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Los valencianos pierden La Fe
Los residentes de los barrios de Campanar y Benicalap solían recurrir a un recurso tradicional para identificar su lugar de residencia: “Al lado de La Fe”. Durante mucho tiempo, existió un único hospital de referencia. Vivir cerca de un hospital implicaba acostumbrarse al sonido constante de las sirenas de ambulancias a todas horas, tanto de día como de noche. En algunos cumpleaños, un entretenimiento habitual era observar a los amigos salir corriendo al balcón de la avenida Burjassot para ver pasar las ambulancias, emocionados por contar luego en casa lo que habían visto.
La Fe fue parte fundamental del paisaje urbano de estos barrios. Hubo cines como el Boston y el Rosaleda, y bingos como el Samoa, hoy desaparecidos. Sin embargo, el teatro Flumen en Tendetes ha resistido el paso del tiempo. Detrás del hospital, se levantaba Nuevo Centro, el primer gran centro comercial de Valencia, junto a una estación de autobuses con apariencia envejecida. El parque Profesor Antonio Llombart proporcionaba ocio vespertino y ocultaba historias nocturnas.
“Tener un hospital cerca daba tranquilidad, era un seguro de vida”, recuerda María Bonet, residente en la avenida Burjassot. La nueva ubicación de La Fe en el barrio de Malilla, a kilómetros de distancia, ha cambiado esa percepción para ella. La Fe, con apenas cuatro décadas de actividad, dejó de funcionar en 2010, convirtiéndose en un hospital cubierto de amianto. La elección del nombre fue resultado de una anécdota familiar que involucró a destacados médicos de la época.
“La Fe siempre fue El Hospital”, afirma César Campoy, testigo de su demolición. Vivir en Benicalap significaba tener a La Fe como un lugar de consuelo médico. Ese hospital, que solía fumarse en los descansillos de su torre principal, tenía un significado especial para muchos; era un lugar donde lo cotidiano y lo extraordinario se mezclaban.
César Campoy revive momentos profundamente personales como la primera vez que usó una escayola o perdió a un ser querido. El pabellón de maternidad y el tanatorio, menos ostentosos que los actuales, fueron testigos de innumerables vidas que empezaban y terminaban. Con el derribo de La Fe, dice, “he caído en una melancolía que parece un punto y aparte en nuestra existencia”.
El cierre de La Fe representa el fin de una era para el barrio. Visitación Ordaz, ex trabajadora del servicio de lavandería, expresa su tristeza por la desaparición de un lugar que fue su hogar durante dos décadas. La desaparición de La Fe también marca el fin de muchos comercios y negocios que prosperaron a su alrededor, siendo un símbolo del cambio en la Valencia de otros tiempos.