20 de octubre de 2026
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La antigua Roma lavaba la ropa con orina y un emperador decidió cobrar impuestos por ella: la increíble historia del dinero que no huele

En las lavanderías romanas se utilizaba orina fermentada para limpiar la ropa, los trabajadores pisoteaban los tejidos dentro de grandes recipientes y los ciudadanos contribuían a esta peculiar industria depositando sus desechos en recipientes colocados en las calles. El negocio llegó a ser tan importante que el emperador Vespasiano decidió gravarlo con impuestos. De aquella decisión nació una de las anécdotas más famosas de la historia de Roma: «El dinero no huele».

Imaginemos que viajamos dos mil años atrás y entramos en una lavandería de la antigua Roma.

No encontramos lavadoras, detergentes industriales ni suavizantes.

En su lugar, hay grandes recipientes de piedra, agua, sustancias minerales y un líquido de olor extraordinariamente penetrante.

Varios trabajadores permanecen de pie dentro de las tinas.

Con los pies desnudos, pisan una y otra vez las prendas sumergidas en aquella mezcla.

El líquido contiene orina humana.

Y no se trata de una extravagancia ni de una práctica marginal.

Era una actividad económica perfectamente integrada en la sociedad romana.

La orina constituía una materia prima útil para limpiar tejidos, tratar pieles y desarrollar determinadas actividades artesanales.

Su aprovechamiento llegó a despertar el interés de uno de los emperadores más conocidos de Roma.

Vespasiano comprendió que, si había personas dispuestas a pagar por un residuo que todos producían, también existía la posibilidad de recaudar impuestos.

La historia parece una broma.

Pero los textos antiguos y los restos arqueológicos demuestran que buena parte de ella ocurrió realmente.

Las fullonicae: las lavanderías donde se limpiaba la ropa con los pies

En la antigua Roma, los establecimientos especializados en la limpieza y tratamiento de tejidos recibían el nombre de fullonicae.

Sus trabajadores eran conocidos como fullones.

Estos negocios desempeñaban una función esencial en una sociedad donde buena parte de las prendas estaban confeccionadas con lana.

Las túnicas, mantos y togas podían acumular grasa, polvo y suciedad.

Además, los tejidos recién fabricados necesitaban determinados tratamientos para mejorar su textura y apariencia.

Los fullones se encargaban de realizar estas operaciones.

Pero su procedimiento resultaría sorprendente para cualquier persona acostumbrada a una lavandería moderna.

En lugar de introducir las prendas en una máquina, las colocaban en recipientes con soluciones limpiadoras.

Después, los trabajadores se metían en ellos y pisoteaban los tejidos repetidamente.

El movimiento ayudaba a desprender la suciedad y favorecía la acción de los productos utilizados.

Entre esas sustancias figuraban diferentes tipos de arcillas, compuestos alcalinos y orina.

La combinación permitía tratar las fibras antes de proceder al aclarado.

¿Por qué utilizaban orina para lavar la ropa?

La explicación se encuentra en la química.

La orina humana contiene urea, una sustancia que, al descomponerse por la actividad de determinados microorganismos, puede transformarse en amoníaco.

Este compuesto tiene propiedades alcalinas que ayudan a eliminar grasas y determinadas impurezas.

Por eso, la orina envejecida podía resultar útil para algunos procedimientos artesanales.

La clave estaba precisamente en dejar que el líquido se descompusiera.

La orina recién expulsada no tenía exactamente las mismas propiedades que la almacenada durante cierto tiempo.

Los romanos no conocían los procesos químicos con la precisión de la ciencia actual.

Pero la experiencia les había enseñado que determinados residuos podían aprovecharse para limpiar y transformar materiales.

Y encontraron la manera de incorporarlos a sus actividades económicas.

Eso no significa que toda la ropa romana se lavara exclusivamente con orina.

Los fullones también empleaban agua, arcillas absorbentes y otras sustancias.

Además, tras el tratamiento inicial, las prendas debían aclararse cuidadosamente.

Pompeya conserva las pruebas de esta industria

La mejor manera de comprobar cómo funcionaban estos establecimientos es visitar los restos arqueológicos de Pompeya.

La ciudad quedó sepultada durante la erupción del Vesubio en el año 79 después de Cristo.

Aquella catástrofe permitió conservar numerosos edificios que muestran cómo era la vida cotidiana romana.

Entre ellos se encuentran varias lavanderías.

Una de las más conocidas es la Fullonica de Stephanus, situada en la Vía de la Abundancia.

El establecimiento ocupaba una antigua vivienda que había sido transformada para desarrollar actividades textiles.

Su propietario aprovechó diferentes espacios domésticos para instalar las estructuras necesarias.

En el antiguo patio se construyeron recipientes destinados al tratamiento de los tejidos.

También existían depósitos para el aclarado.

En la planta superior podían secarse las prendas.

Y el establecimiento disponía de una prensa destinada a mejorar el acabado de las telas.

El Parque Arqueológico de Pompeya explica que en esta lavandería se utilizaban arcillas especiales y orina para eliminar la suciedad y la grasa.

Sus trabajadores, muchos de ellos esclavizados, debían pisotear los tejidos durante largos periodos.

La existencia de estas instalaciones permite confirmar que la utilización de orina para limpiar ropa no es una leyenda moderna.

Los romanos colocaban recipientes en las calles para recoger la orina

El negocio necesitaba una cantidad considerable de materia prima.

Y precisamente aquí aparece uno de los aspectos más sorprendentes de la historia.

Los responsables de determinadas lavanderías colocaban recipientes en espacios públicos para recoger la orina de los transeúntes.

Los ciudadanos podían utilizarlos para aliviarse.

Posteriormente, el líquido era recogido y trasladado a los establecimientos que lo necesitaban.

De esta manera, un residuo cotidiano se convertía en un producto aprovechable.

La documentación sobre la lavandería de Stephanus en Pompeya confirma la utilización de recipientes situados junto a las vías públicas para obtener orina humana y animal.

No debemos imaginar que todas las calles romanas estuvieran llenas de estos recipientes ni que todos los habitantes participaran del mismo modo.

Pero la práctica está suficientemente documentada como para comprender su importancia.

En cierto sentido, los romanos habían organizado una forma temprana de aprovechamiento de residuos.

Lo que una persona desechaba podía convertirse en materia prima para otra actividad económica.

¿Las togas blancas de los romanos se limpiaban con orina?

La imagen de un senador vestido con una toga impecablemente blanca es una de las representaciones más conocidas de la antigua Roma.

Y resulta sorprendente pensar que algunos de aquellos tejidos pudieron pasar previamente por un tratamiento que incluía orina.

Pero hay un detalle importante.

La orina no era la única responsable de conseguir el color blanco de las prendas.

Los fullones utilizaban diferentes técnicas para mejorar su apariencia.

Después de lavar y aclarar las telas, podían someterlas a tratamientos con azufre.

También se empleaban determinadas arcillas y procedimientos de exposición al sol.

Estas operaciones contribuían a blanquear o mejorar visualmente los tejidos.

El proceso completo podía incluir lavado, aclarado, secado, cepillado y prensado.

Por tanto, sería incorrecto afirmar que bastaba sumergir una toga en orina para obtener una prenda blanca y reluciente.

Las lavanderías romanas aplicaban procedimientos complejos que requerían experiencia profesional.

Los curtidores también aprovechaban este líquido

El sector textil no era el único interesado en las propiedades de la orina.

El tratamiento de pieles animales también podía incorporar sustancias alcalinas obtenidas a partir de ella.

En algunas operaciones de preparación del cuero, estos compuestos ayudaban a eliminar grasa y facilitaban determinados trabajos sobre las pieles.

La fabricación de cuero tenía gran importancia en el mundo romano.

Era necesario para producir calzado, cinturones, correas, equipos militares y numerosos objetos cotidianos.

La demanda de materiales tratados favorecía el desarrollo de actividades artesanales especializadas.

Por eso, la orina podía tener un valor económico superior al que hoy imaginamos.

No era simplemente algo que debía eliminarse.

En determinados contextos constituía un recurso aprovechable.

La sorprendente historia de los celtíberos que se limpiaban los dientes con orina

La utilización de orina también aparece mencionada en textos antiguos relacionados con la higiene dental.

Uno de los testimonios más famosos procede del poeta romano Catulo, que vivió durante el siglo I antes de Cristo.

En su poema número 39, el escritor se burla de un personaje llamado Egnacio.

Según Catulo, aquel hombre sonreía constantemente para presumir de sus dientes extraordinariamente blancos.

Lo hacía incluso en situaciones donde la sonrisa resultaba completamente inapropiada.

El poeta aprovecha esta costumbre para ridiculizarlo.

Egnacio era presentado como celtíbero, es decir, procedente de uno de los pueblos antiguos de la península ibérica.

Y Catulo asegura, con evidente intención satírica, que entre los celtíberos existía la costumbre de frotarse los dientes y las encías con orina.

El escritor termina insinuando que cuanto más blancos tenía Egnacio los dientes, más orina había utilizado.

La historia resulta llamativa por su conexión con los antiguos habitantes de Hispania.

Pero hay que introducir una precaución.

Catulo escribió un poema burlesco, no un tratado científico sobre higiene dental.

Su intención era ridiculizar a Egnacio y presentar determinadas costumbres como extrañas.

Otros autores grecorromanos, como Diodoro de Sicilia y Estrabón, también mencionaron prácticas semejantes atribuidas a pueblos de la península ibérica.

Sin embargo, no disponemos de pruebas suficientes para conocer hasta qué punto se realizaban realmente.

Mucho menos puede afirmarse que todos los habitantes de Hispania o de Roma utilizaran orina para limpiarse los dientes.

Lo que sí sabemos es que la idea circulaba entre los escritores antiguos.

Vespasiano descubre un negocio que también podía pagar impuestos

La parte más famosa de esta historia comienza con la llegada al poder de Tito Flavio Vespasiano.

El emperador gobernó Roma entre los años 69 y 79 después de Cristo.

Su acceso al poder se produjo después de uno de los periodos más convulsos del Imperio.

El año 69 pasó a la historia como el Año de los Cuatro Emperadores.

Tras la muerte de Nerón y una serie de enfrentamientos políticos y militares, Vespasiano logró consolidar su autoridad.

Pero encontró unas finanzas públicas necesitadas de ingresos.

El nuevo gobernante emprendió una política destinada a mejorar la recaudación.

Revisó tributos, aumentó determinados ingresos y buscó nuevas fuentes de financiación.

Entre las actividades económicas que podían proporcionar recursos se encontraba el aprovechamiento de la orina.

Vespasiano decidió establecer una carga fiscal relacionada con este recurso y su utilización.

La medida afectaba al negocio vinculado con la recogida y aprovechamiento del líquido, especialmente el utilizado por los trabajadores textiles.

No debe interpretarse como un impuesto individual que todo ciudadano pagaba cada vez que orinaba.

Su funcionamiento exacto no se conoce con todos los detalles administrativos.

Pero los historiadores antiguos confirman que Vespasiano obtuvo ingresos mediante este sistema.

Tito se indigna: ¿cómo puede un emperador cobrar por la orina?

La decisión provocó una reacción especialmente conocida.

El propio hijo del emperador, Tito, consideró que aquel impuesto era indigno.

No parecía adecuado que el gobernante del mundo romano obtuviera ingresos mediante algo tan desagradable.

La anécdota fue recogida por Suetonio en su obra Vida de los doce césares.

Según el historiador, Vespasiano decidió responder a su hijo de una manera inesperada.

Tomó una moneda procedente del primer pago del impuesto.

Después la acercó a la nariz de Tito.

Y le preguntó si percibía algún olor desagradable.

El joven respondió que no.

Entonces Vespasiano pronunció la frase que ha quedado asociada a su nombre:

«Atqui e lotio est».

Es decir:

«Y, sin embargo, procede de la orina».

La respuesta resumía perfectamente la actitud del emperador.

El origen de los ingresos podía resultar desagradable.

Pero el dinero recaudado seguía teniendo el mismo valor.

El historiador Dion Casio también recogió una versión de esta conversación, lo que demuestra que la anécdota alcanzó una notable difusión en la tradición histórica romana.

«Pecunia non olet»: el dinero no huele

A partir de este episodio surgió una de las expresiones latinas más conocidas.

«Pecunia non olet».

Su significado es sencillo: el dinero no huele.

Se utiliza para indicar que el valor económico de una cantidad no depende de la actividad de la que proceda.

En ocasiones, la frase se emplea con un sentido crítico o irónico para referirse a quienes aceptan ingresos sin preocuparse demasiado por su origen.

Pero existe una curiosidad que merece destacarse.

Suetonio no atribuye literalmente a Vespasiano las palabras pecunia non olet.

Lo que recoge es la respuesta relacionada con la procedencia de la moneda.

La frase que conocemos actualmente constituye una formulación tradicional que resume el sentido de aquella anécdota.

Este matiz resulta importante porque permite distinguir entre las palabras conservadas en una fuente histórica y los refranes que se popularizaron posteriormente.

Los urinarios franceses todavía recuerdan el nombre de Vespasiano

La fama de aquel impuesto fue tan grande que terminó dejando una huella en el vocabulario europeo.

En Francia, ciertos urinarios públicos instalados en las calles recibieron el nombre de vespasiennes.

En Italia existe igualmente la denominación vespasiani.

Ambas expresiones están relacionadas con el nombre del emperador romano.

En el caso francés, el término comenzó a utilizarse durante el siglo XIX.

El Diccionario de la Academia Francesa confirma su origen etimológico y su relación con el impuesto sobre la recogida de orina.

No significa que los urinarios parisinos fueran una continuación directa de los establecimientos de la antigua Roma.

Los modelos urbanos modernos aparecieron muchos siglos después.

Pero el nombre del emperador quedó unido para siempre a esta función.

Es una curiosa paradoja histórica.

Uno de los gobernantes más relevantes del Imperio acabó siendo recordado también por su relación con los urinarios públicos.

El emperador que inició la construcción del Coliseo

Vespasiano tuvo una importancia histórica que va mucho más allá de su peculiar impuesto.

Fue el fundador de la dinastía Flavia.

Contribuyó a estabilizar el Imperio después de los enfrentamientos que siguieron a la muerte de Nerón.

Antes de convertirse en emperador había desempeñado un papel destacado en la campaña romana contra la rebelión de Judea.

Posteriormente, su hijo Tito culminó el asedio de Jerusalén en el año 70.

Vespasiano también impulsó importantes proyectos urbanísticos en Roma.

Entre ellos destaca la construcción del Anfiteatro Flavio, conocido actualmente como Coliseo.

Las obras comenzaron durante su reinado.

Sin embargo, Vespasiano murió antes de ver terminada la construcción.

Fue Tito quien inauguró el anfiteatro en el año 80 después de Cristo.

El Coliseo terminó convirtiéndose en uno de los monumentos más famosos de toda la civilización romana.

Resulta llamativo que el mismo emperador que impulsó semejante obra pública haya pasado a la historia por una conversación sobre el olor de una moneda.

Su última broma: «Creo que me estoy convirtiendo en un dios»

Vespasiano también tenía fama de poseer un sentido del humor peculiar.

Suetonio recogió numerosas anécdotas sobre sus comentarios irónicos.

Y una de las más famosas se produjo durante su última enfermedad.

En la antigua Roma, determinados emperadores fallecidos podían recibir honores divinos.

Vespasiano conocía perfectamente aquella costumbre.

Por eso, cuando enfermó gravemente y comprendió que se acercaba su final, habría pronunciado una frase extraordinaria:

«Vae, puto deus fio».

Su traducción aproximada sería:

«¡Ay! Creo que me estoy convirtiendo en un dios».

La frase aparece recogida en el mismo capítulo de Suetonio que contiene la anécdota del impuesto sobre la orina.

Es una muestra del humor atribuido al emperador incluso ante la muerte.

Vespasiano falleció el 23 de junio del año 79.

Tenía 69 años.

Y dejó un Imperio más estable que el que había encontrado al acceder al poder.

La historia de Roma que demuestra que hasta los residuos tenían valor

La antigua Roma desarrolló una sociedad urbana extraordinariamente compleja.

Sus ciudades necesitaban sistemas de abastecimiento, talleres, transportes, mercados y servicios especializados.

Las lavanderías eran una parte de esa economía.

La utilización de orina muestra cómo los habitantes del mundo antiguo encontraron aplicaciones prácticas para materiales que hoy consideramos residuos.

No se trataba de una tecnología comparable a los productos de limpieza actuales.

Tampoco significa que las condiciones de trabajo fueran saludables o higiénicas según nuestros conocimientos modernos.

Pero demuestra que los artesanos romanos sabían aprovechar determinadas propiedades de los materiales mediante la experiencia.

El caso de Vespasiano añade una dimensión económica.

Cuando una actividad generaba beneficios, el Estado podía intentar obtener una parte de ellos.

Incluso si aquella actividad consistía en recoger orina.

Hace casi dos mil años, los romanos utilizaron un residuo humano para limpiar tejidos, tratar materiales y desarrollar una actividad comercial. Después, un emperador decidió que también podía recaudar impuestos por ello.

La historia terminó convirtiéndose en una frase que sigue utilizándose hoy: el dinero no huele.

Y quizá lo más sorprendente es que, detrás de una anécdota aparentemente escatológica, encontramos una explicación real sobre la industria, la economía y la vida cotidiana de la antigua Roma.

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