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El fundador de Falange Española fue diputado durante la Segunda República, pero rechazaba el sufragio como fundamento último de la política, el sistema de partidos y el parlamentarismo liberal. Frente a ellos defendió un Estado totalitario en el que la representación debía articularse a través de la familia, el municipio y el sindicato
José Antonio Primo de Rivera ocupa uno de los lugares más controvertidos de la historia política española del siglo XX.
Hijo del dictador Miguel Primo de Rivera, abogado y fundador de Falange Española, llegó a ser diputado en las Cortes de la Segunda República.

Pero existe una aparente paradoja.
José Antonio participó en unas elecciones y ocupó un escaño dentro de un Parlamento cuya concepción política rechazaba profundamente.
Para comprenderlo hay que regresar a la España de los años treinta y, especialmente, al 29 de octubre de 1933.
Aquel día pronunció en el Teatro de la Comedia de Madrid el discurso considerado fundacional de Falange Española.
Y allí dejó bastante claro lo que pensaba de la democracia liberal.
Contra Rousseau y la soberanía popular
José Antonio situaba una parte del origen de lo que consideraba los males de la política moderna en Jean-Jacques Rousseau y El contrato social.
Su crítica iba mucho más allá del funcionamiento concreto de la Segunda República.
Atacaba uno de los principios fundamentales sobre los que se habían construido las democracias contemporáneas: que la legitimidad política procede de la voluntad de los ciudadanos.
Primo de Rivera rechazaba que una mayoría pudiera determinar por sí misma qué era justo o verdadero.
Ya en un texto de 1931, titulado La forma y el contenido de la democracia, había desarrollado extensamente su crítica a Rousseau, la voluntad general y el sufragio universal.
Su planteamiento partía de una idea fundamental: la verdad y la justicia no podían depender simplemente del resultado de una votación.
«La farsa del sufragio»
La crítica se hizo todavía más contundente durante el acto fundacional de Falange de 1933.
Primo de Rivera consideraba que el sistema electoral terminaba obligando a los partidos a competir permanentemente para conquistar votos.
Según su razonamiento, cada organización necesitaba diferenciarse de las demás, atacar a sus adversarios y dividir progresivamente a la sociedad para construir una mayoría electoral.
Para Falange, por tanto, los partidos no representaban adecuadamente a la nación.
La fragmentaban.
José Antonio sostenía que aquella competición había destruido lo que denominaba la unidad espiritual de los pueblos.
El resultado, según su interpretación, era una sociedad dividida artificialmente en derechas, izquierdas, partidos y facciones enfrentadas.
Pero José Antonio fue diputado
Aquí aparece una de las contradicciones más interesantes de su trayectoria.
José Antonio Primo de Rivera obtuvo un escaño por Cádiz en las elecciones de noviembre de 1933.
Es decir, utilizó precisamente el sistema electoral que cuestionaba para entrar en las Cortes.
Desde allí intervino en debates parlamentarios y utilizó el Congreso como plataforma política.
Esto no significaba que hubiera aceptado ideológicamente el parlamentarismo.
Falange pretendía sustituir aquel sistema por otro modelo político completamente diferente.
En 1936, la organización se presentó nuevamente a las elecciones, esta vez sin conseguir representación parlamentaria.
¿Qué quería poner en su lugar?
José Antonio no proponía simplemente reformar el Parlamento o cambiar la ley electoral.
Su proyecto iba mucho más lejos.
Falange quería eliminar el sistema de partidos políticos y sustituir la representación individual característica de la democracia liberal por una representación basada en lo que consideraba las unidades naturales de convivencia.
Fundamentalmente:
la familia, el municipio y el sindicato.
El sindicato falangista tampoco debía funcionar como los sindicatos actuales.
El denominado sindicato vertical debía reunir dentro de una misma estructura a empresarios y trabajadores pertenecientes a un mismo sector económico.
La lucha entre clases debía desaparecer porque, según la doctrina falangista, trabajadores y empresarios quedarían integrados dentro de una estructura común subordinada a los intereses nacionales.
Un Estado totalitario
Hay otro aspecto que resulta especialmente importante desde la perspectiva actual.
José Antonio utilizó expresamente el concepto «Estado totalitario».
En el discurso del Teatro de la Comedia explicó que aspiraba a construir un Estado capaz de alcanzar con sus bienes tanto a poderosos como a humildes.
El término no tenía entonces exactamente todas las connotaciones que adquiriría después de la Segunda Guerra Mundial, pero el proyecto político era inequívocamente antiliberal y contrario al pluralismo partidista.
La Biblioteca Nacional de España resume el programa falangista como una revolución nacional dirigida desde arriba por un Estado totalitario, con intervencionismo económico y representación mediante familia, municipio y sindicato.
Por tanto, describir a José Antonio simplemente como crítico con «los defectos de la democracia» sería insuficiente.
Pretendía sustituir la democracia parlamentaria liberal por otro sistema político.
Ni capitalismo liberal ni marxismo
El pensamiento falangista incorporaba además otro elemento que a veces se pierde cuando se intenta situarlo únicamente dentro del eje convencional entre derecha e izquierda.
José Antonio atacaba simultáneamente al marxismo y al capitalismo liberal.
Consideraba que el marxismo destruía la unidad nacional mediante la lucha de clases, pero también acusaba al liberalismo económico de convertir al trabajador en una mercancía y permitir enormes desigualdades.
Falange proponía superar ambos sistemas mediante el nacionalsindicalismo.
La economía debía quedar subordinada a los intereses del Estado y de la nación, mientras trabajadores y empresarios serían integrados dentro de los sindicatos verticales.
Todo ello formaba parte de una concepción profundamente nacionalista de España.
La nación por encima de los partidos
Para José Antonio, España no era simplemente el resultado de la voluntad de los españoles expresada periódicamente mediante elecciones.
La nación constituía una realidad histórica superior.
De ahí procede una de las expresiones más conocidas del pensamiento falangista: España como «unidad de destino en lo universal».
El individuo no desaparecía completamente de su pensamiento, pero quedaba integrado dentro de comunidades y estructuras superiores.
Familia.
Municipio.
Sindicato.
Y, finalmente, nación.
Esa construcción chocaba frontalmente con el principio liberal según el cual cada ciudadano posee individualmente derechos políticos y participa directamente en la elección de sus representantes.
¿Defendía la violencia política?
Este es otro punto en el que las propias palabras de José Antonio dejan poco margen para eliminar completamente la violencia de su pensamiento político.
En el discurso fundacional de Falange pronunció una de sus frases más famosas.
Después de afirmar que la dialéctica debía ser el primer instrumento de comunicación, añadió que, cuando considerara ofendidas la justicia o la patria, podía llegar la «dialéctica de los puños y de las pistolas».
También declaró que, si sus objetivos debían conseguirse en algún caso mediante la violencia, no debían detenerse ante ella.
Eso constituye una legitimación explícita de la violencia política bajo determinadas circunstancias.
Sin embargo, sería excesivamente simplificador convertir todo el pensamiento joseantoniano únicamente en aquella frase.
Falange se desarrolló además dentro de una España en la que la violencia política crecía rápidamente y en la que militantes de organizaciones de diferentes tendencias participaron en atentados, enfrentamientos callejeros y asesinatos.
La propia Falange estuvo involucrada en esa espiral.
Falange y el fascismo europeo
Falange nació además en un momento muy concreto de la historia europea.
Mussolini gobernaba Italia desde 1922 y Hitler había llegado al poder en Alemania en enero de 1933.
Los movimientos fascistas estaban creciendo en diferentes países europeos.
Falange compartió con el fascismo elementos esenciales: ultranacionalismo, antiliberalismo, antimarxismo, rechazo del sistema de partidos, organización jerarquizada, movilización política y aspiración a construir un Estado fuerte.
José Antonio, sin embargo, insistía en que su movimiento debía tener características específicamente españolas y rechazaba presentarlo simplemente como una copia extranjera.
La relación entre Falange y el fascismo europeo ha sido desde entonces objeto de un enorme debate historiográfico, aunque existe un amplio consenso académico en situar al falangismo dentro de la familia política fascista de entreguerras.
¿Por qué participaba entonces en elecciones?
La respuesta ayuda a entender muchos movimientos antidemocráticos del periodo de entreguerras.
Participar en unas elecciones no significaba necesariamente aceptar la democracia liberal como sistema definitivo.
Las instituciones podían utilizarse como instrumento para obtener representación, visibilidad y poder mientras simultáneamente se defendía su sustitución.
José Antonio utilizó su condición de diputado para intervenir públicamente, defender a Falange y difundir sus planteamientos.
Pero el Estado que imaginaba para España no contemplaba una competición permanente entre PSOE, republicanos, conservadores, comunistas, monárquicos, falangistas y otros partidos.
En su proyecto, los partidos desaparecerían.
De José Antonio al franquismo
José Antonio Primo de Rivera no llegó a contemplar la aplicación posterior de buena parte de la simbología falangista por la dictadura.
Fue detenido en marzo de 1936 y permaneció encarcelado cuando comenzó la Guerra Civil.
Tras ser juzgado en Alicante, fue condenado a muerte y fusilado el 20 de noviembre de 1936, con 33 años.
Unos meses después, en abril de 1937, Francisco Franco unificó Falange con los tradicionalistas y otras fuerzas del bando sublevado para crear Falange Española Tradicionalista y de las JONS.
El régimen franquista convertiría posteriormente a José Antonio en una figura central de su aparato simbólico.
Pero identificar sin más todo el franquismo con el pensamiento original de José Antonio también resulta históricamente problemático.
Franco utilizó Falange, modificó elementos de su proyecto y subordinó el movimiento a su propio poder.
¿Era José Antonio demócrata?
Si utilizamos «demócrata» en el sentido contemporáneo de defensor de elecciones libres, soberanía popular, pluralismo político, alternancia entre partidos y parlamentarismo, la respuesta es claramente no.
José Antonio Primo de Rivera rechazó esos fundamentos del Estado liberal.
No quería perfeccionar simplemente la democracia parlamentaria.
Quería sustituirla.
Su alternativa era un Estado autoritario y totalitario, sin partidos políticos, organizado alrededor de la nación y con representación articulada mediante la familia, el municipio y el sindicato.
Y estaba dispuesto a admitir la violencia política cuando considerase que estaban en juego la justicia o la patria.
Esta es precisamente una de las paradojas históricas que hacen especialmente interesante su figura:
un diputado elegido mediante sufragio que utilizó el Parlamento para defender un proyecto político en el que aquel Parlamento de partidos ya no tendría cabida.







