Lucía de Cartagena: la esclava que desafió al poder colonial (1715)
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Lucía de Cartagena: la esclava que desafió al poder colonial en 1715
En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, cuando los galeones atracaban con los lomos cargados de mercancías y seres humanos, ocurrió un episodio que durante más de tres siglos quedó atrapado entre susurros, archivos incompletos y la incomodidad de quienes preferían olvidar. Es la historia de Lucía, una mujer arrancada del Congo, convertida en esclava en el Caribe y finalmente protagonista de uno de los actos de rebelión más potentes y silenciados del periodo colonial.
Cartagena, 1715: un puerto de riqueza, violencia y silencios
A comienzos del XVIII, Cartagena era la joya amurallada de la Corona: un puerto vibrante, estratégico, hermoso… y brutal. Sus calles empedradas escondían el corazón del comercio esclavista legal más grande del Imperio español. Allí convivían comerciantes enriquecidos, funcionarios de la Corona, clérigos… y miles de africanos que cargaban con cadenas visibles e invisibles.
En ese escenario vivía Lucía, una joven congoleña que había sobrevivido al viaje más mortal del Atlántico: el paso del medio. El océano la había marcado para siempre, pero no había logrado apagar su identidad ni su voluntad. Fue comprada por don Rodrigo de Armentia, un comerciante castellano que ostentaba fortuna, autoridad y un historial de castigos a sus esclavos que era conocido en el barrio, aunque sus pares preferían no comentarlo en voz alta.
La cocina: un reino pequeño donde Lucía aún tenía voz
Lucía fue asignada a la cocina, un espacio donde el fuego, los morteros y los aromas eran casi el único lugar donde su mano podía imponerse al mundo. Sus guisos eran celebrados sin que nadie pronunciara su nombre. Su arroz con coco era famoso entre los invitados del amo, que alababan la comida pero nunca a la cocinera.
Ella sabía callar. Había aprendido que en Cartagena el silencio también era una forma de supervivencia. Pero detrás de cada movimiento de cuchillo se escondía una memoria intacta: canciones de su aldea, historias que su madre le contaba bajo la luna africana, el orgullo de un pueblo que nunca aceptó ser reducido a propiedad.
La cena del 14 de agosto de 1715
Aquel día, don Rodrigo anunció una cena extraordinaria. Llegaban dos emisarios del virreinato de Perú y quería impresionar. Ordenó a Lucía que preparara “la comida más grande del mes”. Ella obedeció, como siempre. Pero esa noche, cada gesto suyo estaba cargado de una determinación silenciosa que nadie supo leer.
El banquete fue un derroche: pescados especiados, carnes adobadas, frutas confitadas, calderos de guisos espesos donde el aceite de palma ardía como un sol enfermo. Los invitados rieron, bebieron y celebraron. Para ellos era solo otra noche de excesos. Para Lucía era algo distinto: la culminación de una vida de abusos.
La madrugada roja
Horas después de la cena, los gritos comenzaron a romper el silencio. Los comensales empezaron a convulsionar. Algunos reían sin control hasta que el terror les deformaba la boca. Don Rodrigo apenas alcanzó a salir al patio antes de desplomarse escupiendo espuma rosada.
Alguien gritó:
“La esclava los ha envenenado.”
Lucía no huyó. Caminó hasta el fogón, vertió el resto del guiso en el caldero ardiente y observó cómo el aceite chisporroteaba como si quisiera borrar cualquier rastro.
Entonces pronunció la frase que los cronistas del cabildo transcribieron con frialdad, pero que los descendientes de esclavos repitieron durante generaciones en voz baja:
“Ellos tomaron mi vida. Yo solo tomé la suya.”
El juicio y el silencio posterior

Lucía fue apresada de inmediato. Los documentos del proceso han sobrevivido solo de forma fragmentaria, pero permiten intuir una mezcla de miedo, rabia y desconcierto entre las autoridades. La élite de Cartagena temía cualquier acto de rebelión africana: la ciudad había vivido amagos de sublevaciones y rumores de conspiraciones cimarronas durante décadas.
La sentencia de Lucía nunca fue preservada. Hay historiadores que afirman que fue ejecutada en la horca; otros aseguran que fue enviada a trabajos forzados en las fortificaciones del puerto. Pero lo que sí sobrevivió fue su nombre, convertido en símbolo entre quienes compartieron su destino: una mujer que, aun enfrentando lo imposible, decidió no seguir obedeciendo.
La memoria que no se pudo borrar
La historia oficial del imperio nunca recogió su nombre, pero Lucía se convirtió en leyenda en los barrios afrodescendientes de Cartagena. Su acto, más que violencia, fue interpretado como el último gesto de dignidad de una vida triturada por un sistema inhumano.
Hoy, cuando turistas pasean por las murallas, pocos imaginan que bajo las losas de la ciudad descansan historias como la suya. Pero basta detenerse frente a una cocina colonial, sentir el calor del fogón antiguo, para comprender que la Cartagena del siglo XVIII no se escribió solo con nombres españoles. También con voces africanas que, incluso en silencio, nunca dejaron de arder.