La intervención de Roberto Vaquero en Horizonte se aleja deliberadamente del debate emocional para situarse en un plano estructural y social. Su tesis no es nueva, pero sí contundente: el problema no es la inmigración, sino el modelo migratorio que se está aplicando en España y en buena parte de Europa.
Vaquero rechaza la simplificación que identifica cualquier crítica con xenofobia y plantea una distinción clave: inmigración ha habido siempre, pero no toda inmigración es igual ni tiene los mismos efectos, ni económicos, ni laborales, ni culturales.
Inmigración integrada frente a modelo desbordado
Uno de los primeros argumentos que subraya es que muchos de los más críticos con la regularización masiva son hijos de inmigrantes plenamente integrados. Personas cuyos padres llegaron desde América Latina o África, trabajaron, se asentaron, formaron familias y cuyos hijos se sienten españoles.
Para Vaquero, esto desmonta el discurso oficial que presenta el debate como una confrontación entre “buenos” y “malos”. Lo que estas personas reclaman no es exclusión, sino orden, límites y continuidad del proyecto nacional.
Mirar a Europa para entender el futuro
Vaquero invita a observar lo que ya está ocurriendo en países que durante décadas fueron referentes del modelo socialdemócrata europeo. Francia, Alemania, Suecia o los países nórdicos aparecen en su análisis como ejemplos de advertencia.
Subraya que incluso partidos socialistas tradicionales, como el de Finlandia, están aplicando políticas migratorias más restrictivas que las que hoy defiende Vox en España. ¿Por qué? Porque las consecuencias ya no son teóricas: aumento de la delincuencia, fragmentación social y ruptura del consenso político.
Suecia, cita Vaquero, ha pasado de ser un símbolo del bienestar a convertirse en uno de los países con mayores problemas de criminalidad organizada en Europa, según datos oficiales.
El impacto directo sobre el trabajador
Uno de los núcleos más potentes de su análisis es el efecto de la inmigración masiva sobre el mercado laboral. Vaquero sostiene que la llegada constante de mano de obra vulnerable deprime los salarios y degrada las condiciones laborales.
Recuerda que en los años noventa, antes de la inmigración masiva, muchos oficios —como el de camarero o trabajador agrícola— eran empleos estables y dignos. Hoy, en muchos casos, se han convertido en trabajos precarizados, mal pagados y sin expectativas.
El mecanismo es simple:
- El trabajador local rechaza condiciones indignas
- El trabajador inmigrante irregular las acepta por necesidad
- El empresario se beneficia pagando menos
El resultado, afirma, es una competencia a la baja que perjudica a todos, salvo a quienes se enriquecen explotando esa situación.
Integración no es solo trabajar
Vaquero insiste en que la integración no puede reducirse al empleo. Trabajar es necesario, pero no suficiente. Integrarse implica respetar normas, costumbres, cultura y formas de convivencia.
Reconoce que la mayoría de inmigrantes sí lo hace, pero alerta de que existe una minoría significativa que no se integra y que genera procesos de guetificación, creando barrios desconectados del resto de la sociedad y dinámicas difíciles de revertir.
Para él, negar este fenómeno por miedo al qué dirán es una irresponsabilidad política.
No deportar a todos, pero sí controlar
Vaquero responde a uno de los argumentos habituales: “no se puede deportar a todo el mundo”. Su réplica es clara: nadie plantea deportaciones indiscriminadas, sino establecer criterios claros y cumplir la ley.
Propone:
- Control efectivo de fronteras
- Deportación de quienes no cumplan requisitos legales
- Fin del mensaje de impunidad
Sostiene que, si España dejara de ser un destino fácil, el flujo se reduciría de forma natural, porque muchas personas optarían por otros países con mejores condiciones.
El silencio de los sindicatos
Uno de los reproches más duros de su intervención va dirigido a los sindicatos mayoritarios. Vaquero se pregunta dónde están cuando:
- Se precariza al trabajador inmigrante
- Se degradan los salarios del trabajador nacional
- Se destruyen oficios históricos
Para él, los grandes sindicatos han dejado de ser organizaciones de clase y se han convertido en estructuras dependientes del poder político, más preocupadas por subvenciones que por defender a los trabajadores.
Una advertencia incómoda
Vaquero no edulcora su conclusión: cualquier política tiene consecuencias, y negarlas no las hace desaparecer. Advierte de que la tensión social puede aumentar y de que ignorar el problema por corrección política solo agrava el conflicto.
Su mensaje final es incómodo, pero claro:
no se trata de estar a favor o en contra de la inmigración, sino de decidir si España quiere un modelo ordenado, sostenible y justo, o uno basado en la precariedad, la fragmentación social y el silencio político.
El debate, insiste, no va a desaparecer.
Y cuanto más se retrase, más alto será el precio social a pagar.