El regreso a la normalidad en Valencia tras el gran apagón deja muchas preguntas sin resolver
El 29 de octubre de 2024 trajo consigo una tragedia para Valencia, cuando una devastadora dana azotó la provincia dejando muerte y desolación a su paso. Poco más de un año después, el 28 de abril, la historia volvía a llamar a la puerta de manera sorpresiva, aunque sin derramamiento de sangre. No fue un evento comparable en términos de tragedia, pero sí perturbador: el mayor apagón que ha vivido la Comunitat Valenciana, al igual que el resto del país. Sin embargo, al ser lunes festivo, las consecuencias en Valencia no fueron tan severas como podrían haber sido en un día laborable. A la mañana siguiente, aunque la ciudad amaneció con una aparente normalidad, las incógnitas persistían.
La vuelta a la rutina se demoró varias horas ya que, al amanecer, los problemas en distintos sectores y lugares de Valencia aún eran evidentes. Aunque el suministro eléctrico se recuperó con el transcurso de las horas, permitiendo que se apaciguaran las quejas, era patente que varios servicios aún tenían dificultades para reanudar sus operaciones. Las carreteras experimentaron escasas incidencias, y los aeropuertos de la Comunitat recuperaron su actividad habitual. Sin embargo, en las conexiones ferroviarias, había todavía retrasos, especialmente en la estación Joaquín Sorolla, donde algunos pasajeros tuvieron que pasar la noche debido a la interrupción de los servicios.
El transporte metropolitano de Valencia también enfrentó complicaciones. Muchos usuarios sintieron las repercusiones del apagón en sus rutinas diarias, sufriendo inconvenientes como retrasos y aglomeraciones. Para mitigar las dificultades, se pusieron en marcha autobuses lanzadera. Mientras tanto, el ambiente político se intensificaba, con acusaciones cruzadas entre partidos e instituciones sobre la gestión del apagón, similar a lo ocurrido tras la devastadora dana.
El panorama en las escuelas fue menos caótico, ya que las autoridades decidieron no impartir clases regulares, optando en su lugar por actividades lúdicas. Las universidades también operaron a media capacidad, adaptándose a las circunstancias. En el sector sanitario, aunque se operó con algunas limitaciones, el civismo prevaleció y no se reportaron incidencias significativas en seguridad pública ni en la actividad industrial.
La reflexión sobre el uso de grupos electrógenos, que fueron cruciales para mantener la operatividad durante el apagón, parece inevitable. Esta situación abre el debate sobre el modelo energético del país. La gestión de la crisis y la falta de información por parte del gobierno central, especialmente del presidente Pedro Sánchez, fueron objeto de crítica, con demandas de explicaciones y medidas para evitar futuros apagones.
El presidente del Consell, Carlos Mazón, solicitó aplicar la fase III del protocolo de emergencias, pero la gestión de la crisis y las explicaciones del gobierno central fueron insatisfactorias para muchos, especialmente en lo referente a la responsabilidad de las centrales nucleares y la infraestructura eléctrica privada. A pesar del misterio que rodea el origen del apagón, la normalidad se fue reinstaurando lentamente.
En Valencia, la vida comenzó a recuperar su curso en sectores como la hostelería y la distribución, que aprovecharon la oportunidad para retomar sus actividades habituales gracias a los generadores eléctricos. Esta recuperación recuerda la habilidad de los valencianos para adaptar su vida tras situaciones adversas. Sin embargo, persiste la pregunta esencial: ¿quién fue el responsable de apagar la luz? Hasta ahora, la respuesta sigue siendo esquiva.