Dentro de un año, se completará una década desde el cierre del edificio de la Delegación de Hacienda en Valencia, situado en el número 4 de la calle Guillem de Castro. Desde que cerró sus puertas en julio de 2016, el edificio permanece vacío y sin uso. A lo largo de los años, se han explorado diversos planes para darle un nuevo propósito, incluyendo la propuesta de convertirlo en un hotel, lo cual no prosperó debido a la falta de interés por parte de los inversores. En este tiempo, ha sido refugio temporal para personas sin hogar que acamparon frente a su fachada. Finalmente, ha regresado al control de la Diputación y el Ayuntamiento, instituciones que antes eran propietarias del terreno. Este sitio, anteriormente ocupado por el Mercado de Abastos y el exconvento de San Agustín, fue cedido al Gobierno central en 1952 para la construcción de la Delegación de Hacienda.
Ese mismo año, el Ministerio de Hacienda convocó un concurso para el diseño del edificio, que fue ganado por Francisco Echenique y Luis Calvo, arquitectos y profesores de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Su proyecto, iniciado en 1953, reflejaba claramente la intención de que el inmueble funcionara como una oficina estatal pública. La obra se inspiró en la arquitectura de regímenes totalitarios europeos de las décadas de 1930 y 1940, aunque para entonces, ya se había roto la conexión con estas influencias debido a la Segunda Guerra Mundial.
El Ministerio indica que entre las referencias formales para su diseño estaban el Palazzo degli Uffici en Roma, obra de Gaetano Minnucci, y otro edificio homónimo en Cosenza, diseñado por Camillo Autore. También se destacan similitudes con la Cancillería nazi de Berlín, diseñada por Albert Speer. David Elías, un investigador de la Universitat de València, menciona esta comparación en su tesis sobre la Delegación.
El edificio, que ocupa una manzana completa con acceso principal desde Guillem de Castro, también tiene entradas secundarias por las calles Mare de Dèu de Gracia y Quevedo. Su fachada trasera se orienta hacia la calle Huesca para el acceso de servicio, mientras que un pequeño jardín urbano comparte su cercanía con la protegida iglesia de San Agustín.
A pesar de su monumentalidad y de ser uno de los pocos ejemplos de arquitectura totalitaria en Valencia, el edificio no tiene protección individual, aunque sí está incluido en el entorno de protección del Bien de Interés Cultural debido a la vecindad con la iglesia de Sant Agustí y su jardín adyacente. En el pasado, el edificio albergó tanto las oficinas como las residencias de delegados y trabajadores. Sin embargo, problemas estructurales surgieron con el colapso de falsos techos, exacerbados por la baja calidad del hormigón empleado, simbolizando un gigante con pies de barro.