El 31 de julio de 1826, la ciudad de Valencia fue escenario de uno de los episodios más oscuros de la historia de España. Aquel día, Cayetano Ripoll, un humilde maestro de escuela del barrio de Ruzafa, fue ejecutado tras ser declarado hereje. Su muerte sería la última condena de este tipo en España y provocó un escándalo internacional que aceleró la desaparición definitiva de la Inquisición.
Dos siglos después, su historia vuelve a la actualidad gracias a la novela La hija, del escritor Sergio del Molino, que recupera la figura de un hombre cuyo único “delito” fue defender unas creencias distintas.
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Un maestro adelantado a su tiempo
Cayetano Ripoll nació en Solsona (Lérida) y combatió como soldado durante la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas.
Durante su cautiverio en Francia entró en contacto con las ideas del protestantismo y del pensamiento cuáquero, unas convicciones que marcarían el resto de su vida.
Al regresar a España se estableció como maestro en Ruzafa, entonces un municipio independiente de Valencia. Allí impartía clases a niños humildes y era conocido por su carácter generoso y su dedicación a los más desfavorecidos.
Las sospechas que acabaron llevándolo ante el Tribunal de la Fe
Su comportamiento comenzó a despertar recelos entre las autoridades religiosas.
Entre los hechos que se utilizaron para acusarlo figuraban:
- No asistir a misa.
- Negarse a participar en procesiones.
- No santiguarse.
- Comer carne los viernes.
- Cuestionar diversos dogmas de la Iglesia católica.
Finalmente fue detenido y permaneció 22 meses en prisión mientras se instruía un procedimiento plagado de irregularidades.
La acusación sostenía que negaba la divinidad de Jesucristo, la Trinidad, la Eucaristía, la virginidad de María y la autoridad de la Iglesia católica.
Condenado por hereje
El Tribunal de la Fe lo declaró “hereje contumaz” y lo condenó a morir en la horca y posteriormente ser quemado.
Sin embargo, la Inquisición ya era vista con enorme rechazo en Europa y las ejecuciones mediante hoguera provocaban un fuerte escándalo internacional.
Para intentar evitar esa imagen, las autoridades idearon una solución tan insólita como macabra: fabricar un gran tonel pintado con llamas para simular la quema del condenado.
El dramático final en la plaza del Mercado
La ejecución tuvo lugar el 31 de julio de 1826 en la antigua plaza del Mercado de Valencia.
Tras ser ahorcado, el cadáver fue introducido en aquella cuba decorada con llamas, representando de forma simbólica la antigua condena al fuego reservada para los herejes.
Según numerosos relatos históricos, el cuerpo terminó siendo arrojado al río Turia entre burlas de parte del público.
Otras versiones sostienen que posteriormente fue trasladado al antiguo crematorio de la Inquisición.
Finalmente, unos religiosos recogieron sus restos y le dieron sepultura fuera del cementerio, como correspondía entonces a quienes eran considerados herejes.
Un escándalo que llegó a toda Europa
La ejecución causó una enorme indignación dentro y fuera de España.
Las irregularidades del proceso y la dureza del castigo provocaron una fuerte reacción internacional.
Incluso el propio Fernando VII mostró su malestar por la forma en que se había desarrollado el procedimiento.
Ocho años más tarde, en 1834, la Inquisición sería abolida definitivamente en España.
El recuerdo de Cayetano Ripoll
Durante muchos años su figura permaneció prácticamente olvidada.
En Valencia una plaza situada junto a la avenida Blasco Ibáñez lleva hoy el nombre de Maestro Ripoll, en recuerdo del profesor que fue ejecutado por sus creencias.
Los historiadores destacan que era conocido entre sus vecinos por su bondad, su compromiso con la educación y la ayuda que prestaba a las familias más humildes.
Su historia simboliza hoy el final de una de las instituciones más controvertidas de la historia de España y recuerda las consecuencias que tuvo la intolerancia religiosa en el siglo XIX.