6 de marzo de 2026
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Los impuestos y las “vulvas dialogantes”: la tertulia abre otra guerra cultural a base de partidas y sarcasmo

En el tramo final del programa Horizonte, la mesa se lanza de cabeza a un clásico televisivo que nunca falla: abrir el “portal de transparencia” como quien abre un cofre del tesoro… pero esperando encontrar dentro no oro, sino facturas que indignen. Y, según el relato que hacen, eso es exactamente lo que viene: una lista de gastos públicos vinculados a igualdad, feminismo y cuestiones de género que, dicen, van a ir desgranando “punto por punto”. Con una advertencia: habrá partidas que a algunos les parecerán bien, pero otras —insiste Iker— “les van a sorprender”, como ya ocurrió en una entrega anterior.

https://youtu.be/wh_y7QCacDY

El tono no tarda en ponerse en modo cuchillo. Enseguida aparece una de esas expresiones que sirven de gancho y meme al mismo tiempo: “vulvas dialogantes”. No explican realmente qué es, pero eso no importa demasiado en este tipo de segmentos, porque la frase funciona sola: suena rara, suena provocadora, suena perfecta para que el espectador piense “¿cómo que esto se paga con mis impuestos?”. Y ahí se dispara el comentario sarcástico: que si pronto inventarán un pinganillo para que esas “vulvas” traduzcan a varias lenguas regionales, que si todo esto es un insulto a la inteligencia, que si es malversación… y así, escalando.

A partir de ese momento, el bloque ya no va de explicar, sino de machacar una idea central: “esto no es inocuo”. Lo repiten y lo aterrizan con un concepto que quieren que se te quede: el coste de oportunidad. Traducido al lenguaje de la tertulia: si el dinero va a esto, no va a lo otro. Y “lo otro” es lo que siempre se elige cuando se busca indignación rápida: seguridad, policías, chalecos antibalas, cosas serias, cosas de vida o muerte. Lo presentan como un choque frontal entre prioridades: “o cursos y campañas de este tipo, o equipamiento para patrullar seguros”.

En paralelo, uno de los tertulianos se mete en harina con una anécdota personal para reforzar el marco ideológico: cuenta que hizo un curso vinculado a estrategia nacional y que le sorprendió ver la palabra “feminismo” repetida muchas veces, mientras “cultura de defensa” aparecía poco o nada. Y con esa comparación construye el relato grande: que por eso el país está “fuera de juego” internacionalmente, que por eso “los aliados” te dejan colgado, que por eso acabas alineado con quien no deberías… Es el salto típico del debate televisivo: de una lista de partidas a una explicación total del mundo, en tres frases.

Pero la parte que buscan que explote —la que está diseñada para que se te caiga el café— llega cuando citan ejemplos concretos con tono de burla. Mencionan cursos o campañas sobre sexualidad en mayores de 60 años, y lo ridiculizan como si el Estado hubiera decidido que a partir de cierta edad necesitas un tutorial oficial para descubrir tu propio cuerpo. La mesa se recrea en la exageración: “han debido llegar a la conclusión de que a los 60 te tienen que enseñar…”, “esto es un caso curioso…”, y lo empujan al terreno del chiste para que el mensaje político entre como una bala envuelta en papel de regalo.

Y entonces viene el truco final, el más clásico: la comparación económica. Dicen que si sumas dos partidas —las que ellos están comentando— te sale una cifra equivalente a lo que haría falta para que todos los agentes patrullen con chaleco antibalas. Y lo convierten en pregunta retórica al público, de esas que en realidad no son preguntas: es una invitación a indignarte con ellos. “¿Qué preferís?”, viene a ser el remate. Como si el presupuesto fuera una caja con dos botones: “masturbación” y “chalecos”. Y eliges uno. Dramático, sencillo, televisivo.

El bloque, además, se permite el lujo de elevar el nivel de gamberrismo. Proponen crear una asociación con un nombre deliberadamente grotesco, como forma de decir: si financiamos cosas con nombres absurdos, nosotros también podemos inventar un absurdo y pedir talonario. Es una burla que, en el fondo, tiene objetivo: insinuar que hay un “mercado” de proyectos ideológicos que viven del presupuesto público. No necesitan probarlo: basta con insinuarlo y hacer reír con ello.

El cierre redondea el golpe con una cifra que sueltan como martillazo —millones de euros— y un nombre propio asociado al Ministerio de Igualdad. Lo presentan como prueba de “locura” y lo dejan caer justo antes de cambiar de tema, que es otra técnica habitual: sueltas una cifra grande, indignas, y sales de escena sin entrar en matices. La audiencia se queda con la sensación, no con el detalle.

En resumen: el segmento arma una crítica a gastos vinculados a igualdad usando sarcasmo, frases impactantes y comparaciones con seguridad pública. Más que explicar programas concretos, construye un marco: “se gasta en cosas ideológicas y absurdas mientras faltan cosas esenciales”. Y lo hace con humor ácido, para que el mensaje no parezca un informe, sino una conversación de bar con micrófonos y presupuesto de prime time.

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