Un estudio internacional reconstruye con un nivel de detalle sin precedentes la red viaria del Imperio romano y cuestiona dos ideas repetidas durante siglos: que Roma era el gran centro de todas las calzadas y que los romanos construían siempre en línea recta
«Todos los caminos llevan a Roma». El refrán ha sobrevivido durante siglos como símbolo del extraordinario poder que alcanzó la capital del Imperio romano. Sin embargo, una nueva investigación acaba de demostrar que, si hablamos estrictamente de comunicaciones terrestres, la realidad era bastante diferente: ciudades como Bizancio, Antioquía, Ancyra —la actual Ankara— o Corinto ocupaban posiciones más estratégicas que la propia Roma dentro de la inmensa red de carreteras del Imperio.
El trabajo, publicado el 15 de septiembre de 2026 en la revista científica Nature Communications, analiza 299.171 kilómetros de carreteras romanas distribuidas por Europa, el norte de África y Oriente Próximo.
La investigación ha sido realizada por un equipo internacional en el que participan investigadores de la Universitat Autònoma de Barcelona y la Universidad de Aarhus, entre otras instituciones.
El mayor mapa de las carreteras del Imperio romano
Para conseguirlo, los investigadores han utilizado Itiner-e, una gigantesca base de datos digital que permite reconstruir con gran precisión las vías que atravesaban el Imperio.
El resultado son exactamente 299.171,31 kilómetros de carreteras distribuidos sobre un territorio estudiado superior a los 5,27 millones de kilómetros cuadrados.
La red comunicaba desde las regiones próximas a Escocia y el Atlántico hasta Oriente Próximo y desde Europa hasta el norte de África.
No era simplemente una infraestructura militar.
Por aquellas carreteras circulaban soldados, comerciantes, agricultores, viajeros, animales y mercancías, pero también información, nuevas tecnologías, creencias religiosas e incluso enfermedades.
El arqueólogo Tom Brughmans, uno de los responsables del estudio, resume su importancia señalando que aquella infraestructura permitió integrar de una manera extraordinaria un territorio de dimensiones continentales.
Entonces, ¿todos los caminos llevaban a Roma?
No exactamente.
Los investigadores han aplicado técnicas modernas de análisis de redes para determinar qué lugares ocupaban las posiciones más importantes para desplazarse por carretera entre diferentes puntos del Imperio.
Y Roma no aparece como el gran centro de aquella red terrestre.
Antioquía, Ancyra, Bizancio y Corinto estaban mejor situadas que Roma como puntos intermedios para los desplazamientos terrestres a escala imperial.
El resultado es especialmente llamativo en el caso de Bizancio, la ciudad que siglos después sería conocida como Constantinopla y que actualmente corresponde a Estambul.
Bizancio tenía una posición privilegiada
Su situación geográfica explica buena parte del resultado.
Bizancio se encontraba junto al Bósforo, en el punto de unión entre Europa y Asia. Los investigadores incorporaron a su modelo las conexiones mediante ferris que existían en la Antigüedad a través del Bósforo y los Dardanelos.
Eso convertía a la ciudad en una auténtica bisagra entre las redes terrestres europeas y asiáticas.
Siglos después, el emperador Constantino trasladaría allí la capital imperial y la ciudad se convertiría en Constantinopla.
Brughmans explica que la investigación ha permitido comprobar que aquella nueva capital estaba situada en un lugar extraordinariamente central para los desplazamientos terrestres a través del Imperio, mucho más que Roma.
La elección de Constantinopla como capital, por tanto, tuvo detrás una geografía extraordinariamente favorable.
Pero Roma sí era fundamental por mar
El descubrimiento necesita un matiz importante.
Los investigadores no están diciendo que Roma fuera una ciudad secundaria dentro del Imperio.
El análisis se concentra en las comunicaciones terrestres.
Y durante la Antigüedad buena parte de los grandes desplazamientos de mercancías y personas se realizaban utilizando ríos y, especialmente, el transporte marítimo por el Mediterráneo.
Los propios autores advierten de que Roma estaba mucho mejor situada dentro de esa red marítima y fluvial.
Por ello, el estudio desmonta el refrán únicamente si se interpreta literalmente en términos de carreteras terrestres.
Las capitales provinciales estaban estratégicamente situadas
La investigación también demuestra que los romanos organizaron sus territorios de una manera mucho más sofisticada de lo que podría parecer.
De las 45 capitales provinciales analizadas, 24 se encontraban entre el 20% de los lugares mejor situados de toda la red según una de las medidas de centralidad utilizadas por los investigadores.
Las carreteras permitían conectar las principales ciudades de cada provincia, desplazar ejércitos, transportar suministros y controlar administrativamente enormes territorios.
En algunas provincias las vías convergían alrededor de un gran centro. En otras seguían grandes corredores naturales como los ríos y valles. Y determinadas regiones disponían de redes mucho más distribuidas entre diferentes ciudades.
Otro mito: las carreteras romanas no eran siempre rectas
La investigación cuestiona además otra imagen profundamente arraigada sobre Roma.
Las calzadas romanas no discurrían siempre en línea recta.
Los ingenieros buscaban efectivamente los recorridos más directos cuando las condiciones del terreno lo permitían. Eso puede observarse especialmente en regiones relativamente llanas.
Pero cuando aparecían montañas, valles o grandes accidentes geográficos, los romanos adaptaban el recorrido.
El análisis demuestra incluso que, consideradas en conjunto, las carreteras romanas eran ligeramente más sinuosas que las grandes carreteras actuales.
La explicación resulta lógica: la ingeniería moderna dispone de maquinaria, grandes desmontes y túneles capaces de transformar el terreno de una forma imposible hace dos mil años.
El 90% podía ser recorrido por carros
Eso no significa que los ingenieros romanos se resignaran ante las dificultades del terreno.
Todo lo contrario.
Uno de los resultados más impresionantes del estudio es que aproximadamente 270.956 kilómetros, el 90,57% de toda la red analizada, presentan pendientes inferiores al 16%, consideradas compatibles con el tráfico de vehículos de ruedas.
Para conseguirlo se utilizaron puentes, desmontes, pasos de montaña, terraplenes y otras soluciones de ingeniería.
Los romanos intentaban mantener recorridos suficientemente cómodos para carros tirados por caballos o bueyes incluso cuando atravesaban regiones montañosas.
La huella de Roma continúa bajo nuestras carreteras
Quizá uno de los descubrimientos más sorprendentes sea que muchas de aquellas decisiones tomadas hace aproximadamente 2.000 años continúan condicionando nuestros desplazamientos actuales.
El estudio encuentra una relación significativa entre la distribución de las antiguas vías romanas y las principales carreteras modernas, aunque esa continuidad varía enormemente dependiendo de cada región.
Y España ofrece uno de los mejores ejemplos.
De la Vía Augusta a la N-340
Los investigadores destacan expresamente la Vía Augusta, una de las grandes arterias romanas de Hispania.
Recorría el Mediterráneo peninsular desde los Pirineos hacia el sur y atravesaba territorios de la actual Comunitat Valenciana.
Reuters recoge precisamente un ejemplo utilizado por Brughmans: entre Tarragona y Barcelona, la antigua Vía Augusta pasa bajo el Arco de Berà siguiendo prácticamente el mismo corredor utilizado actualmente por la N-340.
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La continuidad no resulta casual.
Durante siglos, muchas vías romanas siguieron siendo las mejores rutas disponibles para desplazarse entre ciudades y regiones. Algunas continuaron funcionando durante toda la Edad Media y solo las grandes transformaciones provocadas por el ferrocarril en el siglo XIX y las autopistas del XX alteraron profundamente determinados corredores históricos.
Dos mil años después seguimos circulando sobre la geografía de Roma
La investigación no pretende simplemente elaborar un enorme mapa arqueológico.
Conocer exactamente por dónde discurrían las carreteras permite estudiar cómo viajaban las personas y mercancías, cómo se desplazaban las legiones, cómo se difundieron nuevas religiones como el cristianismo o incluso cómo pudieron propagarse epidemias a través del Imperio.
El nuevo mapa proporciona ahora una herramienta con la que reconstruir esos movimientos con una precisión hasta ahora imposible.
Y deja además una conclusión capaz de modificar una de las frases históricas más conocidas.
No, todos los caminos no llevaban necesariamente a Roma.
Al menos por tierra, Bizancio ocupaba una posición mucho más estratégica para conectar las dos grandes mitades del Imperio.
Y quizá lo más extraordinario sea comprobar que, dos milenios después, parte de aquella gigantesca tela de araña construida por Roma continúa escondida bajo las carreteras por las que circulamos hoy.



