7 de agosto de 2025
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Vecinos de Campanar temen por su salud ante la demolición del antiguo Hospital La Fe: “Respiramos el amianto que pueda haber”

Comerciantes y residentes denuncian polvo constante, molestias y una posible exposición a materiales peligrosos

El derribo del antiguo Hospital La Fe de València ha devuelto a primera línea el debate sobre salud pública y urbanismo. Lo que en principio debía ser una operación técnica para liberar espacio y transformar la zona se ha convertido, para muchos vecinos del barrio de Campanar, en una fuente constante de preocupación, incomodidad y miedo.

“Seguimos respirando el amianto que pueda haber en el ambiente y nadie actúa”, denuncia una vecina visiblemente molesta. Vive a escasos metros de las obras y asegura que, desde hace dos semanas, las nubes de polvo y arenilla no les dan tregua. Picor de ojos, estornudos, molestias respiratorias… Y una sospecha que flota en el aire: ¿hay amianto entre los escombros?

Un hospital con historia, una demolición polémica

Durante décadas, el antiguo Hospital La Fe fue un emblema de la sanidad valenciana. Desde 2011, tras el traslado del centro a sus nuevas instalaciones, el edificio quedó abandonado. Ahora, su demolición —autorizada por el Ayuntamiento de València— pretende abrir paso a nuevos proyectos urbanísticos y revitalizar la zona. Pero los vecinos sienten que se está actuando a costa de su salud.

Han llevado sus quejas tanto al Ayuntamiento como a la Generalitat, sin obtener respuestas claras. “Se pasan la pelota unos a otros. ¿Qué pasa, que por el hecho de tener licencia todo vale?”, se pregunta la misma vecina con indignación.

Comercios atrapados en el polvo

La situación no afecta solo a quienes viven en la zona. Hosteleros y comerciantes próximos al solar aseguran que el polvo entra cada día en sus locales. Un trabajador de una cafetería cercana resume la situación con resignación: “Estamos limpiando constantemente para que esto sea mínimamente higiénico, pero es insostenible”.

Algunos alertan de que no solo se está perjudicando a los empleados, sino también a los clientes que se sientan en las terrazas o cruzan la puerta del local. “Nadie se ha acercado a preguntar cómo estamos”, lamenta un comerciante. La sensación general es que están soportando solos una situación que podría alargarse durante meses.

Control del polvo… ¿insuficiente?

Desde el consistorio aseguran que la demolición cuenta con licencia y con medidas de control del polvo, como el uso de mangueras de agua para evitar que las partículas se dispersen. Pero quienes viven o trabajan en la zona aseguran que no es suficiente.

Las aceras amanecen con una fina capa blanquecina, el aire está cargado y el ruido de la maquinaria acompaña cada jornada. Algunos vecinos observan el avance de la demolición desde la otra acera, con una mezcla de curiosidad y temor. “Es incómodo vivir con esto todos los días, pero es lo que implica una demolición”, admite un residente. Otros no son tan comprensivos: temen por los efectos a medio y largo plazo sobre la salud, sobre todo en personas mayores, niños y quienes ya arrastran problemas respiratorios.

Entre el desarrollo urbano y la salud vecinal

El futuro del solar puede ser prometedor. Pero el presente, para muchos, es un malestar cotidiano que nadie parece querer escuchar. Mientras las excavadoras siguen su curso, el vecindario espera respuestas claras y garantías reales. Porque no se trata solo de transformar un barrio: se trata de hacerlo sin poner en riesgo la salud de quienes viven en él.

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