El choque entre Elon Musk y Irene Montero no es solo un cruce de mensajes en redes sociales. Es un episodio más de una guerra cultural que ya no se libra solo entre partidos, sino entre relatos globales, algoritmos y símbolos políticos cuidadosamente elegidos.
Lo que empezó como un comentario del magnate estadounidense terminó convirtiéndose en un enfrentamiento viral con derivadas ideológicas, electorales y estratégicas, en el que cada palabra estaba pensada para su público.
El origen: inmigración, regularización y un concepto inflamable
El detonante fue la defensa pública que Irene Montero hizo en un mitin en Zaragoza de la regularización extraordinaria de personas migrantes pactada entre Podemos y el Gobierno. Una medida que podría beneficiar a más de medio millón de personas y que ha reabierto el debate sobre inmigración, censo y derecho al voto.
Durante su intervención, Montero utilizó de forma provocadora el término “teoría del reemplazo”, una expresión asociada históricamente a discursos conspirativos de la ultraderecha, para resignificarlo políticamente: no como sustitución demográfica, sino como “reemplazo de fachas y racistas”.
La frase estaba diseñada para incendiar el debate. Y funcionó.
Musk entra en escena: de la crítica política al juicio moral
Elon Musk reaccionó desde su cuenta en X calificando las palabras de Montero de “absolutamente despreciables”. No fue una crítica técnica ni un análisis de políticas públicas, sino un juicio moral directo, con el tono habitual que el empresario emplea cuando interviene en debates culturales europeos.
No era la primera vez. Musk ya había mostrado su rechazo a la regularización de migrantes en España, insinuando que podía tener un impacto electoral deliberado. Su intervención conecta con una narrativa muy extendida en determinados sectores anglosajones: la sospecha permanente sobre políticas migratorias progresistas en Europa.
La respuesta de Montero: escalar el conflicto
Lejos de rebajar el tono, Irene Montero decidió elevar el enfrentamiento. Respondió citando un correo vinculado al caso Epstein —una referencia altamente tóxica en términos reputacionales— para convertir el choque en una batalla ética: élites corruptas frente a “gente decente”.
No fue una respuesta improvisada. Fue una decisión política: trasladar el debate de la inmigración al terreno moral y simbólico, donde Musk aparece como representante de un poder global sin control democrático.

El coro político: Iglesias, Podemos y el cierre de filas
El conflicto se amplificó rápidamente. Pablo Iglesias intervino reivindicando el “odio de las élites” como medalla política. Otros dirigentes de Podemos insistieron en que Montero no defendía la teoría del reemplazo, sino que la desmontaba mediante la ironía.
Según el partido, se trata de un bulo racista impulsado por Vox y asumido, en parte, por el Partido Popular, que denuncia que la regularización puede “alterar el censo”.
Mucho más que un tuit: el choque de dos marcos mentales
Este episodio revela algo más profundo que una polémica pasajera:
- Musk habla para una audiencia global que desconfía del progresismo europeo
- Montero habla para un electorado movilizado por la confrontación simbólica
- Ambos saben que el conflicto beneficia a su visibilidad
La “teoría del reemplazo”, convertida en palabra-bomba, ya no es solo patrimonio de la extrema derecha. Su uso irónico desde la izquierda demuestra hasta qué punto el debate público se ha radicalizado y simplificado para funcionar en redes sociales.
El fondo del asunto: inmigración, poder y control del relato
Mientras el ruido crece, el debate real queda en segundo plano: cómo gestionar la inmigración, qué impacto económico y social tiene la regularización y cómo se articula la convivencia en una sociedad cada vez más diversa.
Pero en la política actual, el relato importa más que el contenido. Y en ese terreno, tanto Musk como Montero juegan con ventaja.
Uno desde el poder económico global.
La otra desde la confrontación ideológica permanente.
Y ambos, conscientes de que en la era de los algoritmos, la polémica es capital político.