29 de abril de 2025
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“El Pacto de Medianoche”

👻 Historia de terror: El Festejo de Medianoche

En un pequeño pueblo escondido entre las montañas, había una leyenda que mantenía a los aldeanos en perpetuo miedo. Decían que, cada cincuenta años, las brujas se reunían en el bosque más oscuro la noche de Halloween para celebrar un festín infernal que requería la sangre de un humano como ingrediente principal. Durante esa noche, el bosque se volvía extraño, como si estuviera bajo un hechizo, y los aldeanos evitaban acercarse por temor a nunca regresar. Sin embargo, este año, un grupo de adolescentes decidió desafiar la tradición y explorar el bosque durante la noche prohibida.

Carlos, el líder del grupo, era valiente, pero su valentía bordeaba la temeridad. “No podemos seguir viviendo con miedo por una historia de viejas,” decía, convenciendo a sus amigos de acompañarlo: Ana, una joven curiosa y decidida, Miguel, el escéptico del grupo, y Rosa, cuyo temor era contrarrestado por una urgencia por demostrar que era dura.

A medida que se adentraban en el bosque, la niebla comenzó a espesarse y el aire a enfriarse abruptamente. Los árboles parecían formas irreales que se movían en la penumbra, y el silencio era tan denso que cualquier ruido, por pequeño que fuese, retumbaba como un trueno. Era casi medianoche cuando encontraron un claro donde el suelo estaba cubierto de extrañas marcas. Eran símbolos antiguos que no reconocieron. Entonces sintieron que algo, o alguien, les observaba.

Con los pelos de punta y los latidos acelerados, los adolescentes continuaron su avance. La curiosidad, mezclada con desafíos juveniles, les impulsaba hacia adelante, hasta que tropezaron con una cabaña oculta entre árboles. Desde la pequeña construcción emanan susurros y una luz parpadeante, como de velas. Con un gesto, Carlos instó a los demás a acercarse furtivamente a la ventana.

Lo que vieron fue más impresionante de lo que podrían haber imaginado. Dentro de la cabaña, un grupo de figuras encapuchadas se congregaba alrededor de un altar. En el centro había un cáliz de un rojo oscuro, que las brujas llenaban con gotas de su propia sangre. En el aire, una melodía gutural parecía hipnotizarse entre las paredes de madera.

Sus oscuros cánticos provocaron un escalofrío que recorrió las espinas de Carlos y sus amigos. Cuando Miguel, por descuido, pisó una rama seca, las brujas se giraron silenciosamente hacia la ventana, sus rostros ocultos bajo las sombras de sus capuchas. Con movimientos casi imperceptibles, comenzaron a deslizarse hacia la puerta como figuras de un cuento macabro tomando vida.

Los adolescentes apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Huyeron despavoridos, pero el bosque parecía haberse convertido en un laberinto sin fin, extendiéndose interminablemente a medida que sus carreras los llevaban en círculos. Detrás de ellos, las risas y los pasos susurrantes de las brujas resonaban, siguiéndoles como presencias etéreas.

Ana, con su corazón martilleando en sus oídos, lanzó una mirada hacia atrás. La visión de una figura, con ojos incandescentes que perforaban la oscuridad, hizo que su garganta se cerrara del terror. Sabía que, si caían en manos de aquellas criaturas, sería el fin.

Finalmente, Carlos tropezó y cayó cerca de un arroyo que cruzaba el bosque. El agua fría le devolvió momentáneamente a la sensatez. “Hay que cruzar el agua, puede ser suficiente para detenerlas,” susurró casi sin aliento a los demás, recordando historias infantiles sobre cómo el agua corría en frente de las brujas, impidiéndoles pasar.

Sin cuestionar más, todos se deslizaron por el arroyo hasta alcanzar la otra orilla. Temblorosos y jadeantes, giraron para enfrentarse a sus perseguidoras, esperando verlas detenidas por el agua. Sin embargo, al otro lado, el bosque parecía vacío nuevamente. Las brujas habían desaparecido, dejando únicamente el eco del viento burlón entre los árboles.

Con sobresalto, decidieron que era hora de regresar al pueblo, asegurándose de no romper el silencio mágico que se había apropiado del bosque tras su huida. Al clarear el día siguiente, se dieron cuenta de que habían cometido un grave error. Las extrañas marcas que vieron al principio de su camino, esos símbolos cuyo significado no entendían, estaban ahora grabadas en sus propios brazos, como un recordatorio silencioso del pacto inconsciente que quizás habían hecho. Un pacto cuyo precio aún no podían comprender completamente, pero que seguramente les perseguiría eternamente.

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