Suárez

jose-antonio-palaoJosé Antonio Palao Errando
Profesor del Departamento de Ciencias de la Comunicación de la  Universitat Jaume I de Castelló

 

Acabo de cumplir cincuenta y dos años. Como todas las edades, ésta también tiene ‘cosicas’ que no te esperas y que la hacen distinta de otras. Ahora me he dado cuenta de que, en buena medida, mi biografía se confunde con lo que para otros es la Historia. Esto se hace muy evidente sobre todo si convives habitualmente con gente mucho más joven que tú, que se remite a hechos colectivos que tú recuerdas como parte de tu vida personal con la feroz abstracción del que los ha leído en un manual de conocimiento del medio o alguna materia por el estilo. Dadas las circunstancias se puede pensar que uno es historia o bien, yo lo prefiero, que la historia es una parte de mi vida. Y ello me autoriza a hablar de ella como lo vivido.

Dadas las circunstancias se puede pensar que uno es historia o bien, yo lo prefiero, que la historia es una parte de mi vida.

Por ejemplo, hace unos días, gracias a una buena amiga -que, por edad, podría ser mi hija- descubrí una página web desde la que se vinculaban unos vídeos a los que se denominaba “himnos de la transición”. Me llevé las manos a la cabeza. Estaban El canto a la libertad de Labordeta y Al vent de Raimón (ésta la cantábamos todos porque era facilísima de tocar en la guitarra), vale. Pero luego venían junto con Serrat (probablemente significativo para gente unos años mayor que yo) Aute, Ana Belén, ¡Y Jarcha! Eché en falta El ramito de violetas de Cecilia, Ésa no soy yo de Mari Trini y El Bimbó de Georgie Dann. Por Dios, eso no eran los himnos, eso era lo que ponían por la tele única. Lo que nosotros escuchábamos era Lou Reed, David Bowie, Bob Marley, los Rolling y las mil variedades del rock sinfónico. Y, en la calle, cantábamos por Lluís Llach, Víctor Jara, Al Tall o Quilapayún. Desde luego, si a alguien de mi pandilla o de mi barrio se le hubiera ocurrido cantar una de Jarcha lo hubiéramos enviado a terminar la última partida de sambori que dejó irresuelta, a saltar a la comba o a jugar al corro de la patata.

Cuando murió Franco, yo tenía 13 años y pertenecía a una familia acomodada con el franquismo, como la de la mayoría de mis amigos, cuyos hermanos mayores ya militaban casi todos en el PCE. Yo, a los catorce, ya me había integrado en una organización de extrema izquierda (izquierda revolucionaria nos llamábamos nosotros para distinguirnos del revisionismo carrillista) y con una edad inverosímil andaba por la calle exigiéndole a Suárez que trabajara de peón, acompañando la solicitud con un epíteto adecuadamente rimado, y mandando a su hija Sonsoles a Madrid cuando el último ayuntamiento valenciano del franquismo (casi digo el último ayuntamiento franquista, pero para eso igual hemos de esperar un poco aún) la nombró fallera mayor infantil  (la chica parece que nos oyó y creo que se ha acabado yendo nada menos que a Mozambique).

…con una edad inverosímil andaba por la calle exigiéndole a Suárez que trabajara de peón, acompañando la solicitud con un epíteto adecuadamente rimado…

Para mí, “La Transición” es eso. La de verdad. Si está ganando tan mala fama, es porque su memoria está deformada. Por un lado, se nos ha vendido que fue la época del buen rollo, la reconciliación y el consenso. Era como una especie de maqueta incruenta de la guerra civil, jugada entonces al Monopoly. La sensación a implantar era que esta vez habían ganado los buenos porque los malos habían perdido muchas de sus posiciones. La cuestión es que unos y otros habían ganado y perdido, en efecto, pero, claro, una partida de Monopoly. Por otro, se nos está vendiendo ahora que fue una época turbulenta, violenta, oscura. Parece imposible que los gobiernos de la Transición se pudieran mantener entre continuos atentados de ETA, del GRAPO, del FRAP, de la extrema derecha. Parece que fue cosa de la Transición esta violencia porque se está empeñado en olvidar que el final del franquismo fue extremadamente violento, tanto por parte del Estado fascista como por parte de los grupos armados que se le oponían, con centenares de muertos en la calle ya antes de la defunción del dictador. La extrema derecha cantaba a principios de los 80 “¡La policía con Franco no moría!” Mentían. Como siempre.

Esa extrema derecha, que en aquel momento se aglutinaba en Fuerza Nueva y Alianza Popular, es la que estos días, normalizada por la constitución del 78, ha intentado apropiarse de la figura Suárez. Su muerte ha despertado en mí sentimientos extraños. Más que “encontrados”, como se suele decir, fantásticamente “aparecidos”. Algo así como una melancolía improbable que no consigo asimilar la nostalgia. Si desde el campo de la derecha se ha pretendido su canonización autoidentificativa, desde cierta izquierda estamos asistiendo a la demonización de su recuerdo. Que si fue un arribista, que si la transición no fue más que un producto de la Guerra Fría, que si Suárez no fue más que el brazo ejecutor que el imperialismo y el capitalismo financiero utilizaron para poner en práctica sus planes para España… Debo andar mal de recursos cognitivos con esto de la edad, pero el caso es que en mi particular recuerdo, que tiendo a fundir con el histórico, todas esas cosas me suena que las hizo Felipe González. Fue él quien nos metió en la OTAN y en la UE y quien desmovilizó definitivamente al politizado pueblo español de los 70 y nos hizo creer que ya se hacía él cargo de la Historia, que eso de la revolución ya había cumplido su papel de macguffin y que la derecha ya estaba enmarañada en el bucle de la alternancia y del voto de castigo y aplastada por su techo electoral.

Suárez fue (me encanta la palabra que utilizaba en su libro Javier Cercas) un chisgarabís, un trepa, un falangista traidor. Hoy que tanto se habla de hegemonías y significantes vacíos haríamos bien en recordar las dos palabras más vacías, más evanescentes, del tardo-franquismo: falangista y comunista. En poquitos años todos se disolvieron y pasaron a ser en los ochenta resentidos o yuppies (espero que ningún hipster se sienta ofendido en su sensibilidad por recordar a sus antepasados estéticos e ideológicos). Suárez fue un traidor a sus orígenes como tanta gente en la Transición, que abandonamos los credos nacionalcatólicos de nuestros padres. Como Tarancón, como Carrillo, como Gutiérrez Mellado.

Suárez fue también el primer presidente en vendernos que con él se acababa el aislamiento y el retraso seculares de los españoles, que él nos devolvía al tren de la historia del que nos caímos definitivamente en el 98 y que luego nos pasó por encima en el 36 por cometer la imprudencia de empeñarnos en no apartarnos de la vía, por si volvía a pasar. Pero, después, todos sus sucesores nos volvieron a vender la misma moto, aprovechándose de nuestro trauma civil irresuelto y de nuestro complejo de falsos europeos. González, incrustándonos en las estructuras internacionales del Occidente capitalista. Aznar nos prometió por fin resarcirnos de nuestro ominoso pasado neutral metiéndonos en una buena guerra mundial, fiesta que los españoles nos habíamos empeñado en perdernos en el siglo XX. Y lo que nos arrolló a todos entonces fue otro tren, esta vez, de cercanías. ZP, en fin, nos hizo vivir el laicismo caritativo de la socialdemocracia, el talante y la Champions League de la economía. Y, claro, nos arrolló el AVE bancario y financiero, por torpes y por ilusos.

Suárez fue también el primer presidente en vendernos que con él se acababa el aislamiento y el retraso seculares de los españoles (…) después, todos sus sucesores nos volvieron a vender la misma moto…

La diferencia de Suárez respecto a sus sucesores fue que no estaba tan bien preparado como ellos. Le faltaba la vena maquiavélica de González o la richelieana de Aznar, ya curtiditos por el fuego táctico, lúdico y retórico del marco parlamentario y mediático. Lo que ostentó, en cambio, fue la vena quijotesca de los viejos villanos de Castilla ansiosos de hidalguía y de renombre. No era un político de raza, sino un aventurero lanza y bacía de barbero en ristre. Como dijo de él Felipe González, era un desclasado que hubiera sido capaz de nacionalizar la banca –sí, desde su UCD, con un par- si no se le hubiera detenido a tiempo. Creía de verdad –no como un recurso mediático- ser un personaje mesiánico. Y, de verdad, fue crucificado. Y, de verdad, los sátrapas pretenden elevarlo a los altares y proclamarse sus representantes en la tierra.

De entre todos los extraños sentimientos que su muerte ha despertado en este antiguo izquierdista callejero, que se hartó de gritarle improperios en las manifestaciones de la época, y que aún guarda intactas las trazas de esa historia en su corazón (profeflauta me llamó un alumno hace poco, y me alegró el día) está el más peregrino e impredecible de todos: el respeto. Porque en esta época de trepas mediáticos, carroñeros y rapaces me asalta una rarísima remembranza: que hubo un político que tuvo el insólito detalle de tenérmelo a mí e irse a su casa cuando ya no venía a cuento que se perpetuara en su cargo. Que descanse él en paz, que a los vivos nos quedan muchas batallas y no precisamente contra molinos de viento.

…hubo un político que tuvo el insólito detalle de tenérmelo a mí (respeto) e irse a su casa cuando ya no venía a cuento que se perpetuara en su cargo.

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