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Antonio Damasio: «La IA es la mayor amenaza para la felicidad humana»
Hace más de medio siglo que Antonio Damasio decidió estudiar neurología para responder a una pregunta tan simple como difícil: qué hace felices o infelices a las personas. Tras décadas de investigación, convertido en uno de los neurocientíficos más influyentes del mundo, el científico portugués lanza una advertencia contundente: la inteligencia artificial y el uso compulsivo de los dispositivos móviles se han convertido en una de las mayores amenazas para la felicidad humana.
Los móviles y la IA, enemigos silenciosos de la atención
Damasio, director del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California, señala que la irrupción de la inteligencia artificial en forma de aplicaciones, redes sociales y sistemas inteligentes ha cambiado la manera en que usamos el tiempo, miramos el mundo y nos relacionamos con los demás.
«Los móviles tienen el poder de consumir nuestra atención, de hacer que dejemos de mirar a las personas que nos rodean y de sentir curiosidad por ellas», insiste el neurocientífico. Lo considera justo lo contrario de la felicidad, que para él nace del reconocimiento del otro, de la capacidad de mirarnos a los ojos y de interesarnos por lo que siente quien tenemos delante.
Escenas ya habituales en cualquier ciudad, con grupos de jóvenes caminando o comiendo sin despegar la vista de la pantalla, le parecen especialmente reveladoras: «Personas totalmente poseídas por sus móviles», resume, que ya no atienden a la vida real ni a quienes tienen al lado.
La felicidad como acto de mirar y reconocer al otro
Frente a ese aislamiento digital, Damasio reivindica una idea de felicidad mucho más sencilla y exigente a la vez: «Ser feliz depende de todo lo contrario: de mirarnos los unos a los otros y tratar de entendernos». Para él, la clave no está en tener más estímulos ni más comodidad tecnológica, sino en cultivar la empatía cotidiana.
El neurocientífico recuerda que la verdadera satisfacción está profundamente ligada al vínculo con los demás. La IA promete facilitarnos la vida, pero si a cambio nos roba la capacidad de prestar atención, escuchar y compartir tiempo de calidad, el precio puede ser demasiado alto.
Emociones y sentimientos: lo que no puede copiar un algoritmo
Una de las grandes aportaciones de Damasio a la ciencia ha sido su trabajo sobre emociones y sentimientos. El investigador insiste en distinguir ambos conceptos: las emociones son visibles, se manifiestan hacia fuera como una especie de “teatro” corporal; los sentimientos, en cambio, son íntimos, privados, solo los conoce la persona que los experimenta.
En su trayectoria ha demostrado que no somos seres racionales que de vez en cuando sienten, sino justo lo contrario: las emociones y los sentimientos forman parte del sistema que nos permite tomar buenas decisiones. Estudiando pacientes con daños en las áreas que procesan las emociones, comprobó que esas personas eran incapaces de decidir bien y veían cómo su vida se desmoronaba, pese a conservar intactas sus capacidades intelectuales.
Frente a la idea antigua de que las emociones nos alejan de la razón, Damasio defiende que, la mayoría de las veces, la guían y la hacen más eficaz. Por eso ve con preocupación un entorno tecnológico que, en lugar de ayudarnos a entender lo que sentimos, multiplica las distracciones y el ruido.
Un mundo con déficit de buenos sentimientos
Cuando mira el panorama actual, el científico relaciona muchos de los problemas del mundo con un déficit de buenos sentimientos: belicismo, intolerancia, individualismo extremo. Le preocupa la pérdida de la capacidad de ponernos en el lugar del otro, de reconocer que cada persona tiene sus necesidades, sus derechos y su dignidad.
Para que el mundo funcione mejor, asegura, no basta con más tecnología ni con sistemas cada vez más sofisticados. Hace falta recuperar algo tan básico como el cuidado de los buenos sentimientos hacia los demás: respeto, compasión, reconocimiento. Y esa tarea, subraya, no puede delegarse en ninguna máquina.
Consciencia, cuerpo y homeostasis: el núcleo de lo humano
En sus trabajos más recientes, Damasio se ha centrado en la relación entre consciencia y homeostasis, ese conjunto de mecanismos que el cuerpo pone en marcha para mantenernos con vida. El hambre, la sed, el frío o el dolor son señales homeostásicas: alertas que nos obligan a actuar para proteger nuestra integridad.
Define la consciencia como el mecanismo que conecta la mente con el cuerpo: ser consciente es sentirse vivo y percibir que se forma parte de un conjunto, de una red de relaciones. Sin esa consciencia, no podríamos situarnos en el mundo ni relacionarnos con otras personas de manera profunda.
En su último libro, Damasio sostiene que la consciencia nace de niveles muy básicos del cerebro, apoyados en sentimientos homeostáticos que nos indican qué está mal para protegernos y qué está bien para mejorar. Estos sentimientos actúan como brújula interna y, a la vez, alimentan nuestra capacidad de preocuparnos por quienes nos rodean.
¿Puede la inteligencia artificial llegar a ser consciente?
El debate sobre si la inteligencia artificial llegará a desarrollar consciencia propia, un “yo” con experiencia interna, es uno de los grandes temas de nuestro tiempo. Damasio se muestra escéptico: no cree probable que los sistemas de IA alcancen una consciencia similar a la humana.
En el mejor de los casos, apunta, podrían imitar ciertos mecanismos, pero siempre carecerían de la base fundamental que sostiene nuestra experiencia consciente: el sentimiento anclado en un cuerpo vivo. Las máquinas pueden procesar datos, aprender patrones y simular conversaciones, pero no sienten hambre, miedo, dolor o alegría, ni tienen un organismo que proteger.
Por eso, aunque la IA siga avanzando, para Damasio hay algo que no se puede copiar ni delegar: la responsabilidad de cuidar nuestras relaciones, nuestra atención y nuestra capacidad de empatizar. Si dejamos que la tecnología nos robe todo eso, la amenaza no será tanto que las máquinas tomen el control, sino que olvidemos lo que nos hacía verdaderamente humanos.
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