28 de junio de 2025
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Las múltiples caras de Jack el Destripador: sospechosos, teorías y conspiraciones

Teorías sobre la identidad de Jack el Destripador

Caricatura de la época (Illustrated London News, 13 de octubre de 1888) titulada «Un personaje sospechoso», que muestra al Comité de Vigilancia de Whitechapel siguiendo a un individuo bajo sospecha. La oleada de crímenes en Whitechapel desató un clima de miedo y alimentó todo tipo de especulaciones sobre la identidad del asesino.

Entre agosto y noviembre de 1888, cinco mujeres del barrio londinense de Whitechapel fueron brutalmente asesinadas con un modus operandi que incluía degollamiento, mutilaciones abdominales y extirpación de órganos internos. Esas cinco víctimas «canónicas» se atribuyen a un mismo autor al que la famosa carta Dear Boss (Querido Jefe) bautizó como “Jack el Destripador”. Pese a varios sospechosos investigados en su momento, la identidad de Jack el Destripador nunca pudo ser probada y se convirtió en el mayor enigma de la historia criminal británica. A falta de pruebas concluyentes, su figura dio pie a más de 125 años de teorías –desde conjeturas razonables hasta ideas descabelladas– que intentan poner nombre al mítico asesino. En este análisis extenso, repasamos los principales sospechosos históricos, las investigaciones modernas (incluyendo análisis de ADN recientes), las teorías conspirativas más célebres (reales o imaginarias), los argumentos a favor y en contra de cada hipótesis, y por qué el caso sigue sin resolverse, señalando qué evidencias siguen siendo clave en el enigma de Jack el Destripador.

Sospechosos históricos principales

Desde el mismo 1888, la policía de Londres barajó candidatos. Un memorando interno de 1894 del inspector Melville Macnaghten mencionó a tres sospechosos principales: Montague John Druitt, Aaron Kosminski y Michael Ostrog es.wikipedia.org. A estos se sumaron otros individuos señalados por investigadores o por la prensa victoriana. A continuación, examinamos los sospechosos históricos más destacados, con las razones que los incriminaban y los argumentos que los ponen en duda.

Montague John Druitt: el caballero caído en desgracia

. Esta coincidencia temporal, sumada a ciertos indicios personales, hizo que Macnaghten lo incluyera en su lista de sospechosos. Se sabía que Druitt había sido despedido abruptamente de su trabajo como profesor en noviembre de 1888 por razones no aclaradas, y Macnaghten lo describió como “sexualmente enfermo” (término con el que posiblemente aludía a la homosexualidad)historia.nationalgeographic.com.es.

Argumentos a favor: la sospecha contra Druitt se basaba principalmente en la coincidencia entre su muerte y el fin de los crímenes. Algunos teóricos han sugerido que su suicidio pudo ser motivado por una conciencia culpable o por temor a ser capturado. De hecho, años más tarde se publicó información apuntando a Druitt como posible Destripador, teoría que ganó cierta fama en los años 1960 Su nivel educativo y origen social alto encajaban con la imagen que algunos querían ver en el asesino (la idea de un “caballero asesino” merodeando los barrios pobres).

Argumentos en contra: Sin embargo, no existe ninguna prueba directa contra Druitt. El inspector jefe de la investigación original, Frederick Abberline, enfatizó que la acusación era puramente circunstancial y que no había evidencias sólidas que vincularan a Druitt con los crímenes. Su perfil (un abogado con educación clásica) contrasta con la brutalidad visceral de los asesinatos. Además, investigaciones posteriores han señalado errores y lagunas en los datos que llevaron a sospechar de él. Muchos historiadores del caso consideran hoy que Druitt fue un chivo expiatorio de conveniencia, y señalan que su inclusión en la lista de Macnaghten pudo deberse a rumores más que a hechos comprobados. En síntesis, Druitt sigue siendo un sospechoso intrigante por las coincidencias temporales, pero las pruebas en su contra son débiles y circunstanciales

Aaron Kosminski: el barbero polaco

Aaron Kosminski, un barbero judío polaco de clase baja, residía en Whitechapel durante la época de los asesinatos. Fue identificado como sospechoso en la documentación policial de la época: Sir Robert Anderson, funcionario de Scotland Yard, insinuó en sus memorias que el Destripador era un “judío polaco de clase baja y loco”, referencia que posteriormente se supo que apuntaba a Kosminski. De hecho, un testigo presencial llegó a identificar a Kosminski como el hombre visto con una de las víctimas, pero se negó a testificar formalmente, al parecer porque tanto el testigo como el sospechoso eran judíos y no quería ser responsable de enviar a la horca a alguien de su misma comunidad elpais.com. Kosminski tenía un historial de comportamientos violentos (amenazó a su hermana con un cuchillo) y padecía una enfermedad mental grave; fue internado en un manicomio en 1889, pocos meses después de los crímenes. Desde entonces permaneció recluido hasta su muerte en 1919.

. La anotación marginal del inspector Donald Swanson (colaborador de Anderson) sugiere que tras identificar a Kosminski, no se registraron más crímenes de la índole de Whitechapel. Décadas más tarde, este sospechoso cobró nueva fuerza con las investigaciones modernas. En 2014 se anunció haber obtenido pruebas de ADN supuestamente ligadas a Kosminski: un análisis genético de un chal supuestamente recogido junto al cadáver de Catherine Eddowes (una de las víctimas) encontró coincidencias de ADN mitocondrial entre manchas del chal y familiares vivos de Kosminski. En 2019, este estudio fue publicado formalmente, indicando que el ADN mitocondrial era consistente con el linaje materno de Kosminski, con una coincidencia del 99%, reforzada al 100% tras un segundo análisis. Estos resultados apuntalarían la tesis de que Kosminski pudo ser Jack el Destripador.

Argumentos en contra: A pesar del revuelo mediático, los análisis de ADN no han resultado concluyentes. Expertos forenses han expresado “serias dudas sobre los métodos y resultados” empleados en el estudio del chal. Uno de los problemas es la procedencia incierta de dicha prenda: no hay garantía documental sólida de que el chal perteneciera realmente a Eddowes ni de que las muestras no estén contaminadas después de tantas décadas. Además, el ADN mitocondrial no identifica de forma única a una persona (solo indica linaje materno); de hecho, el tipo hallado es compartido por hasta un 10% de la población, por lo que no es una “prueba de ADN” individualizada. Por otro lado, aunque Kosminski mostraba odio patológico hacia las mujeres según los informes (quizá motivado por delirios), en el manicomio no exhibió violencia extrema: sus expedientes solo registran un incidente menor de agresividad y, con el tiempo, se le describe como incoherente pero mayormente inofensivo, inmerso en sus propias alucinaciones. Esto plantea dudas de si realmente poseía la frialdad y funcionalidad necesarias para cometer los crímenes metódicos del Destripador. En resumen, Kosminski fue un sospechoso serio respaldado por policías de la época y por algunas evidencias modernas, pero no existe todavía una prueba irrefutable en su contra. La comunidad de investigadores sigue dividida sobre su culpabilidad.

Michael Ostrog: el estafador ruso

Michael Ostrog era un médico de origen ruso con historial delictivo de estafas y robos. Fue incluido junto a Druitt y Kosminski en el memorándum de Macnaghten, quizá por el hecho de que en 1888 se encontraba libre tras pasar temporadas en la cárcel. Sin embargo, la evidencia contra Ostrog es prácticamente inexistente. No hay constancia de que cometiera crímenes violentos contra mujeres ni de que tuviera relación con Whitechapel. Tenía alrededor de 60 años en 1888, una edad claramente superior a la que los testigos atribuían al posible asesino (en torno a 25-35 años). Incluso se ha sugerido que durante los asesinatos podría haber estado encarcelado en Francia, aunque este dato es objeto de debate.

Argumentos a favor: Ostrog era ciertamente un personaje turbio, sumamente inteligente y con tendencias a la impostura (durante algunos juicios fingió estar loco para evadir condenas). Su perfil de médico hizo que se le considerara capaz de las mutilaciones “quirúrgicas” que sufrían las víctimas; recordemos que se especuló mucho con que el asesino tenía conocimientos de anatomía o cirugía por la precisión al extraer órganos. Esta hipótesis de un “doctor asesino” fue atractiva para la prensa y el público de la época, que desconfiaban de la figura del médico y de la ciencia, y la incluyeron en sus conjeturas. En este sentido, Ostrog encajaba en el estereotipo del doctor diabólico.

Argumentos en contra: Prácticamente no hay nada concreto que vincule a Ostrog con los crímenes. Como señala un análisis histórico, “no se sabe a ciencia cierta por qué figura entre los sospechosos del Destripador, pues no hay indicios de que haya asaltado a ninguna mujer”, y además su edad avanzada parece incompatible con las descripciones del asesino. Scotland Yard jamás encontró evidencias materiales contra él, y hoy los expertos consideran que Macnaghten pudo haberlo mencionado basándose solo en rumores o porque su paradero tras 1888 era desconocido. Ostrog es, en definitiva, un sospechoso de papel más que de hechos: su inclusión en la lista histórica obedece más a las suposiciones del momento (un médico ruso con antecedentes, que sonaba siniestro) que a auténticas pruebas. Su caso ilustra cómo, ante la presión por resolver el misterio, se barajaron nombres que luego resultaron poco plausibles.

John Pizer “Leather Apron”: el primer sospechoso de Whitechapel

En pleno pánico de 1888, antes incluso de que el nombre “Jack el Destripador” apareciera, la prensa y la policía buscaban frenéticamente a un hombre conocido en Whitechapel como “Leather Apron” (Mandil de Cuero). Ese apodo señalaba a John Pizer, un zapatero judío del barrio que solía deambular con el delantal de cuero propio de su oficios. Pizer tenía fama de mal carácter y se decía que acosaba a prostitutas, lo que lo convirtió en objetivo inmediato de sospecha tras los primeros asesinatos. Fue arrestado el 10 de septiembre de 1888, apenas dos días después del segundo crimen (Annie Chapman), porque una mujer afirmó que un hombre apodado Leather Apron la había amenazado con un cuchillo la misma madrugada del asesinato historia.nationalgeographic.com.es.

Argumentos a favor: Pizer era el sospechoso perfecto para la histeria inicial: un personaje local, violento con las prostitutas, merodeador nocturno y con un sobrenombre siniestro. Su detención trajo momentáneamente alivio a la comunidad, convencida de que el “monstruo” había sido capturado. Sin duda, Pizer poseía la oportunidad geográfica (estaba en el vecindario) y un temperamento problemático que lo hacía temible. En aquellos primeros días, la propia cobertura mediática contribuyó a forjar la idea de que Leather Apron sería el asesino, alimentando rumores y testigos ansiosos por identificarlo.

es.wikipedia.org. Pizer siempre negó enfáticamente cualquier implicación y se quejó (con razón) de haber sido víctima de una cacería motivada más por prejuicios antisemitas que por evidencias. Su caso, uno de los pocos en los que un sospechoso fue detenido en pleno desarrollo de los hechos, ejemplifica cómo la desesperación por hallar al culpable podía llevar a falsos señalamientos. Leather Apron quedó descartado y los asesinatos continuaron, confirmando que el verdadero Jack seguía suelto.

Francis Tumblety: el charlatán escurridizo

Francis Tumblety era un extravagante curandero estadounidense (se hacía pasar por médico, sin serlo realmente) que estuvo en Londres durante 1888. Homófobo y misógino declarado, presumía de odiar a las “mujerzuelas” y llegó a alardear de tener una colección de úteros conservados en frascos –un mórbido detalle que, a posteriori, resulta escalofriante dada la naturaleza de los crímenes. Tumblety fue arrestado en Londres el 7 de noviembre de 1888 por un delito menor (actos “indecentes”, posiblemente relacionados con su homosexualidad, entonces criminalizada). Estaba en libertad bajo fianza cuando, días después, Mary Jane Kelly fue asesinada. El 12 de noviembre fue citado a comparecer nuevamente, pero huyó de Inglaterra aprovechando su fianza: escapó a Francia y de allí se embarcó a Estados Unidos bajo un nombre falso. Esta huida en medio del pánico desató sospechas de que quizá él era Jack el Destripador, evitando así ser atrapado.

Argumentos a favor: Documentos históricos descubiertos mucho más tarde revelan que Tumblety fue, en efecto, uno de los principales sospechosos para Scotland Yard. En 1913, el exinspector John Littlechild escribió una carta afirmando que “el sospechoso favorito” de la policía londinense en aquel entonces era un tal “Doctor T.”, claramente identificable como Francis Tumblety. Este dato salió a la luz en 1993, cuando el historiador Stewart Evans encontró la carta de Littlechild, y confirmó que Tumblety estaba seriamente en el radar policial. Su perfil encajaba en algunas hipótesis: tenía conocimientos médicos rudimentarios (suficientes para desmembrar), un odio patológico hacia las mujeres (especialmente prostitutas) y, según la carta, una “grave psicopatía sexual” en la jerga de la época. Importantly, su fuga transatlántica inmediatamente después del último asesinato y mientras era investigado sugiere culpabilidad; no parece lógico que Scotland Yard enviara detectives a perseguir a un simple estafador sexual a otro continente “solo por faltar a su fianza”. Esa reacción indica que la policía sospechaba haber dejado escapar al verdadero asesino y estaba desesperada por enmendarlo. En resumen, Tumblety tenía móvil (odio misógino), posibles conocimientos anatómicos, presencia en Londres durante los hechos, y un comportamiento (huida) muy sospechoso.

Argumentos en contra: A pesar de todas estas señales, no existe prueba directa de que Tumblety fuera Jack el Destripador. Nunca se encontraron objetos, sangre, ni testimonios que lo colocaran en la escena de ningún crimen. Su condición de extranjero y charlatán lo convertía en un blanco fácil para la xenofobia y la prensa sensacionalista: “el misterioso doctor americano” sonaba convincente como villano, pero puede que la realidad fuera más mundana. De hecho, Tumblety ya era perseguido por otros delitos cuando escapó, lo que por sí solo explica su huida sin necesidad de atribuirle los asesinatos de Whitechapel. Además, no hay indicios de que poseyera la sangre fría para cometer los crímenes: aunque coleccionase órganos por morbo, una cosa es fanfarronear y otra asesinar y mutilar en la vida real. Algunos investigadores señalan que en 1888 Tumblety tenía 55 años, otra edad poco habitual para un asesino serial que, por perfil criminológico, suele ser más joven al iniciar sus crímenes. En cuanto a sus movimientos, si bien estuvo en Londres durante la mayoría de los asesinatos, su implicación nunca pudo probarse forense ni testimonialmente, quedando su culpabilidad en el terreno de la especulación. Tumblety murió en 1903 en Estados Unidos sin haber confesado nada. Su caso pasó desapercibido durante décadas y solo a finales del siglo XX se rescató su nombre, que hoy figura entre los sospechosos destacados, aunque envuelto más en intriga histórica que en certeza.

Severin Klosowski (George Chapman): del destripador al envenenador

Severin Klosowski, mejor conocido por el alias anglosajón George Chapman, era un barbero polaco de 23 años que vivía en Whitechapel en 1888. Curiosamente, durante los asesinatos de Jack el Destripador no fue sospechoso ni mencionado en la investigación. Años después, Klosowski alcanzó infamia por sus propios crímenes: se convirtió en un asesino serial de esposas. Entre 1897 y 1902, Chapman envenenó con arsénico a tres de sus parejas, crímenes por los que fue finalmente arrestado y ahorcado en 1903. Cuando su caso salió a la luz, no tardó en surgir la pregunta: ¿podría este envenenador de mujeres ser el mismo individuo que una década antes las destripaba en Whitechapel?

Argumentos a favor: Chapman ofrece el extraño caso de un asesino serial contemporáneo a los hechos de Whitechapel. Vivía en la zona de los crímenes en 1888 y, según se supo después, no tenía reparos en matar mujeres. De hecho, el inspector Frederick Abberline –encargado de la investigación Ripper– llegó a creer que Chapman era Jack el Destripador. Cuando Chapman fue capturado, Abberline felicitó al detective que lo apresó diciéndole: “Has atrapado a Jack el Destripador”, evidenciando su convicción. Abberline sostuvo que Chapman era su principal sospechoso para ser el mutilador de Whitechapel. Los defensores de esta teoría señalan que Chapman, como barbero, sabía manejar navajas y cuchillos; que su presencia en Whitechapel durante 1888 está documentada; y que tras los asesinatos cambió de método pero siguió matando mujeres, lo que indicaría una continua pulsión homicida. Es decir, pudo haber evolucionado en su modus operandi: de joven desmembrador a asesino más “refinado” (envenenador) en su madurez.

Argumentos en contra: Pese al respaldo de un investigador tan notable como Abberline, la mayoría de expertos actuales descartan a Chapman como Jack. Principalmente porque su modus operandi probado (el envenenamiento) no guarda relación con la violencia sanguinaria del Destripador. Cambiar de mutilar cuerpos a administrar veneno frío no es imposible, pero sí inusual en criminología, casi como si fueran perfiles opuestos de asesino. Además, Chapman no mostró instintos homicidas hasta varios años después de los crímenes de Whitechapel. Sus asesinatos confirmados iniciaron en 1897; si hubiera sido Jack, significaría que dejó de matar entre 1889 y 1896, un lapso de inactividad difícil de explicar para un asesino serial. Por otro lado, durante la investigación de 1888 nada señaló hacia Klosowski: ningún testigo, ninguna evidencia. Es posible que por ser extranjero y de bajo perfil simplemente pasara bajo el radar, pero también sugiere que no había conexión real. Finalmente, cuando Chapman fue arrestado, negó ser Jack el Destripador y hasta donde se sabe nunca dio indicio alguno de doble vida como mutilador. En conclusión, George Chapman presenta un caso paralelo interesante y llegó a ser seriamente considerado por un contemporáneo de los hechos, pero las diferencias en método y tiempos hacen que hoy se le vea como un sospechoso poco probable es.wikipedia.org.

Investigaciones y teorías modernas

Con el paso de las décadas, fueron surgiendo nuevos nombres y evidencias que los investigadores originales jamás contemplaron. A medida que aparecían documentos históricos ocultos o que la ciencia avanzaba (permitiendo análisis forenses antes imposibles), renació el interés por el caso y se formularon teorías modernas sobre la identidad de Jack el Destripador. En esta sección veremos las propuestas más destacadas de la era contemporánea: desde diarios y confesiones descubiertos un siglo después, hasta perfiles forenses y estudios de ADN del siglo XXI.

El diario de James Maybrick: ¿confesión póstuma o farsa?

Uno de los giros más sorprendentes en la búsqueda de Jack el Destripador ocurrió en 1992, cuando salió a la luz un supuesto diario personal escrito por James Maybrick, un comerciante de algodón de Liverpool del siglo XIX. En sus páginas, Maybrick confesaba en primera persona ser Jack el Destripador, describiendo con detalle morboso los cinco asesinatos de Whitechapel e incluso atribuyéndose una víctima extra en Manchester. El manuscrito, de unas 9.000 palabras fechadas en 1888, terminaba dramáticamente con la frase: “Doy el nombre por el que todos me conocen… Verdaderamente, Jack el Destripador”. De confirmarse su autenticidad, este diario resolvería el misterio de un plumazo, identificando al asesino como James Maybrick.

¿Quién fue James Maybrick? Maybrick era un hombre de la alta sociedad de Liverpool. Nacido en 1838, tenía 50 años en 1888 –considerablemente mayor de lo esperado para el perfil del Destripador– y murió en 1889, presuntamente envenenado por su joven esposa Florence Maybrick. Llevaba una doble vida: respetable en apariencia, pero adicto al opio y al arsénico, y manteniendo una amante además de su esposa. Su muerte fue escandalosa en la época victoriana (Florence fue acusada de asesinarlo con veneno), pero nadie lo vinculó con Whitechapel hasta que apareció este diario anónimo más de un siglo después.

Argumentos a favor: Los defensores de la autenticidad del diario señalan varios puntos intrigantes. Primero, el diario contiene detalles de los crímenes que no eran de dominio público en 1888 ni en años posteriores, hasta su redescubrimiento. Por ejemplo, menciona que junto al cadáver de Catherine Eddowes se halló una pequeña caja de hojalata vacía perteneciente a la víctima –un dato real que la policía nunca divulgó a la prensa, pero que aparece correctamente en el manuscrito de Maybrick. Este tipo de precisión sugiere que solo el asesino (o alguien con acceso privilegiado a los informes policiales) podría saberlo. Segundo, las pruebas periciales iniciales del papel y la tinta del diario indicaron que podrían ser de época victoriana, lo que no descalifica de entrada el documento en términos forenses. Tercero, el contexto de su hallazgo fue peculiar pero posible: según un libro reciente, el diario fue encontrado en 1991 durante la reforma de una vieja casa en Liverpool donde habría vivido Maybrick, y conservado por unos obreros hasta que llegó a manos del vendedor de antigüedades Mike Barrett. Esto aclararía por qué Barrett, un hombre común, apareció de repente con tan sensacional descubrimiento. Además, los partidarios argumentan que forjar un diario tan extenso y con información específica sería una tarea sumamente compleja, quizás más allá de la capacidad de Barrett u otros implicados. De hecho, Barrett confesó en 1995 haber falsificado todo, pero luego se retractó, y el editor Robert Smith –quien publicó el diario en 1993– sostiene firmemente que Barrett no tenía los conocimientos históricos para crear una falsificación tan sofisticada. Recientemente (2017), Smith presentó nuevas evidencias respaldando la procedencia del diario y declaró: “Ahora tiene que ser el sospechoso principal”, refiriéndose a Maybrick.

Argumentos en contra: A pesar de lo intrigante del diario, muchos expertos en ripperología lo consideran una falsificación moderna. Examinemos las razones. En primer lugar, la edad de Maybrick juega en contra: “Maybrick tenía 50 años cuando se produjo el primer asesinato, y es rarísimo que criminales de este tipo comiencen a matar a esa edad”, señala el estudioso Stéphane Bourgoin. Estadísticamente, los asesinos seriales suelen iniciar sus crímenes en una edad más joven y activa. Maybrick, con salud debilitada por sus adicciones (arsénico, opio), no encaja en el perfil físico de un depredador que corre por callejones y somete violentamente a sus víctimas. De hecho, era miope y de constitución débil, lo que contrasta con la “mano firme” y la fuerza necesarias para las mutilaciones rápidas del Destripador. En segundo lugar, la psicología de Maybrick tal como se conoce tampoco encaja perfectamente. Era un hombre con una vida acomodada en Liverpool, sin vínculo aparente con Whitechapel (aunque viajaba a Londres por negocios de algodón, no se le sitúa allí en las fechas críticas). Bourgoin y otros han sugerido que, de estar involucrado con el caso, Maybrick pudo haber sido un mero mitómano: es decir, alguien que fantaseó con ser Jack el Destripador en su diario como desahogo de su mente torturada. Su adicción a las drogas y problemas personales podrían haberlo llevado a fabulaciones violentas, identificándose con el monstruo de Londres sin haber cometido realmente los crímenes. Por último, en el análisis forense del diario no se ha obtenido una prueba concluyente de autenticidad. Si bien el papel pasó ciertas pruebas iniciales, los escépticos apuntan a expresiones lingüísticas que parecen anacrónicas o a la extraña cadena de custodia del documento (un amigo de Barrett que lo entrega y muere poco después, obreros anónimos que desaparecen del relato, etc. ). Todo ello impide asegurar su veracidad. En conclusión, el diario de James Maybrick sigue siendo objeto de encendidos debates: ¿es la confesión póstuma del asesino más famoso de la historia, o una elaborada farsa literaria? Por ahora, la balanza se inclina hacia el fraude, pero el enigma permanece, manteniendo vivo el mito de Jack el Destripador.

Walter Sickert: el artista obsesionado

Otro sospechoso de la era moderna es particularmente llamativo porque se trata de un famoso artista. Walter Richard Sickert (1860-1942) fue un renombrado pintor impresionista británico, y décadas después de los crímenes su nombre emergió en relación a Jack el Destripador de dos formas: primero como posible cómplice en teorías conspirativas (lo veremos en la próxima sección) y luego, en investigaciones contemporáneas, como posible autor directo de los asesinatos. La principal valedora de esta última teoría es la escritora de novela negra Patricia Cornwell, quien en 2002 publicó un libro asegurando haber “resuelto” el caso al identificar a Sickert como Jack.

¿Por qué Sickert? Es sabido que Walter Sickert estaba fascinado con los crímenes de Whitechapel. Vivió en Londres durante esos años (aunque según algunas fuentes viajó a Francia en fechas de al menos uno de los crímenes) y posteriormente realizó varias pinturas inspiradas en el tema. De hecho, uno de sus óleos más famosos se titula “El dormitorio de Jack el Destripador”, y produjo series de cuadros sombríos como la del Asesinato de Camden Town (1908) que muchos interpretan como una recreación artística de los asesinatos de prostitutas. Sickert hablaba con frecuencia del caso y, según algunos testimonios, incluso llegó a escribir cartas haciéndose pasar por el asesino a modo de broma macabra. Esta obsesión llevó a Cornwell y a otros a preguntarse si sería algo más que una fijación artística: tal vez su interés revelaba una conexión personal con los crímenes.

Argumentos a favor: Patricia Cornwell invirtió una fortuna en investigar a Sickert, llegando a adquirir obras suyas para analizar su papel y materiales en busca de huellas. Su argumento central se basó en evidencia de ADN mitocondrial encontrada en algunas de las célebres cartas enviadas por “Jack” a la policía y la prensa. Cornwell sostuvo que en una carta original del Destripador se halló un perfil de ADN mitocondrial que coincidía con el de una carta escrita por la esposa de Sickert. Esto sugeriría que la misma fuente (posiblemente Sickert, manejando papelería de su esposa) estuvo en contacto con ambas cartas. Además, Cornwell señaló que cierto papel de cartas de Sickert parecía coincidir con el de las cartas del asesino. Otro pilar de la tesis es la mente creativa y teatral de Sickert, acorde con la figura de un asesino que jugaba con la prensa enviando misivas provocadoras. Sus pinturas oscuras y títulos explícitos podrían verse como mensajes de culpabilidad: ¿quién sino el propio Jack pintaría un “dormitorio de Jack el Destripador”? En resumen, los proponentes de esta teoría ven a Sickert como un hombre inteligente, quizá sádico, que encontró en el arte y en las cartas una vía para expresar (y quizás confesar) sus crímenes. Cabe añadir que Sickert tenía unos 28 años en 1888, dentro de la edad típica estimada para Jack, y físicamente habría tenido la fuerza necesaria. Cornwell llegó al punto de afirmar que había “un 100% de certeza” de que Walter Sickert fue Jack el Destripador.

Argumentos en contra: La comunidad de historiadores y expertos en el caso no ha aceptado la conclusión de Cornwell, encontrando numerosos fallos en la evidencia. Primero, el ADN mitocondrial al que ella alude es extremadamente común: se estima que hasta el 10% de la población comparte ese mismo linaje genético, por lo que la coincidencia Sickert/cartas podría ser una simple casualidad estadística. No es una huella genética única ni mucho menos una “prueba” definitiva. Segundo, se sabe que muchas de las cartas de Jack el Destripador fueron falsificaciones realizadas por periodistas de la época para avivar el morbo. De hecho, existe la confesión de un reportero, Fred Best, que admitió haber escrito varias de ellas. Por lo tanto, incluso si Sickert escribió alguna carta, ello no lo convierte en el asesino, solo en alguien que sumó su broma a la cacofonía general. Tercero, hay evidencias de que Sickert no estaba en Londres durante al menos uno de los asesinatos (se cree que estuvo en Francia cuando ocurrieron los crímenes de septiembre de 1888), lo que complicaría que fuese el autor material de todos. Cuarto, muchos interpretan la fijación de Sickert con el caso como algo común en la sociedad victoriana de entonces —fue un suceso que obsesionó a muchos— y más bien ven sus pinturas y comentarios como la perspectiva de un artista mórbidamente inspirado, pero no culpable. De hecho, la teoría conspirativa (anterior a Cornwell) lo implicaba no como asesino sino como encubridor o cómplice menor en un supuesto complot real (teoría que él nunca confirmó ni negó, y de la cual hablaremos luego). Hasta ahora, no ha emergido ni una sola pieza de evidencia directa que coloque a Sickert en la escena del crimen o lo conecte físicamente con las víctimas. Todo se reduce a interpretaciones y circunstancias. En conclusión, la idea de un pintor famoso como Jack el Destripador es seductora y novelística (Cornwell ciertamente la convirtió en un best-seller), pero el consenso académico la considera altamente especulativa y carente de base sólida. Walter Sickert sigue siendo, para la mayoría, un testigo obsesionado de la leyenda más que su perpetrador.

Otros nombres e hipótesis contemporáneas

La lista de sospechosos propuestos en la era moderna es larga y variopinta, alimentada por la literatura y nuevas interpretaciones. Mencionemos brevemente algunos:

  • Joseph Barnett: Era el compañero sentimental de Mary Jane Kelly (la última víctima canónica). En 1995, Bruce Paley propuso que Barnett pudo ser el asesino motivado por celos y desesperación. Según esta teoría, Barnett habría matado a las otras prostitutas para asustar a Kelly y apartarla de las calles, y al fracasar su plan, terminó asesinándola a ella también. A favor: Barnett conocía a la víctima, tenía acceso a su habitación (escena del crimen) y se ajustaría al perfil de alguien emocionalmente involucrado. En contra: No hay evidencia directa, y la ferocidad de los crímenes no encaja del todo con un móvil personal (parece desproporcionada para “asustar”). La policía lo interrogó y lo dejó libre por falta de indicios.
  • Thomas Neill Cream: Un médico envenenador serial escocés, ahorcado en 1892 por asesinar prostitutas con estricnina. En el patíbulo, Cream habría declarado: “Yo soy Jack el… (Destripador)” antes de ser ejecutado, lo que desató especulaciones. Sin embargo, se comprobó que Cream estaba preso en Estados Unidos durante 1888, por lo que solo podría ser el Destripador mediante teorías rocambolescas (sobornar a la cárcel, usar un doble) consideradas “demasiado rebuscadas y muy poco probables”.
  • David Cohen: Esta hipótesis, planteada por el investigador Martin Fido (1987), sugiere que “Jack” fue en realidad un violento enfermo mental judío apodado David Cohen, cuya identidad real se desconoce (un nombre genérico asignado a un ingresado en un asilo). Fido especuló que Cohen podría ser el verdadero Aaron Kosminski bajo otro nombre, o alguien confundido con él. No dejó de ser una teoría entre archiveros, sin consenso sólido.

  • “Jill el Destripador”: Algunos han propuesto que el asesino pudo ser una mujer. Una teoría sugiere que quizá una comadrona o enfermera perpetró los crímenes, aprovechando sus conocimientos anatómicos y su facilidad para caminar ensangrentada sin levantar sospechas (una partera con manos manchadas de sangre no llamaría la atención). Otra candidata fue Mary Pearcey, ejecutada en 1890 por asesinar a la esposa e hijo de su amante, y cuya violencia hizo pensar si podría haber sido responsable de Whitechapel. A favor: Las mujeres de la época podían moverse entre otras mujeres sin alertarlas, y la idea explicaría por qué algunas víctimas parecieron confiar en su agresor. En contra: Es infrecuente históricamente una mujer cometiendo asesinatos tan brutales y seriales; además, los perfiles psicológicos y testimonios de testigos oculares (que vieron hombres acompañando a las víctimas) no apoyan esta teoría.

En suma, a lo largo del último siglo se han sumado decenas de nombres al panteón de sospechosos de Jack el Destripador –desde personajes históricos relevantes hasta completas invenciones–. Muchas de estas teorías modernas dicen más acerca de la fascinación cultural con el caso que de evidencias reales. Sin embargo, merecen mención porque muestran cómo cada generación reinterpreta el misterio a su manera, aportando nuevas piezas (diarios, ADN, perfiles psicológicos) al rompecabezas, aunque ninguna haya logrado completarlo.

Carl Feigenbaum: el marinero errante. Mismo patrón, diferentes ciudades.

Teorías conspirativas: la sombra de complots reales, masones y médicos

Junto con los sospechosos individuales, el caso de Jack el Destripador ha generado numerosas teorías conspirativas. Estas plantean que los crímenes no fueron obra de un asesino solitario, sino el resultado de algún complot de alto nivel: tramas que involucran a la familia real británica, a la orden de los francmasones, o a encubrimientos médicos y políticos. Tales hipótesis suelen ser desestimadas por los historiadores –por falta de pruebas o por su extravagancia–, pero han gozado de gran popularidad en libros, películas y en el imaginario colectivo. Veamos las principales:

El complot real: el príncipe Alberto Víctor y el encubrimiento monárquico

La idea de implicar a la realeza británica en los crímenes surgió muchos años después de 1888. En 1970, el médico aficionado Thomas Stowell publicó un artículo insinuando que el nieto mayor de la reina Victoria, el príncipe Alberto Víctor, duque de Clarence, podría haber sido Jack el Destripador. Alberto Víctor (también conocido familiarmente como “Eddy”) tenía 24 años en 1888 y murió joven en 1892. Stowell basó su acusación en unos supuestos documentos del médico personal del príncipe que sugerían que Eddy padecía sífilis cerebral y había enloquecido, volviéndose violento. Según esa teoría, los asesinatos habrían sido cometidos por el príncipe en arranques de locura homicida, y la Casa Real lo habría ocultado para evitar el escándalo, confinándolo en secreto.

Esta idea sensacionalista cobró verdadera fama con la publicación del libro “Jack the Ripper: The Final Solution” (1976) de Stephen Knight. Knight tejió una compleja conspiración en la que los asesinatos de Whitechapel fueron orquestados desde las más altas esferas para encubrir un escándalo real. El planteamiento es el siguiente: Alberto Víctor habría contraído matrimonio secreto (y morganático) con una joven católica llamada Annie Crook, de cuya unión nació una hija. Un grupo de prostitutas de Whitechapel –amigas de Annie– descubrieron el hecho y chantajearon a la Corona con hacerlo público si no las compensaban. Ante esta amenaza, la conspiración real decidió eliminar a las testigos. Así, se habrían planificado los asesinatos de Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride y Mary Jane Kelly (todas amigas de Annie Crook en la hipótesis), haciendo pasar los crímenes como obra de un asesino serial demente para desviar la atención. Catherine Eddowes, en esta trama, habría sido asesinada por error al ser confundida con otra persona.

¿Cómo se perpetró el supuesto complot? Knight afirma que varios individuos actuaron conjuntamente: el doctor William Gull (médico de cámara de la reina) como ejecutor principal, asistido por John Netley (cochero real) que conducía el carruaje en el que se desplazaban, y –en algunas versiones– contando incluso con la ayuda de Walter Sickert (el pintor) como enlace. Además, la conspiración habría contado con la complicidad de altos mandos de la policía, del Gobierno y de la francmasonería, para encubrir los hechos y garantizar el silencio. Se alega que muchas figuras involucradas (Gull, por ejemplo) eran masones, y que las mutilaciones infligidas a las víctimas imitaban ciertos rituales masónicos de castigo, lo que explicaría su crueldad simbólica. La mención de Knight a la masonería se entrelaza aquí: las pintadas en la pared (como el famoso graffiti de Goulston Street) y la disposición de algunos órganos podrían interpretarse como señales deliberadas dejadas por los conspiradores para comunicarse con otros iniciados, o bien como parte de un ritual de silencio. En la teoría, Gull acabaría excediéndose de lo planeado (se supone que la orden original era solo asustar o incapacitar a las mujeres, no matarlas) debido a un trastorno mental que lo habría impulsado a asesinar. Tras los crímenes, siempre según Knight, la familia real y el gobierno mantuvieron todo en secreto: Alberto Víctor fue apartado y “murió” oficialmente de influenza en 1892, Gull fue internado hasta su fallecimiento, y otros cabos sueltos se ataron con discreción.

Evaluación de la teoría: La conspiración real-monárquico-masónica es atractiva por su dramatismo, pero carece de respaldo documental creíble. Ningún registro histórico fiable confirma la existencia de la hija secreta del príncipe, ni que Annie Crook (persona real) fuera su amante –de hecho, registros indican que Annie Crook era panadera, y su hija (bautizada como Alice Margaret Crook) no tuvo nada que ver con la realeza–. Muchos elementos parecen tomados de fuentes dudosas o inventadas. Por ejemplo, Knight admitió haber sido alimentado con información por un hombre llamado Joseph Gorman, quien decía ser hijo de Sickert y saber la historia; posteriormente Gorman se retractó y confesó haber fabricado gran parte del relato. Los historiadores han refutado prácticamente cada punto de la conspiración: el príncipe Alberto Víctor tenía coartada para algunas noches de los crímenes (estaba lejos de Londres en viajes oficiales) y no hay evidencia de su supuesta locura violenta. Sir William Gull, por su parte, tenía 71 años y había sufrido un derrame cerebral en 1887 que lo dejó con secuelas serias (afasia, fragilidad física), difícilmente pudiendo matar brutalmente a varias mujeres en la calle. Además, Gull falleció en 1890, antes de ver publicado nada de esto, y nunca fue sospechoso en su época. La idea de Netley y un carruaje real levantando cadáveres por Whitechapel sin ser vistos es novelesca. Y respecto a la masonería, si bien es cierto que las teorías masónicas abundaron (incluso la propia reina Victoria escribió a sus ministros tras los crímenes sugiriendo que investigaran a “carniceros, médicos o cualquier persona con conocimientos quirúrgicos” e intrigada por una posible conspiración), no se ha hallado ninguna “señal oculta” verificable en las víctimas. De hecho, Stephen Knight mezcló hechos y ficción de manera tan convincente que su teoría ha calado en la cultura popular (inspirando películas como “Desde el infierno”), pero los expertos la consideran totalmente desacreditada. A pesar de ello, el mito persiste: la idea de un príncipe asesino cubierto por la corona es demasiado sugerente para desaparecer, y sigue apareciendo en documentales y novelas como una posibilidad remota.

Masones y médicos: el círculo del Dr. Gull

Dentro del paraguas de la teoría anterior, destaca la figura del Sir William Withey Gull, cirujano de la reina. Aunque hoy sepamos que es improbable que fuera el asesino, Gull se ha convertido casi en un personaje legendario en el folclore del caso. Knight lo señaló como el verdugo principal del grupo. Parte del atractivo de esta idea es que explica algunas preguntas clásicas: ¿Cómo pudo Jack el Destripador tener tanta sangre fría y precisión quirúrgica? Quizá porque no era un demente cualquiera, sino un médico eminente con experiencia anatómica. ¿Por qué nunca se atrapó al culpable? Tal vez porque contaba con protección de muy arriba. La hipótesis masónica añade que Gull, siendo masón, ejecutó a las víctimas siguiendo rituales secretos (por ejemplo, extrayendo órganos específicos como el corazón o el útero, y mutilando el rostro de Kelly, algo que recuerda a ciertos castigos masones a traidores). Estas supuestas “firmas” masónicas habrían sido deliberadas, y luego miembros de la Hermandad en la policía habrían ayudado a encubrirlo.

Sin embargo, al igual que con Alberto Víctor, no existe evidencia concreta contra Gull más allá de que era médico en la época y de su inclusión en la teoría de Knight. Todos los partícipes de aquella conspiración literaria (Gull, Netley, Sickert) nunca fueron sospechosos reales en 1888; sus nombres se añadieron mucho después, principalmente basados en testimonios tardíos y especulativos. De hecho, los registros masónicos de la época no muestran nada relevante relacionado con los asesinatos. La pista masónica surgió originalmente de escritores como Knight y de la novela “El último sherlockiano” de Michael Dibdin, más que de archivos policiales. En suma, la conspiración masónica/real es una construcción atractiva que convirtió al caso en una especie de thriller victoriano, pero los historiadores la han desmontado punto por punto, relegándola al ámbito de la ficción histórica.

Conspiraciones médicas y políticas

Existen otras teorías conspirativas menores que merecen una mención rápida:

  • Encubrimiento policial/político: Se ha sugerido que tal vez Jack el Destripador era alguien con poder o conexiones (un aristócrata, un político influyente) y que el Gobierno victoriano participó en ocultar su identidad para evitar un escándalo mayor. Una variante apunta a Sir John Williams, médico de la familia real y cirujano, a quien un bisnieto acusó en un libro de 2005 de ser el autor por motivos médicos (se postuló que Williams experimentaba con úteros para encontrar una cura a la infertilidad, teoría sacada de contexto y sin pruebas firmes). Ninguna de estas hipótesis ha encontrado documentación seria de respaldo. En su contra pesa la pregunta: si el Gobierno supo quién era Jack y lo tapó, ¿por qué permitió que los asesinatos continuaran? Las conspiraciones de silencio suelen plantear más dudas de las que resuelven.
  • La teoría del “asesino múltiple” o complot local: Algunos investigadores han contemplado la posibilidad de que no hubiera un solo Jack el Destripador, sino quizá varios individuos cometiendo crímenes similares o un grupo local de vigilantes extralimitados. Esto surgió para explicar diferencias entre algunos asesinatos (por ejemplo, Elizabeth Stride no fue mutilada como las otras; ¿pudo ser obra de un imitador o de un cómplice menos experimentado?). Sin embargo, la mayoría de expertos coincide en que la serie de asesinatos canónicos presenta suficiente consistencia en modus operandi para atribuirla a un único autor. La teoría de múltiples asesinos no ha prosperado, y las divergencias se explican mejor por las circunstancias (Stride quizá se salvó de mutilación porque el asesino fue interrumpido).

En conclusión, las teorías conspirativas en torno a Jack el Destripador reflejan el intento de encontrar un patrón y un sentido oculto a crímenes aterradores y aparentemente irracionales. Introducen elementos novelescos –príncipes, sociedades secretas, complots gubernamentales– que satisfacen la imaginación, pero ninguna ha aportado evidencias verificables. Pese a ello, estas teorías han calado en la cultura popular y a veces se entremezclan con la realidad en la percepción pública. Es importante distinguir entre la investigación histórica seria y las especulaciones conspirativas sin fundamento: en la primera, Jack el Destripador sigue siendo un asesino no identificado; en las segundas, puede ser un personaje casi mítico manipulado por fuerzas mayores. El atractivo perdurable del caso radica, en parte, en esta dualidad entre hecho y leyenda.

Un misterio sin resolver: análisis final y evidencias clave

Después de más de un siglo de investigaciones, libros y debates, Jack el Destripador sigue sin nombre confirmado. ¿Por qué un crimen tan estudiado permanece irresuelto? Varias razones convergen:

1. Falta de pruebas forenses concluyentes: En 1888 la ciencia forense estaba en pañales. No existía el análisis de ADN, ni bases de datos de huellas dactilares (que se empezaron a usar años después). La policía dependía de testimonios y de ser sorprendida in fraganti. Jack el Destripador fue astuto o afortunado: jamás dejó una pista definitiva de identidad (no fue visto claramente por la policía, no dejó armas, ni le atraparon con las manos ensangrentadas). Las pocas pistas físicas –como trozos de delantal ensangrentado o un mensaje escrito en la pared– resultaron endebles o ambiguas. Hoy día, las potenciales evidencias materiales (como el mencionado chal de Eddowes) están degradadas y envueltas en polémica, por lo que aún no han servido para una identificación inequívoca.

Sir Charles Warren fue jefe de Scotland Yard entre 1886 y 1888

2. Errores y limitaciones de la investigación original: La pesquisa de 1888 estuvo lejos de ser perfecta. Hubo problemas de jurisdicción (dos comisarías distintas investigaban según el crimen cayera en la Ciudad de Londres o en el East End metropolitano), lo que dificultó la coordinación. La policía recibió cientos de cartas falsas que consumieron tiempo. También enfrentaron presión mediática enorme y, según se cree, ocultaron ciertos datos para no provocar pánico (por ejemplo, detalles de las mutilaciones o el contenido de algunas cartas). En el desconcierto, se investigó a más de 300 sospechosos, diluyendo los esfuerzos. Además, la escena social de Whitechapel –laberíntica, llena de pensiones atestadas, inmigrantes recelosos de la autoridad, delincuencia común– dificultó enormemente reunir testimonios fiables. Muchos testigos eran alcohólicos o temían hablar. Con estas trabas, es comprensible que la policía nunca lograra armar un caso sólido contra nadie.

3. Muerte o desaparición del asesino: Es muy posible que quienquiera que fuera Jack el Destripador dejara de matar abruptamente por causas naturales. Tal vez murió (como sugieren con Druitt) o fue encarcelado/internado por otro motivo (como Kosminski o otros enfermos mentales) en 1889. Esto significó que nunca hubo un desenlace policial –no se capturó a nadie en acto ni se celebró un juicio revelador–, dejando el asunto abierto a especulación. Al cesar los crímenes tan de repente, sin explicación oficial, la imaginación pública rellenó el vacío con teorías.

4. Distorsiones y mitos posteriores: Con el tiempo, el caso de Jack el Destripador se volvió un mito urbano e histórico. La narración popular mezcló hechos y ficción, lo que dificultó aún más discernir la verdad. Muchas “pruebas” surgidas años o décadas después (memorias, confesiones en el lecho de muerte, documentos redescubiertos) han resultado ser falsas o no corroborables. Por ejemplo, se afirmaba que en 1891 un tal Frederick Abberline (¡el propio inspector!) confesó ser Jack con personalidad múltiple –una ocurrencia tardía basada en estudios grafológicos, ampliamente descartada–. Asimismo, el circo mediático moderno ha producido trabajos que a veces priorizan lo sensacional sobre lo cierto. Todo esto entorpece la búsqueda objetiva, pues el investigador actual debe filtrar un siglo de ruido, hoaxes y cuentos.

5. Naturaleza misma del asesino: Cabe considerar que Jack el Destripador pudo haber sido extremadamente cuidadoso o afortunado para no dejar rastro. Sus crímenes ocurrieron de madrugada, en calles oscuras, con víctimas vulnerables que lo acompañaban a lugares apartados. Actuaba rápido y desaparecía en minutos. Quizá no tenía un vínculo personal con las víctimas (eran escogidas al azar dentro de un grupo marginal), por lo que la típica conexión víctima-victimario que ayuda a resolver casos, aquí no existió. Esto dificulta “tirar del hilo”: nadie sabía de relaciones previas, y los motivos parecían oscuros (¿odio a las prostitutas? ¿impulso psicótico?). Un asesino anónimo que mata desconocidas al azar es el tipo más difícil de atrapar, entonces y ahora.

Frente a todo ello, ¿qué evidencias siguen siendo clave hoy? Probablemente, las siguientes:

  • Las pruebas forenses preservadas: Entre ellas, cualquier material biológico en archivos (sellos o sobres de cartas atribuidas a Jack, prendas asociadas a los casos, etc.). Ya se ha intentado con ADN de esas cartas y con el polémico chal. Aunque hasta ahora no haya dado un resultado unánime, la ciencia avanza y quizás futuros análisis más sofisticados puedan extraer más información de estas muestras victorianas degradadas. Una coincidencia genética más robusta podría inclinar la balanza hacia un sospechoso (por ejemplo, si algún día se logra ADN nuclear de alguna evidencia y se compara con descendientes de Kosminski u otros, se podría confirmar o descartar con más certeza).
  • Documentos históricos originales: Los informes policiales, notas marginales (como la de Swanson sobre Kosminski), cartas privadas de detectives (como la de Littlechild sobre Tumblety), memorandos oficiales (el de Macnaghten), etc., siguen siendo piezas fundamentales. A veces, nuevos documentos aparecen: archivos personales, diarios, etc. El hallazgo del diario de Maybrick, aunque controvertido, mostró que no todo está descubierto. Cualquier nuevo papel de la época podría aportar nombres o detalles que pasaron por alto.
  • Testimonios y perfiles psicológicos: Aunque los testigos oculares poco pudieron hacer (las descripciones eran vagas), hoy se han aplicado técnicas de perfilación criminal retrospectiva para pintar un retrato de Jack: hombre, blanco, entre 25-35 años, residente o conociendo bien Whitechapel, posiblemente con algún oficio rutinario (quizá carnicero, barbero, médico) que le daba habilidades con cuchillos. Este perfil ayuda a focalizar sospechosos y descartar otros (por ejemplo, refuerza a Kosminski o Chapman frente a sospechosos de clase alta o ancianos). No es prueba, pero es una guía analítica importante.
  • Las cartas “Desde el infierno” y otras auténticas: Entre cientos de misivas, hay una que muchos consideran posiblemente genuina: la carta “From Hell” (Desde el infierno) recibida por George Lusk, líder del comité vecinal, el 16 de octubre de 1888. Venía acompañada de medio riñón humano conservado en alcohol, supuestamente extraído a una víctima. El texto, lleno de errores, decía en esencia: “Te envío la mitad del riñón que tomé de una mujer… freí y me comí la otra mitad”, y terminaba con la inquietante firma: “Atrápame cuando puedas”. Aunque no se pudo determinar con certeza que el riñón perteneciera a Catherine Eddowes (a quien le faltaba uno), el cirujano que lo examinó sí confirmó que era humano y del lado izquierdo. Si algún día se lograra extraer ADN de esa muestra de tejido (hoy perdida) o del sello de esa carta, podríamos tener la “firma” biológica del asesino. Por ahora, la carta Desde el infierno permanece como la evidencia más macabra y misteriosa, quizá enviada por el propio Jack. Otras comunicaciones, como Dear Boss (que dio el apodo) y la postal Saucy Jacky, han sido tachadas de bulos periodísticos, pero siguen siendo parte del expediente y de la imagen que el asesino (real o impostor) quiso proyectar.

La infame carta “Desde el infierno” enviada a mediados de octubre de 1888, junto con medio riñón humano preservado en alcohol. En ella, el remitente –quien se presume era el asesino– afirmaba haberse comido la otra mitad del órgano, jactándose de sus crímenes. Es la más célebre de las misivas atribuidas a Jack el Destripador.

En última instancia, el caso sigue abierto porque ninguna evidencia ha logrado encajar todas las piezas del puzle. Por cada sospechoso hay una contraindicación, por cada teoría un contraargumento. Jack el Destripador es, en el imaginario, una figura borrosa que se escabulle de la luz, tal como el hombre con gabán que desaparecía en la niebla tras cada asesinato. La ausencia de una respuesta definitiva ha convertido estos crímenes en el misterio criminal por antonomasia. Irónicamente, ese vacío ha dado vida a una prolífica industria: libros, artículos académicos, tours históricos por Whitechapel, series de televisión… Todos explorando una y otra vez las mismas pruebas en busca de una revelación. Y aunque en el fondo el caso probablemente se reduzca a un asesino solitario cuya identidad se perdió en el tiempo, la fascinación perdura porque Jack el Destripador se ha vuelto más que una persona: es un espejo donde proyectamos nuestros temores, nuestras teorías y nuestra creatividad.

¿Se resolverá algún día el caso? Es difícil decirlo. Quizá un golpe de suerte forense o un archivo olvidado aporten la pieza final. O quizá nunca sabremos con certeza el nombre tras el cuchillo. Como escribió un periodista hace ya más de un siglo, “¿Quién diantres era Jack el Destripador?”, sigue siendo una pregunta abierta que desafía a la historia abc.es. Hasta que la respuesta llegue –si es que llega–, el Destripador continuará habitando ese limbo entre la realidad y la leyenda, recordándonos los límites del conocimiento y la perdurabilidad de los enigmas humanos.

Referencias: Jack el Destripador constituye un tema profundamente estudiado. Para la elaboración de este análisis se han consultado fuentes históricas y académicas reconocidas: informes y memorandos policiales de la época (como el de Macnaghten de 1894), recopilaciones historiográficas recientes (por ejemplo, la página especializada Casebook: Jack the Ripper), artículos de prensa de calidad (National Geographic Historia , El País) y la Wikipedia en español, que resume con rigor muchas de estas investigaciones. Todas las citas directas de fuentes aparecen identificadas en el texto con el formato correspondiente. Estas referencias enlazan a extractos de los documentos originales, para quien desee profundizar en cada punto. En la medida de lo posible, se han evitado fuentes sensacionalistas, enfocándonos en testimonios contemporáneos, análisis forenses y estudios serios de investigadores (ripperólogos) destacados. Aun así, cabe notar que en un tema tan debatido, no existe una postura unánime, y cada fuente puede ofrecer matices distintos. El lector interesado encontrará en la bibliografía de estas referencias un vasto campo para seguir explorando el enigma sin fin de Jack el Destripador.

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