La Fórmula 1 pierde a una de sus mayores leyendas y uno de los héroes que ha inspirado al mundo del deporte, pero también a una de sus personalidades más volcánicas
No se puede decir que Lauda fuese excesivamente generoso. Quizá todo lo contrario. Su lealtad siempre fue hacia quien más conviniese a sus intereses. Y si para ello había que hipotecarse para ir a Ferrari y enfrentarse con el mismísimo ‘Commendatore’ Enzo para que le dieran un coche campeón, lo hacía. Ni siquiera salir vivo del infierno de Nürburgring le hizo cambiar. Ni mucho menos: aquel accidente por el que todo el mundo le conoce demostró al mundo un carácter irredento, capaz de cualquier cosa en pos de la victoria. ¿Salir de un infierno de llamas, medio muerto y con quemaduras en todo el cuerpo que le dejarían cicatrices toda su vida? Un precio muy bajo para Lauda.
Aquel 1 de agosto de 1976, en el Nürburgring alemán, Lauda salió vivo y aún muy pocos se explican cómo lo hizo. Si sobrevivir a aquello fue heroico, volver sólo cuatro carreras después para evitar que Hunt le quitase el título le elevó al olimpo de los mayores héroes del deporte. El cura que le dio la extremaunción no se lo creía. Su mujer por entonces, Marlene, sí. Sabía que Niki no iba a dejar que uno de los mayores accidentes de la historia le frenase para ser campeón del mundo. Y sin embargo, no ganó. Lauda siempre asumió el máximo riesgo posible, pero nunca más allá. Renunció al GP de Japón de aquel año en un Fuji inundado y, con ello, al que podría haber sido su segundo título mundial. Unos dicen que fue por cobardía, otros porque sabía que tendría más oportunidades. Hasta en una de las derrotas más impactantes de la historia de la Fórmula 1 Lauda dejó huella. Luego se tomaría revancha ganando el título de 1977, arrasando a Jody Scheckter pese a haber sido descalificado en una carrera y sin disputar otras dos.
Como no podía ser de otra manera y, pese a ser campeón con ellos, dejó Ferrari con portazo y bronca. Dicen los más viejos del lugar que pocas veces se había visto al fundador de la marca del Cavallino Rampante tan enfadado. Tras un corto paso por la Brabham que presidía Bernie Ecclestone (renombrado como ‘Parmalat Racing’) salió de la Fórmula 1 en 1979 para volver tres años después y firmar por el equipo que le había dejado sin título en 1976. Entre medias, le dio tiempo a fundar una compañía de aviación, con la que se convirtió en un empresario de razonable éxito. Los devenires financieros de Lauda Air darían para una tesis en la facultad de Empresariales, tanto para lo positivo como para lo negativo.
Nada más llegar, lo hizo a lo grande: montó una huelga de pilotos, la más importante y última que se ha producido en la competición. En 1982, cuando pidió la superlicencia para regresar, detectó que una cláusula establecía que esta dependía del equipo y no del piloto. Sin contrato con una escudería no podía correr, y la superlicencia duraba tanto como su vinculación con el equipo, lo que limitaba mucho la capacidad de negociación de los corredores. Con esta excusa como principal argumento lió a todos sus compañeros para no disputar el GP de Sudáfrica. La escena era la de los pilotos tirados en colchonetas en la piscina del Sunnyside Park Hotel de Kyalami, mientras en otra sala Elio de Angelis, un consumado músico además de un piloto excepcional, amenizaba el rato.
Años después se pasó al otro lado. Fue jefe en Ferrari, en Jaguar (dicen que su inquina hacia Fernando Alonso viene del rechazo del asturiano de correr para él) y después tuvo un rol de asesor de lujo para Mercedes. No se puede entender el éxito de la hoy campeona del mundo sin Lauda, ni los récords de Lewis Hamilton sin el hombre que le convenció para salir de McLaren e incorporarse al equipo alemán.