30 de enero de 2026
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46 muertos y un vacío institucional: España llora a Adamuz sin su presidente ni su ministro de Transportes

España enterró ayer a 46 personas. No fue una metáfora. Fue literal. Y lo hizo sin su presidente del Gobierno y sin el ministro responsable de las infraestructuras ferroviarias. Un hecho que, más allá de excusas formales o cálculos políticos, deja una imagen devastadora: el Estado ausente cuando más se le necesita.

Mientras el país debatía en el Senado los accidentes ferroviarios y, pocas horas después, se reunía en un polideportivo de Huelva para despedir a las víctimas de Adamuz, Pedro Sánchez no estaba. Su agenda figuraba cancelada. No acudió al Parlamento. No acudió al funeral. No compareció ante las familias. Simplemente, desapareció del escenario público.

La ausencia que también es una decisión

Se ha argumentado que el presidente no asistió al funeral religioso por respeto a la voluntad de las familias. Puede ser cierto. Pero incluso aceptando ese marco, el resultado político es el mismo: la máxima autoridad del país no estuvo presente en el momento de mayor dolor colectivo de los últimos años.

Ejercer la presidencia no consiste solo en aprobar decretos o cuadrar mayorías. También implica estar. Dar la cara. Acompañar. Y cuando no se hace, el vacío no es simbólico: erosiona la confianza en la institución.

La pregunta no es por qué no fue. La pregunta es más grave:
¿no pudo, no supo o no quiso ejercer sus funciones?

Chaleco, silencio y una frase que lo resume todo

Pedro Sánchez sí estuvo en Adamuz el primer día. Brevemente. Dos minutos. Compareció sin admitir preguntas, con chaleco reflectante, y se marchó. Después, silencio. Más tarde, una frase pronunciada en un mitin que ha quedado grabada como epitafio político de esta tragedia:
“Las tragedias suceden”.

Como si hubiera sido un rayo. Como si un meteorito hubiera caído sobre la catenaria. No como consecuencia de decisiones humanas, mantenimiento deficiente o responsabilidades técnicas y políticas.

Óscar Puente y la huida hacia adelante

En el Senado, el ministro de Transportes, Óscar Puente, protagonizó un debate que muchos ya daban por amortizado antes de empezar. Defendió que el tramo estaba “renovado de forma integral”. Días después se supo que no era cierto. Entonces llegó la coartada del bulo, la sobreactuación mediática y el refugio en platós afines.

Puente presume de dar ruedas de prensa de dos horas. Sin darse cuenta —o sin importarle— de que ese argumento solo subraya una anomalía mayor: su jefe no comparece nunca. El ministro habla. El presidente calla. Y cuando el liderazgo se ejerce así, la rendición de cuentas se convierte en propaganda.

Dos varas de medir, una misma tragedia

Con 46 muertos entre Andalucía y Madrid, no ha dimitido nadie. En otros territorios, con una sola víctima, han caído responsables políticos. Esa asimetría no es casual. Es el reflejo de una política donde la responsabilidad ya no depende de los hechos, sino de la aritmética parlamentaria.

La vida humana se ha convertido en una variable negociable. Y eso no es solo antipolítica: es una quiebra moral.

Las familias, solas… pero firmes

Mientras tanto, las familias hablaron. Liliana y Fidel Sáenz, hijos de Natividad, una de las víctimas, pusieron voz a lo que muchos sienten y pocos se atreven a decir: que sin verdad no hay duelo posible. Que sin transparencia no hay reparación. Que sin respuestas, la herida no cierra.

No pidieron venganza. Pidieron verdad. Y pidieron algo aún más incómodo para el poder: que esto no vuelva a pasar.

Cuando el Estado no acompaña, la democracia se resiente

Los Reyes estuvieron. Los vecinos estuvieron. Los servicios de emergencia estuvieron. Las familias estuvieron.
El presidente del Gobierno, no.

Y esa ausencia pesa más que cualquier discurso. Porque en una democracia madura, no basta con gobernar: hay que asumir el dolor cuando el sistema falla.

Adamuz no solo ha dejado 46 muertos. Ha dejado una pregunta abierta que no admite más dilaciones:
¿quién responde cuando el Estado no está?

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