La fachada del Palau de l’Almirall, en la calle del Palau de València, guarda un detalle que puede pasar inadvertido: entre sus sillares se distinguen antiguos arcos y accesos cerrados. Son las huellas de las transformaciones de un edificio cuya historia incluye espacios con posibles usos comerciales.
Un proyecto de intervención arqueológica firmado por Víctor Algarra y Paloma Berrocal recoge una interpretación de esas marcas: varios arcos de medio punto podrían corresponder a antiguos obradors, talleres o tiendas abiertos a la calle. El documento plantea su posible relación con las llamadas Carnisseries Noves, documentadas en 1295 y cerradas en 1321. Esa identificación se presenta como una hipótesis, no como una certeza.
Una fachada que cambió con sus habitantes
La investigación también describe otra transformación medieval: la apertura de una secuencia de ocho arcos en el muro del palacio. Sus autores reconocen que desconocen el motivo exacto de aquella intervención y proponen distintas posibilidades.
Una sería facilitar la entrada y salida de productos necesarios para la casa. Otra, dividir parte de la planta baja en pequeños locales que pudieran alquilarse como tiendas o talleres y proporcionar ingresos a sus propietarios.
Por tanto, las puertas cegadas deben entenderse como el resultado de sucesivas reorganizaciones del inmueble. Los accesos que fueron útiles en una etapa dejaron de serlo cuando cambiaron la distribución interior y las necesidades de sus ocupantes.
El Colegio Territorial de Arquitectos de Valencia explica que la fachada combina vestigios góticos con la reforma del siglo XVIII. Las restauraciones permitieron recuperar la visión de la piedra y hacer visibles elementos de esas etapas anteriores.
La próxima vez que pases por esta estrecha calle de Ciutat Vella, merece la pena detenerse ante el palacio. Esos arcos que ya no conducen a ninguna parte permiten leer, sobre la propia piedra, cómo una casa señorial fue cambiando durante siglos.






