Los ciegos oracioneros se constituyeron en hermandad en 1314 y adoptaron como patrona a la Santa Creu, por lo que pronto tuvieron en esta iglesia su cofradía. Poseían lámpara en su capilla y derecho a sepultura, según un privilegio real concedido por Alfonso III de Aragón el día 5 de octubre de 1329.
En el censo de la ciudad de 1860 se hallaban registrados 52 ciegos. Entre ellos se hallaban algunos oracioneros que se ganaban el pan con guitarra en mano recorriendo las calles de la ciudad, recitando sus canciones, oraciones y aquellos romances con sucesos trágicos. Los ciegos ofrecían los col·loquis y romances en los impresos llamados pliegos de cordel, convertidos en literatura popular. Se vendían en lugares bastante concurridos: en las plazas de la Seo, de Serranos y la del Mercado.

Los ciegos ofrecían los col·loquis y romances en los impresos llamados pliegos de cordel, convertidos en literatura popular.
A principios del siglo XX aún permanecían algunos ciegos oracioneros que cantaban sus coplas y romances al son de una guitarra. El escritor Pío Baroja, en su obra Vitrina pintoresca (1935), dejó escrito un documento testimonial sobre uno de ellos que permanecía en la calle Baja:
El escritor Pío Baroja, en su obra Vitrina pintoresca (1935), dejó escrito un documento testimonial sobre uno de ellos que permanecía en la calle Baja:
Cuando yo era estudiante en Valencia, hace más de cuarenta años, al volver del hospital a la calle de Liria, solía pararme en la calle Baja ante un ciego que cantaba la oración con gran estilo. Yo le escuchaba con fervor. La principal copla de su canción que recuerdo, era ésta: “Cuando el ángel San Gabriel vino a darnos la embajada que María electa es, al punto quedó turbada. María le dijo, esclava soy yo del eterno Padre que a Dios me envió”. Esta canción acompañada del run-run de la guitarra, se armonizaba muy bien con las callejuelas estrechas y mal iluminadas de aquella parte de la ciudad.

En 1891 las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada dirigían el Colegio de Sordomudos y Ciegos que, bajo el patronazgo del Círculo Católico de Obreros, se había inaugurado en octubre de 1887 en un modesto local de la calle de Renglons. Más tarde se trasladaron al palacio de los Condes de Alaquàs. Allí estuvieron hasta 1900 en que, nuevamente, se trasladó el centro a la plaza de la Bocha nº 1 y calle del Triador nº 24.
Romances de ciego sujetos a las cuerdas del auxilio, invidentes que cantaban su destino por las calles y plazas de una ciudad que nunca vieron.

A. P. R. S. = Archivo Privado de Rafael Solaz.
La Cofradía de los Ciegos se instauró desde el año de su fundación en la actual plaza de la Cruz, en la entonces parroquia de su nombre. Su principal misión era instar a sus miembros a la música y a la oración, y disponían de tres años para su formación. Y entonaban sus rezos con la música de guitarras y violines para hacer llegar sus enseñanzas a los necesitados de forma grata y a la vez más fructífera. Su devocional tarea eran al mismo tiempo como un modo de vida, pues eran muchas la veces que requerían de sus servicios, recompensados con donativos.
Rafael Solaz nos habla de ellos, de aquellos Cofrares, del lugar donde se establecieron, y no sólo por tener ganado el derecho, y de sobra, a su divulgación, sino por la cercanía al lugar, toda vez que cuando Solaz abrió por vez primera sus ojos a su barrio querido, lo hizo desde muy cerca.
Rafael Solaz no deja de sorprendernos gratamente una y otra vez. En ésta ocasión y, con el mismo fervor y entusiasmo que él escuchaba al ciego en la calle Baja, nosotros leemos su artículo boquiabiertos ante su magistral relato.
“Romances de Ciego” con estilo no culto, generalmente anónimos y tratando temas del momento que buscan impresionar al auditorio por su dramatismo, truculencia o desenlace trágico. Para la recitación, los ciegos se acompañaban del violín, rabel o zanfona.
Quienes compraban los “pliegos de cordel”, luego los recitaban en el ámbito de la familia, los amigos, en fiestas colectivas de distinto signo mientras cantaban, bailaban y recitaban romances.
Los relatos casi siempre buscaban logran una finalidad moralista y los temas, transcurridos ya el tiempo, no desentonarían en modo alguno con las informaciones que podemos encontrar en cualquier periódico de la actualidad.
Y como al autor pudo decir en su momento, yo me atrevo a concluir : “Y aquí se acaba el romance que en el pliego escrito está, sólo dos céntimos cuesta a quien lo quiera llevar”