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Hambre y frío en las calles de Valencia: cuando ayudar también se castiga
Las entidades que atienden a personas sin hogar advierten de un aumento constante de la pobreza en Valencia. El frío aprieta, el hambre no descansa y los recursos se agotan.
La pobreza que no se quiere ver
Las personas sin hogar siguen siendo invisibles en Valencia. Cuando se instalan en espacios públicos, como ocurrió en el Jardín del Turia, son desalojadas. Cuando se organizan puntos de reparto de alimentos, llegan las quejas vecinales. Pero la realidad persiste: hay hambre todos los días del año.
Desde varias organizaciones sociales coinciden en el diagnóstico: la pobreza va en aumento, aunque no siempre se vea. Y el invierno agrava una situación ya de por sí extrema.
Repartir comida caliente, una excepción
La ONG :contentReference[oaicite:0]{index=0}, formada únicamente por voluntarios, reparte alimentos no perecederos, bocadillos, mantas y productos de higiene dos días a la semana. También llevan caldo caliente en termos, uno de los pocos alimentos calientes a los que acceden quienes viven en la calle.
“El caldo es fundamental. Quien vive en la calle no come caliente y eso, con el frío que hace, es durísimo”, explican desde la entidad, que funciona exclusivamente con donaciones.
Un proyecto que funcionaba… hasta que dejó de hacerlo
Hasta el pasado verano, el reparto de comida caliente era posible gracias a la :contentReference[oaicite:1]{index=1}, que había habilitado una nave industrial como cocina central para elaborar menús diarios.
El objetivo era sencillo y ambicioso a la vez: garantizar al menos una comida caliente al día a las personas sin hogar. El sistema funcionó, creció y llegó a repartir más de 1.500 raciones diarias a través de unas 30 entidades sociales.
Pero el crecimiento trajo problemas. Multas policiales por repartir sin permiso y una presión logística cada vez mayor terminaron debilitando el proyecto.
La dana lo cambió todo
La emergencia provocada por la dana multiplicó la demanda. En municipios como Catarroja, Algemesí, Paiporta o Aldaia, la fundación llegó a repartir entre 4.500 y 5.000 raciones diarias de comida caliente.
El punto máximo se alcanzó con más de 8.000 menús diarios. A partir de ahí, el sistema colapsó: aumentaban las necesidades mientras las donaciones y ayudas disminuían drásticamente.
De cocinar en una nave a hacerlo en casa
En agosto, la fundación se vio obligada a cerrar la cocina. El reparto de comida caliente desapareció. En noviembre regresaron, pero con recursos mínimos: bocadillos y solo dos días a la semana.
Hoy, la cocina es la propia casa de su coordinadora, Marise García, donde se preparan unos 400 bocadillos con ayuda de voluntarios.
“Se me cae el alma cuando los veo. Necesitan comer caliente, al menos una vez al día. Si nos cedieran un espacio, volveríamos a empezar desde cero”, explica.
Fuera del sistema
Muchas de las personas atendidas están fuera del circuito de los servicios sociales. No tienen citas, expedientes ni recursos asignados. Solo esperan a que llegue una furgoneta con comida.
“En cuanto nos ven, se acercan. Hay hambre, de verdad. Mucha hambre”, resume García.
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Redacción: Redaccion