Antes incluso de que el público español pudiera sentarse en una butaca, Marty Supreme ya había logrado algo que muchos estrenos millonarios persiguen sin éxito: dominar la conversación pública. Y no lo hizo con tráilers virales ni giros de guion filtrados, sino con una chaqueta. Un simple cortavientos que ha pasado de ser merchandising a convertirse en símbolo aspiracional, meme generacional y objeto de culto.
La película, protagonizada por Timothée Chalamet y producida por A24, se estrenó en España a finales de enero de 2026. Pero su impacto empezó semanas antes, cuando una tienda efímera en el SoHo neoyorquino desató colas, ansiedad colectiva y un mercado de reventa que hoy alcanza cifras de vértigo.
De objeto promocional a símbolo de estatus
El detonante fue casi quirúrgico. Chalamet anunció en redes la apertura fugaz del local. Nada más. Bastó eso para que cientos de personas se congregaran con una misión clara: conseguir la chaqueta de Marty Supreme. Dentro, el ambiente recordaba más al lanzamiento de un nuevo smartphone que a una venta de ropa: estanterías vacías en minutos, empleados embalando sin descanso y clientes preguntando por tallas imposibles.
El modelo más codiciado, el azul, desapareció primero. Después el negro, el rojo y el naranja. Precio oficial: 250 dólares. Precio en reventa semanas después: hasta 7.600 euros en plataformas especializadas.
Quién está detrás del diseño
La prenda no es casual ni improvisada. Está firmada por Doni Nahmias, diseñador de la firma angelina Nahmias, en colaboración directa con Chalamet, su estilista Taylor McNeill y la productora. El resultado es un cortavientos de estética retro, con ecos deportivos noventeros y una identidad visual que encaja milimétricamente con el universo de la película.
No es vestuario del filme. Y, sin embargo, es ya inseparable de él.
Celebridades, narrativa y viralidad calculada
La campaña fue tan extraña como efectiva. La chaqueta apareció en cuerpos tan dispares como los de Tom Brady, Lamine Yamal, Kid Cudi, Frank Ocean, Justin Bieber o Kylie Jenner. No como anuncio explícito, sino como señal: quien la lleva, pertenece.
A eso se sumaron acciones promocionales deliberadamente surrealistas: microactuaciones en Times Square, cascos de ping-pong, un dirigible naranja sobrevolando California o vídeos parodia proponiendo pintar monumentos de ese color. Todo contribuía a romper con la imagen clásica de Chalamet y a reforzar una idea central: ambición sin complejos.
“Cura la depresión masculina”… en clave irónica
En redes sociales, especialmente en TikTok y X, la chaqueta empezó a circular como broma y como diagnóstico. “Póntela y se te pasa la apatía”, decían algunos vídeos. La ironía escondía algo más profundo: la búsqueda de referentes, estilo y propósito en una masculinidad joven desorientada.
Vestir la prenda se convirtió en un gesto simbólico. No prometía felicidad real, pero sí pertenencia, confianza, aura. Y la campaña no solo toleró esa lectura: la amplificó.
Mucho más que una película de ping-pong
Marty Supreme, dirigida por Josh Safdie, se inspira libremente en la figura del legendario jugador estadounidense Marty Reisman. Sobre el papel, una historia de ping-pong ambientada en los años cincuenta no parecía destinada a liderar tendencias globales. En la práctica, ha demostrado que la promoción cultural ha cambiado de reglas.
Hoy, una película no solo se ve: se viste.
Y antes incluso de que muchos espectadores hayan visto el primer plano de la cinta, Marty Supreme ya ha ganado su primera batalla: ser reconocible, deseada y discutida. Todo gracias a una chaqueta que empezó como merchandising… y acabó como emblema.