Durante años, las grandes plataformas tecnológicas han negado cualquier responsabilidad directa sobre el deterioro de la salud mental de los menores. Ahora, esa defensa empieza a resquebrajarse. Meta, TikTok y YouTube se enfrentan en Estados Unidos a un juicio que puede marcar un punto de inflexión histórico: por primera vez, un tribunal analizará si el diseño de estas plataformas fomenta deliberadamente la adicción en niños y adolescentes.
No se trata de un debate moral. Es un proceso judicial con consecuencias legales, económicas y políticas de gran alcance.
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El caso que puede cambiar las reglas del juego
La demanda ha sido presentada por una joven estadounidense de 19 años, identificada como KGM, que asegura haber desarrollado una dependencia severa a Instagram, TikTok y YouTube desde la infancia, con un impacto directo en su salud mental: depresión profunda y pensamientos suicidas.
La acusación no apunta al contenido concreto que consumía, sino a algo más incómodo para las compañías: la arquitectura de sus productos. Según la demanda, las plataformas fueron diseñadas para maximizar el tiempo de uso mediante mecanismos psicológicos comparables a los de los casinos —recompensas variables, scroll infinito, notificaciones constantes— con pleno conocimiento de sus efectos en cerebros en desarrollo.
El planteamiento es clave: no se acusa a las redes de alojar contenido dañino, sino de fabricar dependencia.
El muro legal que podría caer
Hasta ahora, las grandes tecnológicas se han protegido bajo las leyes estadounidenses que limitan su responsabilidad sobre lo que publican los usuarios. Pero este juicio intenta abrir una brecha decisiva: si el daño proviene del diseño del producto y no del contenido, esa protección podría dejar de aplicarse.
Si el jurado acepta ese argumento, el impacto será enorme. No solo para este caso, sino para miles de demandas similares que ya esperan turno en distintos estados de EE. UU. y en Europa.
No es casualidad que Snap Inc., matriz de Snapchat, haya optado por un acuerdo extrajudicial reciente. El movimiento se interpreta como una señal de alerta: el riesgo jurídico empieza a ser real.
Directivos en el banquillo y un modelo en cuestión
El juicio podría prolongarse hasta ocho semanas y se espera la comparecencia de altos ejecutivos, incluido Mark Zuckerberg, consejero delegado de Meta. No será un juicio técnico, sino narrativo: se debatirá qué sabían las empresas, cuándo lo supieron y por qué siguieron adelante.
La pregunta de fondo es demoledora:
¿puede una empresa alegar neutralidad cuando su modelo de negocio depende de mantener a menores conectados el mayor tiempo posible?
Una ofensiva judicial global
El caso de KGM no es aislado. En Estados Unidos, más de 40 estados y numerosos distritos escolares han iniciado acciones legales contra Meta. TikTok afronta litigios en más de una docena de estados. En Europa, familias de Italia y Francia ya han llevado a los tribunales a Meta y TikTok por daños psicológicos en menores. La primera vista italiana está prevista para febrero.
El patrón se repite: menores hiperconectados desde edades cada vez más tempranas, sin salvaguardas reales y con consecuencias emocionales crecientes.
Lo que dice la sociedad (y lo que no hacen las plataformas)
Mientras las empresas defienden la autorregulación, la sociedad va por delante. En España, casi el 93% de la población apoya que las plataformas incluyan advertencias explícitas sobre el riesgo de adicción, según estudios recientes. El respaldo es mayoritario incluso entre jóvenes adultos.
Los datos sobre uso digital refuerzan la preocupación:
- El primer móvil llega antes de los 11 años.
- A los 12, tres de cada cuatro menores ya tiene uno.
- Más del 90% de los adolescentes usa redes sociales, muchos en varias plataformas a la vez.
La exposición es masiva. Las protecciones, mínimas.
No es tecnología, es responsabilidad
Este juicio no va de prohibir redes sociales ni de demonizar Internet. Va de algo más básico: responsabilidad empresarial en productos dirigidos —de facto— a menores.
Durante años, las plataformas han insistido en que el problema es el uso, no el diseño. Ahora un tribunal examinará si eso es cierto o si, por el contrario, la adicción es una característica, no un efecto colateral.
Si el jurado da la razón a la demandante, el mensaje será claro: no todo vale en nombre de la innovación.
Y por primera vez, el negocio de la atención ilimitada podría empezar a tener límites.