19 de enero de 2026
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Cuando criar gusanos de seda era un ritual de infancia

En los años 80, criar gusanos de seda era casi un acto sagrado. No hacía falta nada extraordinario: una caja de zapatos, hojas de morera recién cogidas y una paciencia infinita. Con eso bastaba para que la magia empezara.

Cada día era una pequeña ceremonia. Los gusanos comían sin parar, crecían a ojos vista, mudaban la piel y transformaban el tiempo en expectación. Y entonces llegaba el gran momento: el capullo. El silencio respetuoso al ver cómo se encerraban en su propia obra de arte, como si supieran que estaban haciendo algo importante.

Después venía la espera. Larga, eterna, emocionante. Y semanas más tarde, la sorpresa: del capullo nacía una mariposa. Sin pantallas, sin prisas, sin instrucciones. Solo observación, respeto por la naturaleza y asombro puro.

Era una lección de vida en miniatura. Aprendíamos a cuidar, a esperar y a maravillarnos con lo sencillo. Un recuerdo humilde y mágico que hoy sigue vivo en la memoria de quienes lo vivieron.

Un flashback profundamente ochentero que nos recuerda que, a veces, lo más extraordinario cabía en una caja de zapatos.

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