13 de noviembre de 2025
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Cuando Europa se comió a Egipto: la historia real del polvo de momia

Cuando Europa se comió a Egipto: la historia real del polvo de momia

Durante siglos, las arenas de Egipto guardaron un secreto que no pertenecía a los faraones, sino a Europa. No se trataba de tesoros de oro ni de amuletos sagrados, sino de algo mucho más inquietante: cuerpos embalsamados convertidos en medicina. En boticas elegantes de París, Londres o Madrid, las momias egipcias se vendían a peso, se molían como si fueran especias y se ingerían en nombre de la ciencia y la fe.

La escena, que hoy parece propia de una novela gótica, fue durante más de tres siglos una realidad muy concreta: nobles, burgueses y enfermos de media Europa tomaron polvo de momia convencidos de que aquel remedio oscuro curaba dolores de cabeza, hemorragias, convulsiones e incluso el cáncer. No era un ritual marginal: fue un fenómeno masivo, avalado por médicos, recetarios y farmacopeas oficiales.

Un error de traducción que cambió la historia

El origen de este delirio colectivo empieza con un malentendido. En los textos médicos árabes se mencionaba la mūmiya, una resina natural de betún utilizada con fines terapéuticos. Era una sustancia negra, aromática, que se consideraba útil para tratar heridas, inflamaciones y otros males.

Cuando esos tratados llegaron a Europa, a partir de la Edad Media, algunos traductores observaron que las momias egipcias contenían sustancias similares, mezcladas con aceites y resinas empleadas en el embalsamamiento. El salto mental fue tan osado como simple: si la resina curativa se parecía a lo encontrado en los cuerpos embalsamados, entonces la momia entera podía considerarse medicina.

A partir de ahí, el equívoco se convirtió en doctrina. La palabra “momia” dejó de nombrar únicamente al cadáver desecado de un faraón para transformarse, en los recetarios europeos, en un ingrediente habitual: mumia vera, “momia verdadera”. Lo que en origen era una resina mineral terminó siendo, literalmente, carne embalsamada y pulverizada.

De las tumbas del Nilo a las boticas europeas

El negocio no tardó en organizarse. A partir del siglo XV y especialmente entre los siglos XVI y XVII, comerciantes, aventureros y saqueadores comenzaron a recorrer las necrópolis de Egipto con un objetivo muy concreto: desenterrar momias, arrancar vendajes y vender los cuerpos en Europa.

En los puertos mediterráneos y atlánticos, los embalajes con momias viajaban como un producto más. No eran reliquias delicadas: se compraban por lotes, se pesaban, se seleccionaban las partes más “aprovechables” y después se revendían a boticas y médicos. Una vez en las farmacias, aquellos restos humanos se trituraban en morteros de piedra y se reducían a polvo, que se dispensaba en frascos con dosis y recomendaciones de uso.

El polvo de momia se mezclaba con vino, agua, miel o jarabes. Se administraba por vía oral, se aplicaba sobre heridas o se combinaba con otros ingredientes en complejas fórmulas de la época. En muchos manuales médicos se recomendaba especialmente para hemorragias, golpes, fracturas, epilepsia o “melancolías”. Para una sociedad obsesionada con la idea de absorber fuerza, vitalidad o “espíritu” del otro, consumir restos de un cuerpo milenario se interpretaba casi como un acto de poder.

El canibalismo que nadie quería ver

Lo que hoy llamaríamos sin rodeos canibalismo médico en aquel momento se revestía de ciencia, autoridad y religión. Comer carne humana era tabú, pero tomar “momia” se veía como algo completamente distinto, casi abstracto. La distancia cultural con Egipto, el desconocimiento del proceso de embalsamamiento y la forma pulverizada del producto permitieron suavizar el rechazo.

En realidad, el fenómeno no se limitó a las momias egipcias. En la misma época circularon otros remedios “antropofágicos”: sangre fresca de ajusticiados para tratar la epilepsia, grasa humana para ungüentos contra el reuma, cráneos molidos para aliviar migrañas. El cuerpo humano, especialmente el de los muertos, se convirtió en un arsenal farmacéutico para una Europa que, paradójicamente, se consideraba a sí misma cristiana y civilizada.

Cuando se acabaron las momias… empezaron las falsificaciones

El problema del negocio era evidente: las momias auténticas no eran infinitas. A medida que aumentaba la demanda, los yacimientos se iban vaciando, las piezas mejor conservadas se destinaban al coleccionismo o a los gabinetes de curiosidades, y la presión del mercado comenzó a torcer aún más el sistema.

La solución fue tan siniestra como eficaz: fabricar momias falsas. En distintos puntos del Mediterráneo aparecieron redes que embalsamaban cadáveres recientes –criminales ejecutados, esclavos, pobres sin familia– con resinas y betunes, para después venderlos como “antiguas momias medicinales”. A veces se envejecían artificialmente, se enterraban durante un tiempo corto o se manchaban con arena para darles un aspecto “arqueológico”.

Así, el error original, basado en la confusión de una palabra, desembocó en un negocio internacional en el que se mezclaban saqueo arqueológico, tráfico de cadáveres y especulación sanitaria. Europa no solo estaba devorando a Egipto simbólicamente: estaba literalmente moliendo sus muertos y, cuando estos escaseaban, fabricando otros para seguir alimentando el mercado.

Del remedio milagroso al fraude científico

Durante mucho tiempo, el polvo de momia gozó de prestigio. Figuras importantes de la medicina de los siglos XVI y XVII lo mencionan sin reparos en sus recetarios. Sin embargo, a medida que avanzaba la ciencia, se acumulaban las dudas. Muchos médicos empezaron a cuestionar sus supuestas propiedades y a denunciar adulteraciones.

En el siglo XVIII, con la Ilustración y el auge de la química moderna, la momia comenzó a ser vista como un residuo orgánico sin valor terapéutico demostrable. Se multiplicaron las voces que calificaban el remedio como superstición, engaño o simple negocio. Poco a poco, el polvo de momia fue desapareciendo de las farmacopeas y quedándose como una rareza o una excentricidad.

Aun así, la fascinación por Egipto no hizo más que crecer. Lo que antes se consumía en secreto empezó a exhibirse en público.

Cuando las momias dejaron de comerse… para ser desenvueltas en salón

En el siglo XIX, con la Egiptomanía desatada por los grandes hallazgos arqueológicos y las campañas de Napoleón, las momias pasaron de la farmacia al salón. En las grandes ciudades europeas se popularizaron las “mummy unwrapping parties”: reuniones privadas donde la atracción principal consistía en desenvolver una momia auténtica ante un público curioso.

Invitados elegantes, médicos, eruditos y curiosos se reunían para observar cómo, capa a capa, se retiraban vendas milenarias hasta dejar al descubierto el rostro de un ser humano que había sido enterrado con solemnidad siglos atrás. El espectáculo, presentado como científico, conservaba el mismo fondo que el viejo consumo de polvo de momia: convertir los restos del pasado egipcio en entretenimiento, mercancía o material de estudio para Europa.

Irónicamente, el continente que decía admirar la sabiduría del Antiguo Egipto fue también el que devoró, desenterró y exhibió sus muertos, transformándolos en productos de consumo, ya fuera en cápsulas, frascos, vitrinas o salones.

Una lección incómoda desde las arenas del Nilo

La historia del polvo de momia no es solo una anécdota siniestra del pasado. Funciona como un espejo incómodo. Habla de cómo una mezcla de miedo a la enfermedad, fe ciega en milagros científicos y fascinación por lo exótico puede justificar casi cualquier cosa.

Durante más de trescientos años, Europa creyó que al ingerir restos de momias absorbía fuerza, salud o sabiduría antigua. En realidad, lo que absorbió fue una parte irrecuperable de la memoria material de Egipto. Miles de cuerpos embalsamados, concebidos para durar toda la eternidad, acabaron reducidos a polvo en el fondo de una copa de vino.

Hoy, cuando hablamos de patrimonio, descolonización de museos o respeto por los restos humanos, esa historia vuelve una y otra vez como advertencia. Recuerda hasta qué punto el prestigio científico y el poder económico pueden legitimar la destrucción de otras culturas. Y cómo, a veces, la mayor barbarie empieza no con un acto de odio deliberado, sino con un simple error de lectura: una palabra mal entendida, una resina confundida con un cuerpo.

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