Paiporta, casi un año después de la DANA.
Ha pasado un año desde que la DANA de Valencia arrasó la comarca de l’Horta Sud, dejando más de doscientas víctimas mortales, centenares de viviendas destruidas y un dolor que todavía se respira entre el barro seco y las paredes húmedas.
En Paiporta, una de las localidades más afectadas, los vecinos siguen sacando restos del lodo que invadió garajes, ascensores y bajos. “Cualquiera diría que ha pasado un año. Aún seguimos extrayendo barro”, lamenta Alba Gil, mientras muestra los cubos que todavía llenan de tierra y escombros. “En casa o en la calle, a cada paso hay una marca de lo que se vivió. No se borra”.
🧱 Entre el barro y el miedo
El paso del tiempo no ha traído normalidad. En algunos edificios los ascensores aún no funcionan, y las humedades dibujan cicatrices en las paredes. “Insistí durante meses para que pusieran un acceso limpio, al menos para que mis hijos pudieran pasar con las mochilas. Había barro hasta los topes”, recuerda Beatriz Rodríguez, otra vecina de Paiporta que perdió casi todo.
La vida continúa, pero marcada por el trauma. Las ayudas llegaron —tarde y con cuentagotas—, y la sensación de abandono se mezcla con el cansancio de un año de reconstrucción.
🧠 Las cicatrices invisibles
“Necesitamos ayuda psicológica. Yo estoy en terapia, mi hijo también, y creo que la mitad de Paiporta está mal”, confiesa Alba.
Su hijo, dice, aún se despierta con pesadillas. “Me preguntaba: ‘Mami, dime la verdad, ¿papá está muerto o vivo?’”, recuerda entre lágrimas.
El miedo, explica, se ha convertido en una sombra que persiste incluso cuando no llueve. “Cuando vuelvan a arreglar el ascensor, no creo que me atreva a usarlo. Tengo pánico. Es como si todo volviera.”
🌧️ Un año después, la herida sigue abierta
La DANA descargó durante horas una lluvia que convirtió calles en ríos y casas en trampas. Pero más allá del desastre material, el dolor emocional aún no se ha drenado.
“Vi gente morir”, recuerda Beatriz, con la voz rota.
Hoy, como hace un año, las familias de Paiporta siguen luchando contra el barro, el miedo y la tristeza.
Y aunque los muros se reconstruyen poco a poco, las cicatrices —las que no se ven— siguen marcando el pulso de un pueblo que no olvida.