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Macarrón explica los factores por los que se oculta la extrema gravedad de la baja natalidad

Alejandro Macarrón ha escrito varios libros sobre este tema, entre los que destacan El suicidio demográfico en España y Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo

Alejandro Macarrón ha escrito varios libros sobre este tema, entre los que destacan El suicidio demográfico en España y Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo

Los terribles datos que publicó el INE pasan desapercibidos para la clase política

La pasada semana, el Instituto Nacional de Estadística publicaba un dato demoledor. En el primer semestre de 2018 nacieron en España 179.794 niños, un 5,8% menos que en el mismo periodo de 2017, ya un “annus horribilis” para la natalidad.

Estas nuevas cifras suponen que en el país nacen menos niños que en 1941, en plena posguerra, hambre, pobreza y con 20 millones de habitantes menos. Este es el ejemplo más gráfico de lo que Alejandro Macarrón define como “suicidio demográfico”.

Pese a que estos datos suponen un estoque a España como nación y todo el Estado de Bienestar en el que sustenta, los políticos no le han dado ni la más mínima importancia.Macarrón, uno de los mayores expertos en demografía en España, sin embargo, sí le concede la gravedad debida. En un detallado análisis en El Debate enumera los factores que han llevado a esta situación:

¿Por qué no se afronta en serio el problema de baja natalidad?

El político norteamericano Al Gore sacudió el mundo hace años con su documental Una verdad incómoda, sobre el peligro de calentamiento global. Y la expresión “verdad incómoda”, ciertamente, tuvo mucho éxito.

¿Por qué no se produce una alerta masiva similar en relación a la muy insuficiente natalidad de España, Occidente en general, extremo Oriente, y un número creciente de países de otras partes del mundo, y tras ella, como coloquialmente se dice, “nos ponemos las pilas” para lograr que mejore apreciablemente en este indicador clave sobre nuestra auténtica salud social? Como el calentamiento global, la baja natalidad es un fenómeno que produciría efectos catastróficos a medio y largo plazo. Pero a diferencia de lo que ocurre con el calentamiento global, no hace falta ser un experto en una disciplina científica tan compleja como la climatología, algo solo al alcance de un puñado de seres humanos, para entender que, si nacen cada año menos niños, la sociedad tiende a menguar en población y envejecer más y más por falta de savia joven. Y a término, a extinguirse. Tampoco hace falta dominar los complejos conocimientos económicos y de impacto ambiental que conducirían a la conclusión de que la subida de un par de grados en un siglo de la temperatura media sería muy dañina para la humanidad, y que es mejor tratar de evitarla que adaptarse a ella, aprovechando lo que también de bueno conllevaría (por ejemplo, al haber más CO2 en la atmósfera, ceteris paribus, habría más vegetación en la Tierra. Y a los países de clima frío les vendría de cine algún que otro grado extra de temperatura), para comprender que una sociedad sin apenas niños y jóvenes, menguante y decrépita, está abocada al empobrecimiento económico y afectivo, a una gerontocracia electoral, y a la irrelevancia en la esfera internacional por su decreciente peso demográfico. No, comprender que la falta de niños es un grave problema, y que necesitamos más, es facilísimo. Y sin embargo, en Occidente en general, y en España en concreto, a la baja natalidad se le da una importancia ínfima para la colosal magnitud del problema social que está generando y generará, pese a que es obvio que, efectivamente, conduce a un gran desastre social -que en parte ya se está viviendo en las zonas de España que se está quedando despobladas y con poblaciones remanentes enormemente envejecidas, y eso que en ellas aún se pueden recibir pensiones, servicios médicos y otras transferencias de riqueza producida en el resto de España, que alivian lo peor de este problema en lo material-, y lo fácil que, para cualquier prójimo, es comprender que una sociedad sin niños no tiene futuro.

¿Por qué no se hace apenas caso al problema de baja natalidad y al llamado invierno / suicidio demográfico que genera? Ciertamente, no solo porque sea un problema de largo plazo, sin efectos visibles de un día para otro por su lenta evolución, porque eso mismo cabe decir del calentamiento global (dos grados de subida media de temperaturas en un siglo no se notan de un día para otro, o incluso de un año para otro, ni siquiera de una década a la siguiente. Y dentro de un siglo, como decía Keynes, “todos calvos”), y todos sabemos el mucho caso que se hace en la agenda público-mediática al cambio climático.

Un asunto “incómodo”

La explicación principal, por mi experiencia como divulgador del tema, es que el problema de la baja natalidad es un asunto incómodo para una gran parte de la gente que no tiene o no quiere tener (apenas) hijos, cuando oyen o leen que si, en media, nacen menos de dos hijos por mujer, nuestra sociedad acabaría hundiéndose. Aproximadamente la mitad de los españoles acaba teniendo uno o ningún hijo. Y claro, a los políticos, que saben que, para que les voten, hay que agradar al votante potencial, y en ningún caso incomodarle, les da miedo hablar de que España se está labrando la ruina por falta de niños, y que necesitamos en media al menos dos hijos por mujer (y por hombre). Temen que muchos de los numerosísimos votantes sin hijos o ganas de tenerlos se sientan “reñidos” por quien diga que es necesario que los españoles tengamos más niños, so pena de labrarnos un gran desastre colectivo.

Pero hay más elementos importantes de “incomodación”.

La baja natalidad es (o debería ser) un tema muy incómodo para una gran parte del influyente movimiento feminista actual, a diferencia del primigenio, que centró su actividad, con gran valentía y justicia, en lograr la plena igualdad en materia legal, en respeto y dignidad, entre hombres y mujeres, ideal al que me adhiero al 100%. Para gran parte del movimiento feminista actual, con tanto predicamento en los políticos, los medios de comunicación y la sociedad en general, que las mujeres sean madres de varios hijos es algo entre prescindible y contraproducente, en vez de ser, como siempre fue y prescribe su biología, un elemento esencial para “realización vital integral” del 90% o más de las mujeres (y de los varones, también de los varones). Irónicamente, si no tenemos suficientes hijos para lograr la continuidad de nuestra sociedad, a la larga se acabarían suprimiendo todas las diferencias entre mujeres y varones, discriminaciones negativas y positivas incluidas, al desaparecer tanto las chicas como los chicos.

 

Es un asunto desasosegante, asimismo, para quienes -como el autor de estas líneas- disfrutan al contemplar cómo la humanidad en general, y Occidente en particular, ha dado un salto gigantesco en los últimos 200 años en progreso material y científico, en esperanza de vida y salubridad, en reducción de la pobreza extrema, en igualdad de derechos y posibilidades de prosperar de todos los ciudadanos, independientemente de su clase social de origen y su sexo, en libertad política, en tasas de alfabetización, en reducción de la violencia, etc.… Y sin embargo, pese a estar ahora objetivamente mejor que nunca en lo material, tenemos menos niños que en cualquier otro tiempo. Una de las características fundamentales del actual modelo de sociedad es justamente la insuficiencia de niños, la cual, de no corregirse, haría inviable a medio y largo plazo la continuidad de ese bienestar inédito en la ya millonaria historia de la humanidad, desde el australopitecus afarensis hasta ahora, por la vía de la despoblación y el envejecimiento acelerado. ¿Seremos capaces de sobrevivir como sociedad a la prosperidad, la libertad política y otros valiosos avances en tantos campos, sin parangón en la historia humana, cuando al mismo tiempo que disfrutamos de todos esos logros nuestra fecundidad se ha desplomado hasta niveles de inviabilidad social a largo plazo? Si no logramos reajustar el modelo de sociedad de modo y manera que la natalidad de repunte sustancialmente, la respuesta sería negativa.

Qué factores explican la situación actual


Y para empeorar las cosas, hay relevantes factores que dificultan que se dé al problema de baja natalidad de España y Occidente la importancia que merece, entre los que cabe citar los siguientes:

– Unos ambientes académico-intelectuales españolas y europeos que siguen creyendo, muy mayoritariamente, que el problema demográfico del mundo es la superpoblación, pese a que la tasa de natalidad mundial ya solo está en el nivel de reemplazo, y sigue cayendo, y a que la riqueza y los recursos generados han crecido mucho más que la población en los últimos 40 – 50 años (conjurando los temores malthusianos de que ocurriese lo contrario). Y que no les preocupa que, vaya como vaya la demografía mundial, ellos vivan en países con una tendencia clara al declive demográfico autóctono, por la escasez de nacimientos.

– Un ecologismo actual del que cabe algo parecido a lo del feminismo. El ecologismo primitivo es inapelable: no hay que dañar el medio ambiente de forma significativa en aras de nuestro bienestar material. Claro que no. Pero el ecologismo actual, en muchos casos, ha dado un paso más, abiertamente antihumanista y no soportado en evidencias científicas irrefutables: la tesis de que la huella ecológica que produce el ser humano es muy mala para el planeta, y por tanto, es mejor no tener hijos, o bien uno a lo sumo. Este ecologismo radicalizado prioriza la supuesta salud de la Tierra sobre el bienestar humano, en vez de procurar que ambas cosas sean compatibles, como sería lo deseable.

– El efecto anestesiante de la inmigración extranjera sobre la percepción social de que tenemos un problema demográfico grave. Los inmigrantes nos aportan mano de obra y niños, lo que permite cubrir una parte de las necesidades del mercado laboral en países con un número cada vez menor de jóvenes nativos, y además hace que mejoren nuestras tasas globales de fecundidad, el saldo entre nacimientos y muertes, y los indicadores de envejecimiento social. “No pasa nada si no tenemos apenas hijos, que ya resolveremos nuestro problema demográfico con inmigración extranjera”, dice mucha gente, en especial en ambientes políticos e intelectuales. La realidad es menos idílica. La experiencia nacional e internacional indica que la inmigración extranjera bien gestionada puede servir para cubrir una parte del hueco demográfico que genera una natalidad insuficiente, pero muy difícilmente puede ser toda la solución a este grave problema social, por varias razones: 


1) No es fácil atraer inmigración cualificada. En el mundo actual hay una oferta virtualmente ilimitada de mano de obra no cualificada, pero no de la cualificada.

2) En países con un Estado de bienestar muy generoso, se tiende a atraer y retener más inmigración de la que necesita su mercado laboral. Esto ha pasado en España, donde las tasas de paro de los extranjeros han sido muy abultadas desde 2008. 

3) La buena integración social de la inmigración no es cosa trivial, y más cuanto mayor sea la diferencia sociocultural con la gente del país de acogida.

4) En el futuro, salvo personas muy poco cualificadas, la propensión a emigrar desde los países emergentes va a caer drásticamente, porque esas naciones finalmente se están desarrollando, y porque va dejando de haber en ellos la presión demográfica que generaba su alta natalidad tradicional, al tener ahora una fecundidad mucho menor que la de siempre, y con tendencia a la baja.

– Unas élites político-económicas a las que, con pocas excepciones, parece preocuparles solo su poder, dinero y prestigio, pero van escasitas de patriotismo, en vista de la poca importancia que dan al desastre demográfico en ciernes por falta de nacimientos. Todas las sociedades tienen élites, y si una sociedad va bien, es muy razonable que esas élites disfruten de dinero, poder y prestigio social. Se podría decir que, cuando una sociedad funciona bien, se lo merecen, se lo han ganado. Pero cuando una sociedad como la nuestra va fatal en algo tan vital, tan de ser o no ser como la natalidad, y sus élites no hacen nada para tratar de corregirlo, están fallando estrepitosamente en su deber moral de trabajar por el bien común, no solo por el propio, un deber que en las sociedades exitosas es la contrapartida de la primogenitura social de que disfrutan.

Por todo lo anterior, que dificulta sobremanera que en España -y Europa- se haga del repunte de la natalidad una de nuestras primerísimas prioridades en la agenda pública, creemos que solo si la sociedad en su conjunto toma conciencia de esta incomodísima verdad (la magnitud colosal del problema que generará a medio y largo plazo una tasa de fecundidad muy inferior a la necesaria para asegurar el relevo generacional), y se asusta de la que se nos viene encima, reaccionará de manera suficiente. Sin esa reacción social y política ante la carencia de bebés, nuestros fundamentos demográficos se seguirán deteriorando. No hay otra.

 

 

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