Tenía 83 años y problemas de movilidad. Vivía en un cuarto piso de Catarroja, donde el agua de la DANA de 2024 inutilizó el ascensor. Su familia asegura que la tristeza y el encierro acabaron con él: “Perdió la ilusión y se dejó ir.”
Un año sin poder bajar a la calle
La riada del 29 de octubre de 2024 dejó tras de sí cientos de casas dañadas, vehículos destrozados y vidas rotas. Pero también dejó heridas más silenciosas, como la de Juan, un vecino de Catarroja que pasó sus últimos meses sin poder salir de casa.
Vivía con su esposa, de 82 años, en un cuarto piso. El ascensor quedó inutilizado tras la inundación, y con sus problemas de movilidad, bajar por las escaleras era imposible.
“Solo salían cuando los llevábamos al hospital”, cuenta su hija Ada. “Mi padre se fue apagando poco a poco. No podía hacer su rutina, ni pasear, ni ver a sus amigos. Perdió la ilusión y se dejó ir.”
La muerte que llegó antes que la reparación
Juan falleció sin volver a pisar la calle. Un día después de su muerte, el ascensor volvió a funcionar.
“Fue lo más duro”, confiesa su nieta María. “Murió sin ver el sol. Y al día siguiente, por fin arreglaron el ascensor. No llegó a usarlo.”
Para la familia, no hay duda: el aislamiento forzado deterioró su salud física y emocional. “Las personas mayores necesitan salir, ver gente, sentirse útiles. Mi abuelo se consumió por la tristeza”, lamenta.
Víctimas después de la tormenta
Ada lo resume con una frase que duele:
“Mi padre también es una víctima de la DANA. No murió ese día, pero la DANA cambió su vida.”
Su historia no es única. En los municipios más afectados por la riada, 356 días después, aún quedan 780 ascensores sin reparar. Decenas de personas mayores y con movilidad reducida siguen atrapadas en sus pisos, esperando una solución que no llega.
El silencio tras el agua
Catarroja, Paiporta, Benetússer, Alfafar… nombres que se repiten en las listas de damnificados. Pero más allá de los titulares y las cifras, hay vidas suspendidas en un cuarto piso.
“A veces no hace falta que el agua te arrastre para ser víctima de una riada —dice Ada—. Basta con que te deje encerrado mirando por la ventana.”
Un año después, la DANA sigue cobrándose víctimas. No por el barro, sino por el olvido.


