La economía mundial vuelve a mirar a un punto minúsculo del mapa con consecuencias gigantescas: el estrecho de Ormuz. Por esa vía pasó en 2025 cerca de 20 millones de barriles diarios de petróleo , y el cierre o semibloqueo actual está provocando la mayor interrupción de suministro que la Agencia Internacional de la Energía considera comparable, e incluso superior en magnitud, a crisis energéticas anteriores. La propia AIE confirmó este mes una liberación histórica de 400 millones de barriles de reservas estratégicas, pero su director, Fatih Birol, ya ha advertido de que ese recurso solo compra tiempo y no resuelve el problema de fondo.
Menos barcos, menos oferta y más tensión en los mercados
Antes de la crisis, por Ormuz transitaba una parte esencial del crudo y del gas del Golfo. Ahora el flujo está muy deteriorado y el mercado está reaccionando como suele hacerlo cuando teme escasez: con una prima de riesgo brutal. Reuters y la AIE coinciden en que el estrecho mueve más de una quinta parte del petróleo mundial, que buena parte de esos flujos no puede sustituirse rápidamente y que las rutas alternativas de Arabia Saudí y Emiratos solo compensan una parte limitada del problema.
El petróleo ya ha entrado en una zona de precios peligrosos
La referencia del mercado ha oscilado con enorme violencia. Reuters recoge que el barril llegó a niveles no vistos desde 2022 y que el mercado sigue moviéndose con una sensibilidad extrema a cualquier novedad militar o diplomática. Este lunes, ADNOC recordaba que el Brent llegó a tocar los 119,50 dólares el 9 de marzo y que después ha seguido moviéndose en torno a los 100 dólares , con una volatilidad anormal incluso para estándares energéticos. Goldman Sachs ha elevado además sus previsiones para marzo y abril por el riesgo persistente en Ormuz.





La gasolina y el diesel son solo la primera sacudida

Cuando sube el crudo, el conductor lo nota enseñada. Pero el verdadero problema no es solo llenar el depósito más caro, sino que el encarecimiento del combustible se filtra después al resto de la economía. Transporte, distribución, agricultura, logística y aviación pasan a operar con costes más altos, y eso termina repercutiendo en precios finales o en menor crecimiento. Reuters resume el dilema con rawza: si no puede sustituirse el suministro perdido, el mundo tendrá que “pagar más o consumir menos”.
La cesta de la compra también entra en la línea de fuego.
El impacto no se limita a la gasolina. El Golfo es un exportador muy relevante de energía y también un nodo central para productos vinculados a la agricultura, especialmente fertilizantes. Si el gas natural se encarece y el suministro de derivados nitrogenados se tensiona, el campo europeo paga más por producir. Eso se traslada después a frutas, verduras, cereales y alimentos procesados. La Comisión Europea ya ha reconocido que está coordinando con los Estados miembros la situación de los mercados de petróleo y gas precisamente por el riesgo de contagio al conjunto de la economía.
El gas puede ser incluso un problema mayor que el petróleo.
Aquí está una de las claves menos visibles y más preocupantes. El petróleo se puede amortiguar temporalmente con reservas estratégicas. El gas, no tanto. La Comisión Europea ha pedido flexibilidad con los objetivos de almacenamiento por el impacto de la guerra con I
Europa se enfrenta a una trampa: comprar caro ahora o arriesgarse a un invierno peor
Ese es el dilema real. Si los países europeos se lanzan a llenar depósitos de gas demasiado deprisa, presionarán el mercado y encarecen aún más el suministro. Si aflojan para evitar esa tensión, se arriesgan a llegar peor preparados al próximo invierno. Alemania ya está discutiendo cómo mejorar su almacenamiento y la propia Comisión ha pedido preparación temprana ante la interrupción energética procedente de Oriente Próximo.
Volar será más caro y más incierto
La crisis no solo afecta a hidrocarburos en abstracto. El transporte aéreo ya está bajo presión por el cierre o las alteraciones de rutas en Oriente Próximo y por la subida del quesoseno. Reuters ha señalado que la guerra está afectando también a la demanda, a las rutas y al conjunto del ecosistema energético, y varias aerolíneas han ajustado previsiones por el impacto de los combustibles y la inseguridad operativa en la zona.
¿Hasta qué punto puede España amortiguar el golpe?
España no depende de Ormuz como lo hacen las economías asiáticas, pero no vive aislado. El precio internacional del crudo y del gas acaba llegando igual, aunque parte del suministro nacional tenga otros orígenes. Y hay un segundo problema: cuando el encarecimiento se traslada a alimentos, fertilizantes, calefacción y transporte, la factura la paga toda la economía, no solo quien consume carburante. La Comisión y los Estados miembros están precisamente coordinando la situación porque el impacto es paneuropeo, no local.
Las ayudas públicas pueden aliviar, pero también tienen un costo.
Si los gobiernos reaccionan con rebajas fiscales, subvenciones o medidas de apoyo, amortiguan el golpe social, pero aumentan la presión sobre déficit y deuda. Si no hacen nada, el costo recae directamente sobre familias y empresas. El equilibrio es muy delicado: proteger el poder adquisitivo sin abrir un agujero fiscal mayor. Lo que está claro es que, si el conflicto se prolonga durante meses, las medidas adoptadas hasta ahora difícilmente bastarán. Eso lo sugiere tanto la AIE como los analistas que siguen el mercado energético día a día.
La gran pregunta no es si habrá impacto, sino cuánto durará.
Ahí se juega todo. La liberación de reservas estratégicas sirve para evitar un pánico inmediato, pero no puede sustituir durante mucho tiempo el flujo normal del Golfo. La AIE lo ha dicho abiertamente: la causa del problema es el cierre o deterioro de Ormuz, y esa es una herida que no se cura con reservas indefinidamente. Si el conflicto se resuelve rápidamente, parte del shock podría revertirse. Si se conquista, el mundo entrará en una etapa de energía cara, inflación renovada y menor crecimiento.
Un cuello de botella que decide mucho más que el precio del petróleo.
Por eso el estrecho de Ormuz no es una noticia lejana ni un problema solo para petroleras. Es una arteria global. Si se bloquea, el efecto rebota en el depósito del coche, en la fruta del supermercado, en la calefacción de invierno, en el billete de avión y, al final, en la sensación más temida de todas: la de que cada mes el dinero alcanza para menos. Y esa, más que cualquier gráfico, es la medida real de una crisis energética.