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Durante décadas fueron imprescindibles para llamar fuera de casa: primero con fichas, después con monedas y tarjetas, hasta que el teléfono móvil terminó convirtiéndolas en una reliquia
Hubo un tiempo en España en el que salir de casa significaba quedarse sin teléfono.
No existía WhatsApp, nadie podía avisar de que llegaba tarde desde el autobús y una avería en mitad de un viaje podía obligar a caminar hasta encontrar un bar, una gasolinera o una cabina.
La solución estaba muchas veces detrás de una puerta de cristal y un enorme teléfono sujeto por un cable.


La cabina telefónica.
La primera cabina pública española se instaló en Madrid en 1928, en el parque de El Retiro. Las cabinas modernas que terminarían formando parte del paisaje urbano se popularizaron varias décadas después, especialmente desde los años sesenta.
Por eso, 1963 no debe presentarse como el nacimiento de la cabina telefónica en España: ya existían mucho antes. Esa fecha corresponde a una etapa posterior de expansión y modernización del servicio.
Antes de las monedas estaban las fichas
Para varias generaciones, utilizar un teléfono público requería cierta preparación.
Las primeras cabinas funcionaban mediante fichas telefónicas específicas. No bastaba con llevar dinero: había que disponer de una de aquellas pequeñas piezas metálicas que permitían activar el aparato.
Después llegaron las monedas.
Las de peseta y posteriormente diferentes combinaciones según el precio de la llamada se convirtieron en compañeras habituales de bolsillos, carteras y monederos.

Más tarde aparecieron las tarjetas telefónicas, especialmente populares durante los años ochenta y noventa.
Y había un ritual que hoy parece casi incomprensible: memorizar los números de teléfono.
El de casa, el de los abuelos, el de la novia o el novio, el del trabajo…
No existía una agenda digital que acompañara permanentemente al usuario.
Cuando había que hacer cola para llamar
Las cabinas no eran el único teléfono disponible fuera de casa.
Había teléfonos públicos en bares, restaurantes, estaciones, hospitales, aeropuertos, oficinas de Correos y otros establecimientos.
En determinados lugares y momentos conseguir un teléfono libre podía requerir incluso esperar turno.
Especialmente durante vacaciones, viajes o acontecimientos multitudinarios, llamar a casa era algo que había que planificar.
Una conversación tampoco tenía la privacidad actual. Al otro lado del cristal podía haber alguien esperando impaciente a que terminara la llamada.
Y cuando se agotaba el dinero, la conversación terminaba.
«Llámame cuando llegues»
Aquella frase tenía un significado completamente diferente.
Hoy basta con enviar un mensaje desde cualquier lugar. Entonces significaba buscar físicamente un teléfono.
Si alguien llegaba a una estación y quería avisar a su familia, debía localizar una cabina.
Si el coche se averiaba, había que encontrar un teléfono para llamar a la asistencia.
Si se cambiaban los planes durante una noche fuera de casa, había que buscar cómo comunicarlo.
Y si no había cabina…
simplemente no podías llamar.
El teléfono de la calle
La importancia de las cabinas fue tal que durante décadas su disponibilidad terminó integrada dentro de las obligaciones públicas de telecomunicaciones.
Todavía en 2020, el BOE designaba a Telefónica como responsable de garantizar una oferta suficiente de teléfonos públicos de pago dentro del denominado servicio universal de telecomunicaciones.
Es difícil imaginarlo actualmente, pero garantizar la existencia de teléfonos en las calles llegó a considerarse necesario para que cualquier ciudadano pudiera comunicarse independientemente de disponer o no de teléfono propio.
España llegó a tener decenas de miles
La expansión convirtió las cabinas en parte del mobiliario cotidiano de pueblos y ciudades.
Durante su época de máximo esplendor existieron decenas de miles de teléfonos públicos repartidos por España.
Estaban junto a estaciones, plazas, avenidas, hospitales y carreteras.
Para quienes crecieron antes de la generalización del móvil, localizar mentalmente las cabinas del barrio podía resultar tan normal como saber dónde estaba la farmacia o el quiosco.
Y después llegó algo que lo cambió todo.
El móvil condenó a las cabinas
Durante los años noventa comenzaron a extenderse los teléfonos móviles.
Inicialmente eran caros, grandes y estaban al alcance de relativamente pocas personas.
Pero el cambio fue rapidísimo.
Cuando prácticamente todo el mundo empezó a llevar un teléfono en el bolsillo, la razón de ser de las cabinas desapareció.
¿Por qué buscar un teléfono público si podías llamar desde cualquier lugar?
La utilización cayó y muchas cabinas comenzaron a desaparecer.
Las que permanecieron fueron convirtiéndose poco a poco en objetos extraños dentro de las ciudades: estructuras creadas para resolver una necesidad que prácticamente había dejado de existir.
El principio del fin llegó el 1 de enero de 2022
Aquí conviene hacer otra corrección al texto inicial.
Las cabinas dejaron de formar parte del servicio universal desde el 1 de enero de 2022, después de finalizar el 31 de diciembre de 2021 la última obligación que mantenía a Telefónica prestando ese servicio.
La posterior Ley General de Telecomunicaciones de 2022 ya no incluyó los teléfonos públicos de pago entre los elementos que debían garantizarse universalmente. El nuevo servicio universal pasó a centrarse fundamentalmente en el acceso a internet de banda ancha y las comunicaciones vocales desde una ubicación fija.
La diferencia respecto a la legislación anterior es muy clara. En 2014, la normativa todavía contemplaba los teléfonos públicos dentro del sistema de servicio universal.
Era el reconocimiento legal de algo que ya había ocurrido en la calle:
el móvil había ganado definitivamente la batalla.
De imprescindibles a piezas de nostalgia
Para las generaciones más jóvenes, una cabina puede parecer poco más que una curiosidad.
Para quienes vivieron los años setenta, ochenta o noventa representa algo completamente diferente.
Recuerda las monedas preparadas antes de llamar.
Las conversaciones rápidas para no gastar demasiado.
La tarjeta telefónica que iba perdiendo saldo.
El cristal empañado.
La persona esperando fuera.
Y aquella comprobación casi automática antes de salir de casa:
«¿Llevas monedas por si tienes que llamar?»
Hoy llevamos en el bolsillo un dispositivo capaz de realizar videollamadas con cualquier lugar del mundo, enviar fotografías instantáneamente y acceder a prácticamente toda la información disponible.
Pero no hace tanto tiempo, comunicarse desde la calle dependía de algo muchísimo más sencillo.
Recordar un número, tener unas monedas y encontrar una cabina libre.
Y quizá esa sea la mejor manera de entender cuánto ha cambiado nuestra vida en apenas unas décadas.






