Las obras en la avenida Giorgeta se han convertido en una verdadera pesadilla para los pequeños comercios ubicados en esta importante arteria de Valencia. Los trabajos de remodelación, que comenzaron la primera semana de julio y se estima durarán 14 meses, han alterado significativamente la rutina y la clientela de los negocios, según vecinos y empresarios de la zona. El proyecto busca mejorar aceras, canalizaciones y pavimentación, pero el proceso ha resultado en un desafío diario para quienes transitan por allí. Los residentes y trabajadores describen la situación como caótica, con accesos complicados, ruido constante y una sensación general de desorganización. Soledad, una habitante de 70 años que vive en un primer piso, considera las obras un calvario: “No podemos abrir las ventanas debido al ruido de las máquinas”.
María José, empleada de la librería Vuelo de Palabras, enfrenta la situación con una mezcla de resignación y agotamiento. “Toda obra, si es para mejora, debe soportarse, pero debería ejecutarse de una manera que no impida el acceso de personas durante tantos días”, comenta desde su mostrador, mientras revisa una pila de libros recién llegados. Frente a la librería se extienden montículos de tierra, vallas metálicas y pasarelas improvisadas. “Aún no han llegado a mi puerta, pero ya siento sus efectos. A mí me da pereza hasta ir a la farmacia, y eso que está al otro lado de la calle”. El descenso de clientes es notable: “En verano siempre hay un bajón, y este año ha sido brutal. Ahora, en octubre, que empieza la temporada alta, seguimos igual o peor, especialmente desde la última semana”.
Vuelo de Palabras, más que una librería, funciona como un pequeño centro cultural, organizando presentaciones de libros casi a diario, pero el ambiente ha cambiado. “Hemos tenido presentaciones con solo dos personas. Lo normal sería esperar al menos cuatro o cinco. Los que vienen son los clientes fieles, pero dicen que no volverán porque saben lo difícil que es llegar aquí”, señala María José. Además, los taxistas evitan dejar a sus clientes en la puerta, y los transportistas encuentran grandes dificultades para hacer descargas. “Si esto continúa así, en Navidad será un desastre”, lamenta.
La peor parte la sufre la Farmacia Castillo, situada en medio de hierros y arena. Amparo Castillo y Mari Carmen Fernández describen el escenario sin rodeos: “Hay menos gente y mucho ruido, pero lo más preocupante es el peligro que supone el estado del suelo para quienes quieren entrar a comprar medicamentos”. Personas mayores, usuarios de andadores, invidentes y padres con carritos de bebé enfrentan enormes desafíos para adquirir productos esenciales, llegando incluso a sortear grandes agujeros. Las empresarias se quejan de la falta de información: “Un día hay rampa, al siguiente no. Hemos tenido que pedir a los obreros que saquen las vallas para poder abrir. Nadie nos informa de nada; si los trabajadores tienen un buen día, lo hacen”.
También critican la falta de coordinación. “Podrían hacer lo más ruidoso a primera hora, antes de que comience el horario comercial. Pero no, siempre empiezan justo cuando el local está lleno. No consideran que trabajamos con personas mayores que necesitan seguridad y tranquilidad”.
El restaurante Cruz Blanca, ubicado al inicio de la zona de obras, también ha visto una caída dramática en su clientela nocturna durante la semana. Valentín, uno de los camareros, comparte su preocupación: “El negocio nocturno ha bajado un 80%”. Antes, la cercanía con la estación Joaquín Sorolla y la parada de metro Jesús atraía a muchos clientes del AVE y del metro, pero ahora el lugar está desolado en días laborales. “Solo trabajamos los fines de semana con grupos que ya tienen reservas”, agrega Valentín. La cocina cuenta con dos empleados y el servicio al público con otros dos, tratando de mantener el ritmo. “Si sigue así, en Navidad dependeremos de las reservas habituales y no podremos contar con los clientes espontáneos”. Tampoco han recibido información sobre los plazos en los que se verán afectados. Solo han oído rumores de que próximamente pondrán adoquines en esa parte de la avenida, pero sin confirmación oficial.
Mientras los trabajos avanzan lentamente y el polvo cubre los escaparates y las fachadas, la avenida ha perdido su actividad habitual. Los vecinos apenas pasean, los clientes buscan alternativas más accesibles y los negocios luchan por sobrevivir.