El debate sobre la regularización de inmigrantes vuelve al centro de la discusión pública, pero esta vez con un enfoque que va más allá de lo ideológico. El analista económico Marc Vidal, en Horizonte, introduce una variable clave que, según él, suele quedar fuera del relato político: el modelo productivo y su capacidad real para absorber mano de obra.
Un punto de partida incómodo: 850.000 personas ya están aquí
Vidal parte de un hecho incontestable: en España viven alrededor de 850.000 personas en situación irregular. Ignorar esa realidad, sostiene, no es una opción viable. “No los puedes obviar, están aquí”, afirma, recordando que regularizaciones masivas ya se han hecho antes, tanto con gobiernos del PP como del PSOE.
Aznar regularizó a unas 500.000 personas; Rajoy también aplicó medidas similares. No por convicción ideológica, sino porque cuando existe una bolsa humana tan grande fuera del sistema legal, el Estado se ve obligado a actuar.
La clave, según Vidal, no está tanto en la regularización en sí, sino en qué ocurre después.
El aviso del norte de Europa: cuando el modelo no encaja
Para sostener su argumento, Marc Vidal recurre a ejemplos poco habituales en el debate español: Finlandia, Dinamarca y Bélgica.
En Finlandia, un país tradicionalmente asociado al pleno empleo, el paro ya supera el 11%. ¿La razón? Una inmigración que no encaja con su mercado laboral altamente especializado. Muchos inmigrantes llegan, pero no encuentran empleo porque no poseen la formación necesaria. El resultado es claro: más paro y menos atractivo como destino migratorio.
En Dinamarca, el propio Ministerio de Finanzas ha reconocido que el saldo económico de la inmigración es negativo a largo plazo, ya que la mayoría cotiza en los tramos más bajos y requiere más gasto público del que aporta.
Y en Bélgica, el sistema de subsidio de desempleo indefinido terminó convirtiéndose en un polo de atracción. Seis de cada diez beneficiarios eran inmigrantes sin empleo estable, lo que obligó al país a eliminar esa prestación.
El efecto llamada no es ideológico, es económico
Uno de los puntos centrales del análisis de Vidal es que la inmigración no se mueve por discursos políticos, sino por oportunidades económicas reales. La gente llega donde puede trabajar.
España, sostiene, sigue atrayendo inmigración porque ofrece empleo en sectores de bajo valor añadido, donde la formación es mínima y la rotación alta. Esto genera un círculo vicioso:
- Se atrae mano de obra poco cualificada
- Se presionan los salarios a la baja
- Se desincentiva la formación
- Se cronifica un modelo productivo débil
“El problema no es la inmigración, es el tipo de economía que tenemos”, resume Vidal.
Regularizar sin reformar: el riesgo estructural
Vidal no rechaza la regularización como medida puntual, pero advierte que regularizar sin cambiar el modelo productivo solo amplifica el problema. Si España continúa basando su crecimiento en sectores de baja productividad, seguirá siendo un imán para millones de personas sin cualificación.
Y el desafío va a más. Estudios recientes apuntan a que hasta 20 millones de personas podrían dirigirse a Europa en los próximos años, en oleadas sucesivas. La pregunta no es si llegarán, sino cómo se gestionará su integración económica y social.
Fronteras, ayudas y un cambio de paradigma
El analista también introduce un elemento polémico: la diferencia histórica. En otras grandes migraciones del pasado, las sociedades receptoras defendían su territorio y su estructura económica. Hoy, en cambio, Europa combina fronteras débiles con sistemas de ayudas que, mal diseñados, pueden generar dependencia y tensiones sociales.
Para Vidal, Europa sí puede controlar sus fronteras si existe voluntad política, pero eso debe ir acompañado de un rediseño profundo del modelo económico, orientado a:
- Mayor valor añadido
- Formación real
- Atracción de talento cualificado
- Integración laboral efectiva
La conclusión de fondo
Marc Vidal lanza un mensaje incómodo pero estructural:
la regularización no es una solución económica, es solo un parche administrativo.
Sin una transformación profunda del modelo productivo, España seguirá atrapada entre la necesidad humanitaria, la presión migratoria y una economía incapaz de absorber de forma sostenible a quienes llegan.
El debate, concluye implícitamente, no es cuántos regularizamos, sino qué país queremos ser y qué tipo de economía estamos construyendo.