En la zona norte de Alicante, cuando todavía no había salido el sol del todo, una escena inverosímil rompía la rutina de los vecinos: decenas de gallos, gallinas y polluelos corrían sueltos por la calle, entre coches, aceras y miradas de incredulidad. Algunos estaban dentro de jaulas improvisadas, otros simplemente andaban perdidos, como escapados de un corral que nunca debió existir.
La Policía Local intervino 27 gallos de pelea, en lo que parece ser un nuevo capítulo de un fenómeno clandestino que muchos creían enterrado: las peleas ilegales de animales, escondidas en los márgenes de la ciudad pero aún demasiado presentes.
Un aviso vecinal que destapó más de lo esperado
La alerta no vino por casualidad. Llevaban días avisando. Ruidos extraños de madrugada. Gritos. Gallos cantando fuera de hora. Una molestia creciente que escondía algo más oscuro: peleas organizadas de gallos en plena zona urbana.
Fue en la calle Diputado Luis Gámir donde, al llegar los agentes —junto a Protección Animal y la Protectora de Animales—, descubrieron el panorama. En total, cerca de treinta aves entre gallos, gallinas y polluelos. Las jaulas, muchas de ellas caseras, evidenciaban la intención de criar y usar a estos animales para enfrentamientos. Una práctica cruel, penada por la ley, y completamente prohibida.
Operativo en tiempo récord
Hasta quince agentes participaron en el despliegue: unidades de Barrios, Canina y el Grupo Operativo de Intervención Rápida (GOIR). En apenas una hora, lograron asegurar a los animales y coordinar su traslado a dependencias de la Protectora.
Pero el trabajo no termina aquí. Según fuentes municipales, se ha abierto una investigación para localizar a los responsables del abandono y, sobre todo, de las peleas nocturnas. Los indicios apuntan a una actividad organizada y reincidente, lo que podría derivar en cargos penales.
Una práctica que no es anecdótica
El concejal de Seguridad, Julio Calero, ha sido tajante:
“No podemos permitir estas prácticas ilegales, que violan la Ley de Bienestar Animal y son constitutivas de delito.”
Pero más allá del marco legal, Calero también ha recalcado algo que duele más a pie de calle:
“Tampoco vamos a consentir las molestias constantes a los vecinos, ni el abandono o maltrato animal.”
Porque este tipo de episodios no solo hieren a los animales. También erosionan la convivencia, la seguridad y la imagen de los barrios.
¿Qué pasa ahora?
Los gallos están a salvo. La investigación sigue su curso. Y el vecindario respira algo más tranquilo, aunque con la amarga sensación de que, bajo la superficie de la ciudad moderna, aún hay prácticas que parecen sacadas de otro siglo.
Reflexión final
No se trata solo de gallos ni de leyes. Se trata de dignidad, de respeto por los seres vivos, y de no mirar hacia otro lado cuando la crueldad se esconde en jaulas improvisadas al borde de la acera.