馃懟 Historia de terror
La peque帽a aldea de Elmswood albergaba un oscuro secreto en sus profundidades. Enclavada entre densos bosques que apenas filtran la luz del sol, los habitantes viv铆an temerosos del bosque que rodeaba sus hogares. Durante generaciones, hab铆an existido rumores sobre el Bosque de los Susurros; un lugar donde nadie volv铆a al cruzar la l铆nea de 谩rboles al caer la noche. Sin embargo, era poco lo que se murmuraba en voz alta; hablar del bosque o de sus habitantes invisibles era invitar a la desgracia.
Linda y Tom谩s, dos j贸venes 谩vidos de aventuras, desobedecieron todas las advertencias. La noche de San Juan decidieron adentrarse en el bosque, motivados por la promesa de lo oculto y lo prohibido. Equipados con linternas y una botella de vino, su traves铆a comenz贸 con risa y expectativa. Ignoraban que en las entra帽as del bosque algo antiguo y hambriento los hab铆a sentido cruzar su umbral.
A medida que caminaban, la niebla comenz贸 a rodearlos, gruesa e implacable, como si tuviera vida propia. Las linternas pronto se volvieron in煤tiles, las luces tragadas por la oscuridad que se cerraba a su alrededor como una garra. Lentamente, los susurros comenzaron a llenar el aire, voces que se alzaban sinuosas entre los 谩rboles, cuyo origen no lograban ubicar.
Una voz destacaba entre el murmullo constante: una melod铆a dulce, atrayente, que despertaba una compulsi贸n casi hipn贸tica. Aunque sus instintos les gritaban que se marcharan, sus pies avanzaban impulsados por un deseo ajeno. El vino se volc贸 en el suelo cuando las manos de Tom谩s temblaron, pero para entonces, la bebida hab铆a dejado de calmar sus nervios.
Se encontraron frente a una figura entre las sombras del claro. Era alta y esbelta, sus ojos brumosos refulg铆an en la penumbra con un brillo sobrenatural. Linda sinti贸 un escalofr铆o recorrer su espina dorsal cuando la figura alz贸 una mano hacia ellos. Ten铆a una presencia et茅rea, como si se deslizara entre el espacio en lugar de ocuparlo por completo. Los susurros cesaron, sustituidos por un silencio tan profundo que sus corazones se alzaban en sus pechos con el eco de un tambor furioso.
“Bienvenidos a mi bosque”, sus palabras eran seda mortal, una obertura cargada de promesas oscuras que tej铆an su camino hacia la mente de ambos j贸venes. Linda intent贸 hablar, pero su voz hab铆a sido robada; s贸lo pudo agarrarse de la mano de Tom谩s en busca de la escasa valent铆a que a煤n conservaba.
Sin embargo, Tom谩s, prisionero del dulce n茅ctar de las palabras de la criatura, dio un paso adelante, liberando su agarre. Linda lo observ贸 avanzar como si estuviera en un trance profundo, cruzando el claro hacia la figura que parec铆a absorber toda la luz circundante. El aire se torn贸 denso; sensaci贸n de un mal precedido por oscuras intenciones.
De repente, un grito desgarrador rompi贸 la quietud, rasgando la neblina y la raz贸n. Un aullido que no parec铆a provenir de su amigo, sino de una boca mucho m谩s profunda, ancestral. Linda cerr贸 los ojos, rogando despertar de aquella pesadilla, pero cuando los abri贸, la criatura ya hab铆a consumido a Tom谩s.
Sola ahora frente a aquel ser que exudaba antig眉edad y malicia, Linda se ech贸 a correr por la 煤nica ruta visible: el sendero del cual hab铆an llegado, los susurros retomando su peligrosa sinfon铆a. Sent铆a la presencia de la figura en cada sombra, cada 谩rbol retorcido que intentaba atraparla. El bosque parec铆a estirarse infinitamente.
Finalmente, emergi贸 del bosque sin aliento, la madrugada en ciernes ofreciendo su tenue claridad. Cay贸 de rodillas en el suelo, sollozando, escudri帽ando los 谩rboles que la hab铆an dejado escapar, pero que nunca devolver铆an a su amigo. La gente del pueblo la hall贸 al borde del bosque, perdida en su llanto.
A帽os despu茅s, Linda nunca volvi贸 a estar completa. En sus ojos se apagaron las llamas de la juventud y, en su lugar, qued贸 un vac铆o insondable. Cada a帽o, en la noche de San Juan, coloca una linterna al borde del Bosque de los Susurros. Una advertencia mudo para aquellos que podr铆an seguir su camino; permitir que otros supieran que lo prohibido cobra un peaje que no se puede medir, no solo en vida, sino en el alma de quien queda atr谩s para recordar.