En un cruce de ideas que parece más un combate de boxeo con guantes de terciopelo, Iker Jiménez se despacha sin filtros sobre política, etiquetas, ideologías enlatadas y el eterno malentendido sobre lo que significa ser “facha”. ¿Es posible opinar en España sin que te llamen nazi o comunista?
A ver, pongámonos serios (lo justo). Estamos ante un fragmento de televisión que no pasará a los libros de historia, pero sí a los memes de Twitter. Porque cuando Iker Jiménez abre la boca para hablar de política, comunismo, liberalismo, Elon Musk o el saludo con la mano en el corazón, sabes que el río va a sonar. Y va a arrastrar de todo: etiquetas, tópicos, polémicas y alguna que otra verdad incómoda. Todo, por supuesto, con ese tono entre indignado y místico que solo Iker sabe manejar.
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La confusión ideológica elevada a arte
La conversación entre Iker Jiménez y Risto Mejide arranca como suelen arrancar estos debates: sin saber muy bien de qué se habla. “¿Qué es ser facha?”, pregunta uno. “No lo sé”, responde el otro. Y ahí está la clave. Porque en este país hemos decidido que las palabras son armas arrojadizas, no conceptos definidos. “Facha” ya no es una ideología. Es un insulto. Es una etiqueta que se pone y se quita con la misma soltura con la que uno cambia de canal.
Jiménez se reconoce como alguien al que le han llamado facha, ultraderechista, incluso nazi. Y claro, se indigna. Porque a ver, en sus propias palabras, “yo no juzgo a nadie por su raza o procedencia”, y eso ya lo desmarca —según él— del nazismo. Aunque igual a alguien habría que recordarle que no todo lo que molesta es equiparable a quemar niños en crematorios, pero bueno.
El pack ideológico: ¿libre elección o combo obligatorio?
Aquí viene una de las pocas cosas sensatas del monólogo: el rechazo al “pack ideológico”. Esa idea de que si piensas una cosa, automáticamente debes pensar diez más. Si eres de derechas, entonces tienes que adorar a la patria, desconfiar de los inmigrantes, amar la tauromaquia y venerar a Elon Musk. Si eres de izquierdas, entonces tienes que ser vegano, odiar al empresario, llevar tote bag y usar pronombres neutros.
Iker lo llama “la mayor estafa de la historia”. Y no le falta razón. Porque en política, como en la comida rápida, todo viene en combo. No puedes pedir solo la hamburguesa. Te llevas las patatas ideológicas y el refresco emocional, aunque no te apetezca.
Pero… ¿de qué va esto, realmente?
Buena pregunta. Lo que empezó como una reflexión sobre los insultos gratuitos (que sí, son un problema), deriva en un discurso contra el comunismo, un alegato a favor del liberalismo, y una defensa más o menos velada del empresariado. Todo aderezado con anécdotas sobre Europa del Este, Trump y Elon Musk. Un cóctel que solo Iker podría servir con cara seria.
Asegura que cree en el libre mercado, en el esfuerzo individual, en el mérito. También en ayudar a los desfavorecidos, pero ojo, sin caer en el “parasitismo social”. ¿Contradicciones? Varias. ¿Matices? Los justos. ¿Pasión? Toda.
El eterno problema del matiz
Lo curioso de estas declaraciones es que oscilan entre el sentido común y el cliché más rancio. Por un lado, es cierto que no se puede ir por la vida llamando “nazi” al primero que dice algo que no te gusta. Eso degrada el significado de las palabras y devalúa el debate. Pero por otro lado, tampoco se puede usar esa crítica para defender lo indefendible. Ni para justificar discursos de odio encubiertos bajo el paraguas de “libertad de expresión”.
Porque sí, hay gente que odia al empresario por sistema. Pero también hay empresarios que se lo ganan a pulso. Hay comunistas de sofá que no saben lo que defienden, y hay liberales de LinkedIn que confunden meritocracia con lotería. El problema no es la ideología, sino cómo la usamos.
¿Y qué pinta todo esto en un artículo sobre Valencia?
Ah, pues muy fácil. Porque Iker Jiménez y su programa Horizonte tienen una audiencia fiel en toda España, incluyendo Valencia, esa ciudad donde lo paranormal convive con las rotondas imposibles y los debates encendidos. Porque aunque parezca que este artículo no tiene nada que ver con noticias locales, lo cierto es que sí tiene: refleja cómo se está discutiendo hoy en día en los bares, en las redes y hasta en el Mercado Central.
Y porque si alguien en Valencia dice “yo soy facha”, como Ángel Gaitán —el mecánico influencer que también estaba en esa mesa de debate—, lo primero que pasa no es un debate. Es un linchamiento virtual. Igual que si otro dice “soy comunista”. Da igual lo que pienses. Lo importante es a qué tribu perteneces. Y eso, amigos, sí que es preocupante.
La polémica como forma de vida
El monólogo de Iker no se queda en lo ideológico. También se mete en charcos culturales, como el caso de Carla Sofía Gascon, la actriz trans. “Tenía todo para que los walk (sic) estuvieran apoyándola”, dice, en una frase que resume perfectamente la confusión entre ideología, corrección política y cultura de la cancelación.
Y claro, remata la faena con un “a mí me dijeron: si sigues hablando así, te tienes que ir de España”. Como si estuviera al borde del exilio. ¿Exagerado? Tal vez. ¿Dramático? Sin duda. ¿Eficaz? Bueno, aquí estamos hablando de él.
¿Entonces qué?
Entonces, nada. O todo. Que si te atreves a decir algo fuera del guion, te llaman de todo. Que si defiendes algo con matices, te acusan de cobarde. Que si no compras el pack entero, no eres de los nuestros. Que si te gusta Elon Musk, eres un neoliberal vendido. Que si crees en lo público, eres un bolchevique peligroso.
Y mientras tanto, los debates de verdad siguen sin ocurrir. Esos que no caben en un titular ni en un fragmento de tertulia. Esos que requieren tiempo, escucha y sí, un poco de empatía.
Y tú, lector de Valencia o de donde sea,
¿eres capaz de tener una opinión sin que te etiqueten? ¿O ya te has rendido y has elegido tu combo ideológico como quien elige menú del día?