sols tenim els tres dies de falles). Pense, que per una setmana que s’alteren un poc els vostres ritmes de descans, no és per a “armar tan d’escàndol”. És una festa, i com tota festa, té música, té alcohol, té verbenes al carrer, té gent gaudint a les 3 i les 4 de la matinada, i té incidents relacionats amb els excessos (per desgràcia), però com tota festa!! A mi, personalment, em poden molestar les festes del Nadal o les processons de Setmana Santa, i no per això vaig a passar-me tota la vida renegant d’elles. Cadascú és lliure de viure la seua vida com vol, i a qui no li agraden les falles, que no les visca. Però que respecte als fallers que donem la vida per aquesta festa, que és sols una vegada a l’any!

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  9. Nedeltoga  17 de marzo de 2014 at 12:37

    Llevo días y días pensando en escribir, hay mucha razón en muchas de las palabras aquí escritas por ambas partes. Yo no vivo en Valencia capital sino en un pueblo colindante así que no sufro en tan gran medida los cortes de calles, las carpas y las músicas pachangueras. Aún así hay 13 fallas en mi pueblo y sé de qué va todo esto. Fui fallera de más pequeña pero ahora no me gusta el ambiente que se respira en los casales. Pero no creo que el problema sean tanto las fallas sino las personas: hemos llegado a un punto en que el egocentrismo es absoluto yo soy más importante que nadie y paso por encima de todo lo que haga falta para llegar a mi fin, sea ser fallera mayor o el primero de mi promoción en la carrera. Da igual que sean Fallas o Magdalena o los Moros y Cristianos de Sax, personalmente no conozco ninguna fiesta que se haga para todo el mundo sino que en todas partes hay “casales” “gaiatas” “racimos” con gente que paga para ser “más festero que nadie” y tener su club privado. A parte está el alcohol, sin el cual parece que los españoles no saben ni moverse a la calle de al lado. Mezclamos el egoísmo puro con el alcohol y llegamos a las fiestas que tenemos donde prima la falta de sentido común y las resacas por doquier. El año pasado después de San Fermín también escribieron personas afectadas que decían que “en que se había convertido esto” así que mi opinión va por ahí, el problema no son las fiestas si no las personas que hay detrás que no saben más que mirarse el ombligo.

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  10. Juan José  18 de marzo de 2014 at 11:00

    No puedo estar más de acuerdo con Mar y Nedeltoga. Y a ésta última aún le matizaría un pequeño detalle, cuanto menos curioso; la inmensa mayoría de los que repudian esta maravillosa fiesta tienen una clara tendencia ideológica (y conste que jamás he sido simpatizante de la derecha, vaya por delante). Hablan de que intentaron “iluminarnos” con sus ideas politiqueras, porque no es otra cosa de la que hablan cuando , taimadamente, acusan a las fallas de inmoviismo. El firmante del artículo, para finalizar, apela a un gran “amante” de las tradiciones y la lengua valencianas como era Fuster. Ignorante él de que antes de la JCF ( Y también antes del franquismo, que menudo MANTRA tienen con el dichoso Paquito)ya existía una organización parecida que organizaba y premiaba.Y para la “educada” Pilar Pedraza, teniendo en cuenta su
    apelación final no me extraña que recibiera el trato del que se queja y recordarle, que usted también tiene un culo… para “que le den”. Son sujetos que no es gusta las fallas porque no son como a ellos les gustaría. Así han sido durante siglos y así serán. Mal que les pese.

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  11. Juanjo  16 de marzo de 2016 at 01:02

    Suscribo plenamente tus palabras, José Antonio. Pero creo que te quedas corto. Como tu, nací en Valencia y allí (no ‘aquí’, como aclararé enseguida) he residido, salvo cortos periodos, toda mi vida. Me gusta mi ciudad, me gustan sus gentes, pero cuando llega el mes de marzo me sale invariablemente un sarpullido provocado por las ‘fiestas’ falleras que me obliga a poner tierra de por medio. Y eso es lo que, una vez más, he hecho este año: estos días no estoy ‘allí’, sino en un ‘aquí’ en el que puedo escapar de todo lo que conlleva vivir y trabajar en Valencia en Fallas. Es lo que he hecho durante décadas, restando días de mis vacaciones anuales para poder escapar de una ciudad que, siendo amable durante todo el año, deviene insufrible en cuanto asoma el mes de marzo. Porque las Fallas no solo se han convertido en una fiesta bárbara, como bien dices, es que han escapado definitivamente a todo control. Y cuando pensábamos que con el cambio de Gobierno municipal las cosas podrían ser diferentes, nos hemos dado de bruces con la realidad: nadie se atreve a meterle mano al desmadre generalizado que durante tres semanas de marzo impera en la ciudad ‘gracias’ a las Fallas. Todo un poder fáctico, una dictadura. Nada que ver con su origen: no ya la ancestral celebración de la inminente primavera, ni siquiera la ‘tradición’ de los carpinteros en honor de su patrón. Porque, ¿dónde está San José en las actuales fiestas falleras? Simplemente, ha desaparecido. ¿No eran estas las “fiestas josefinas”? No, ahora son las fiestas de la Virgen, con su estomagante e inacabable ofrenda, impuesta por el franquismo y alegremente asumida por un mundo, el fallero, esencialmente rancio, que no destaca precisamente -salvo muy honrosas excepciones- por su deseo de modernidad.

    Durante años he defendido que, como se hace en Río de Janeiro con los carnavales, que celebran sus desfiles en un ‘sambódromo’, en Valencia se habilitara un ‘fallódromo’. Me decían de todo, claro. Pero creo que sería una solución: el que quiera ‘fiesta’ –esto es, música machacona, ruidos, petardos indiscriminados, olores de aceite requemado y de orines, suciedad, calles cortadas y todo eso- que vaya al ‘fallódromo’ -¿en el nuevo cauce del Turia, por ejemplo?- y que los ciudadanos que no gustan de tales cosas –que sin duda son mayoría- puedan hacer vida normal durante esas tres semanas. Y que sigan contando con que en caso de incendio los bomberos podrán acceder rápidamente a su casa o que la ambulancia llegará a tiempo si necesitan asistencia médica urgente. Y que podrán dormir sin somníferos o sin tapones. Que podrán llegar a tiempo al trabajo o pasear por sin sobresaltos por calles y parques.

    Concluiré con un ejemplo: la falla de la calle en la que vivo. No sé cuánta gente paga, pero debe ser poca. No sé cuántos miembros hay en la comisión fallera, pero sí sé que, al menos este año, por no tener, no tienen ni fallera mayor. La infantil sí, porque de otra manera, según tengo entendido, no podrían plantar la falla. ¿He dicho falla? Lo que han plantado este año es un insulto: según me cuentan -porque ya hace días que abandoné la ciudad- son un montón de palets apilados sin más aspiración que la de ocupar la calle. Eso sí, a falta de ‘monumento’, la comisión fallera de la calle en la que vivo planta cada año una enorme carpa –el pasado día 4 ya cortaron una calle adyacente para su montaje- que concentra sin duda todos los esfuerzos de los falleros: constituye su principal interés. Y la pregunta es: ¿quién se beneficia del indudable rédito económico que reporta la carpa? ¿Dinero negro? ¿Quién controla esos ingresos? ¿A qué se destinan? Desde luego, no al local de la comisión fallera, que ocupa un bajo infecto en un callejón y en el que durante el resto del año se registra bien poca actividad.
    Estas no son las ‘fiestas del pueblo’. Son las fiestas de unos pocos, que imponen a los demás, quieran o no, ‘su’ fiesta.
    ¿Fallas (así)? No, gracias.

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