Cuando pedir que los etarras cumplan sus condenas se convierte en motivo de bronca
La discusión en la Asamblea de Madrid deja una pregunta incómoda: ¿cómo hemos llegado al punto de que defender la memoria de las víctimas genere más polémica que los crímenes de los asesinos?
a sesión de este martes en la Asamblea de Madrid acabó convirtiéndose en mucho más que un nuevo enfrentamiento parlamentario. Lo que comenzó como un debate sobre el cumplimiento de las condenas de los presos de ETA derivó en una de las escenas más tensas de los últimos meses en la cámara autonómica, con gritos, expulsiones y acusaciones cruzadas entre los grupos políticos.
El incidente se produjo durante la discusión de una iniciativa relacionada con los terroristas de ETA y el cumplimiento íntegro de sus penas. La propuesta provocó una fuerte confrontación entre los diputados, hasta el punto de obligar a intervenir a la Presidencia de la Asamblea para restablecer el orden.
Más allá de la polémica política inmediata, el episodio ha vuelto a situar sobre la mesa un debate que parecía cerrado tras el final de la actividad armada de la organización terrorista: cómo gestionar la memoria de ETA y cuál debe ser el papel de las instituciones en relación con las víctimas y los condenados por terrorismo.
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Un asunto que sigue dividiendo
Aunque ETA anunció el cese definitivo de la violencia hace más de una década y posteriormente certificó su disolución, las cuestiones relacionadas con los presos de la organización continúan generando importantes discrepancias políticas.
Mientras algunos sectores defienden que las condenas deben cumplirse en toda su extensión como una cuestión de justicia hacia las víctimas, otros sostienen que el sistema penitenciario debe aplicarse conforme a la legislación vigente, independientemente de la naturaleza de los delitos cometidos.
La discusión no es nueva, pero el tono alcanzado en la Asamblea de Madrid refleja hasta qué punto el terrorismo sigue siendo un asunto sensible en la política española.
La memoria frente al paso del tiempo
El debate también coincide con un cambio generacional significativo.
Una parte importante de la población adulta recuerda todavía los años marcados por atentados, coches bomba, secuestros y amenazas. Sin embargo, las generaciones más jóvenes apenas han tenido contacto directo con aquella realidad.
Esa distancia temporal ha provocado que la percepción social sobre ETA sea distinta a la de hace dos décadas. Mientras para unos sigue siendo una herida muy presente, para otros forma parte de un capítulo de la historia reciente que conocen principalmente a través de libros, documentales o testimonios.
La dificultad de encontrar consenso
La tensión vivida en Madrid demuestra que el terrorismo continúa siendo uno de los pocos asuntos capaces de generar fuertes enfrentamientos políticos incluso años después de la desaparición de la banda.
Las asociaciones de víctimas han reclamado en numerosas ocasiones que su memoria quede al margen de la confrontación partidista, mientras que los distintos partidos siguen manteniendo posiciones alejadas sobre cuestiones relacionadas con la política penitenciaria y el relato de aquellos años.
La bronca parlamentaria de esta semana vuelve a evidenciar esa dificultad para alcanzar consensos en torno a uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente de España.
Y también deja una reflexión de fondo: más de una década después del final de ETA, el terrorismo ya no ocupa las portadas de forma cotidiana, pero sigue teniendo la capacidad de fracturar el debate político cada vez que regresa a la agenda pública.
Durante años, la sociedad española tuvo una certeza moral bastante clara.
Matar estaba mal.
Asesinar por ideas políticas estaba mal.
Pegar un tiro en la nuca a un concejal, a un policía, a un periodista o a un ciudadano cualquiera estaba mal.
Sin matices.
Sin peros.
Sin contextualizaciones.
Sin necesidad de grandes debates.
Por eso resulta tan llamativo lo ocurrido en la Asamblea de Madrid.
Porque la bronca no surgió por cuestionar a ETA.
La bronca surgió cuando se planteó que los terroristas cumplieran íntegramente sus condenas.
Y ahí es donde uno tiene derecho a preguntarse qué demonios nos está pasando.
La inversión moral
Hay algo profundamente inquietante cuando una sociedad empieza a discutir más sobre quienes recuerdan los crímenes que sobre quienes los cometieron.
Durante décadas las víctimas tuvieron que vivir escoltadas.
Miles de familias enterraron a sus muertos.
Muchos españoles crecieron viendo coches bomba, funerales y amenazas.
Sin embargo, medio siglo después, parece que el foco ya no está sobre los asesinos.
Está sobre quienes siguen recordando lo que hicieron.
Y eso debería hacernos reflexionar.
Porque una democracia sana puede discutir sobre muchas cosas.
Pero no debería perder nunca la claridad moral sobre quién fue el verdugo y quién fue la víctima.
El peligro de la amnesia
El tiempo tiene una capacidad extraordinaria para suavizar los recuerdos.
Especialmente entre quienes no vivieron aquella época.
Las nuevas generaciones apenas recuerdan lo que significaba vivir con el terrorismo como una amenaza constante.
Y eso explica en parte por qué ciertos debates son hoy posibles.
Cuando desaparece la memoria, aparece la relativización.
Cuando desaparece la experiencia, aparece la indiferencia.
Y cuando desaparece la claridad moral, todo acaba pareciendo discutible.
Incluso aquello que jamás debería serlo.
Lo verdaderamente preocupante
La cuestión ya no es si un diputado gritó más que otro.
Ni quién fue expulsado.
Ni quién ganó la pelea parlamentaria.
Lo preocupante es que un asunto tan grave haya terminado convertido en otro episodio de confrontación política.
Porque las víctimas de ETA merecen algo mejor que servir como munición en una guerra partidista.
Merecen memoria.
Merecen respeto.
Y merecen que la sociedad siga teniendo claro algo que durante muchos años parecía indiscutible:
que los asesinos fueron los asesinos.
Y las víctimas fueron las víctimas.
Parece una obviedad.
Pero viendo algunos debates recientes, quizá ya no lo sea tanto.